El Destino CI

Eilistraee en su símbolo.

Por la mañana siguiente, mientras Luan se encargaba de los negocios, Nebadur, el dios y Mek se dedicaron a pasear por las calles de la población. Buscaban problemas a cuya solución podrían ayudar como hacían habitualmente.

La magia del joven había evolucionado poco a poco, eran pequeñas cosas que lo iban fortaleciendo. Bajo la premisa de que un problema tiene siempre cerca su solución, él se sentía cada vez más capaz.

Desde la reparación de los más diversos objetos y mecanismos había llegado incluso a curar algunas lesiones que necesitaban ayuda con urgencia y que no daban tiempo para llegar a un sanado. En este último caso, como en todos los demás, lo último que pretendía era suplantar a los especialistas pero él estaba ahí cuando estos faltaban.

Pero aquella mañana tenía otra preocupación, aunque era la que nunca lo abandonaba del todo. Los Elfos Solares seguían tras su pista, liderados por aquella mujer fría como el témpano cuando el sol debía ser cálido por naturaleza…

“Bueno, tu raza no tiene por qué marcar tu ser” pensó. A veces uno podía aceptar lo que le venía dado, pero también podía volverse contra ello. Una forma de distinguirse, de formar la personalidad de uno.

De ahí que a veces los opuestos en realidad se atrayesen, por muchos disfraces distintos que llevasen. En ese caso… ¿qué diferenciaba a los elfos dorados de los drows? Eran enemigos entre ellos, y ambos lo culpaban a él en cierto sentido de aquello, y el hecho de que se parecieran tanto (sólo se distinguían con la apariencia física) hacía que el choque fuera inevitable.

Tantos unos como otros lo tenían en su objetivo.

Mas había una notable diferencia, los drows iban tras él como venganza por hacer que sus planes fracasaran… y para complacer a su diosa. Simplemente eso, si no hubiera hecho nada probablemente no habrían movido un sólo dedo… hasta que hiciera algo que los molestara directamente. Pero ahora… con su diosa caída habían perdido toda referencia y seguramente tenían cosas más importantes que hacer que vengarse de él. Si lo que se contaba sobre el Inframundo era cierto, los principal en su caso era asegurar su dominio en el mismo… y entre ellos con sus guerras intestinas. Al menos hasta el regreso de su diosa.

Un pueblo, una raza, podía ser peligroso para sí mismo y los demás si perdían una guía, un referente que seguir… fuera este bueno o malo. Y los dioses tenían ese papel, pues eran ellos los que daban un sentido a la concepción que sus creyentes tenían del mundo. La cosa cambiaba si el dios era muy estricto o daba margen de libertad… en el primero sus creyentes perderían la cabeza y en el segundo ya tendrían cierta nociones para continuar hasta que su guía regresara.

Mucho se temía que los drows fieles a Lolth pertenecían al primer grupo. Por fortuna su propia naturaleza los contendría… En cambio los que seguían Eilistraee y Vaherun… eran una caso muy distinto. Notarían la ausencia de sus dioses, pero seguirían con el modo de vida que habían abrazado confiando en que eso bastaría para su regreso. Eso sería de ayuda, y una mayor motivación para sus dioses que se esforzarían más.

¿Pero… y los elfos dorados? La caída de las divinidades no los había impulsado en su búsqueda. Si no la detección de su poder.

Naturalmente su renacimiento había sido esperado por ellos, más incluso las restantes razas. Porque antaño había nacido entre ellos y dado que cumpliera su promesa tenía que volver a ser así. Para ellos, el mejor lugar para él era su ciudad donde reinaba la perfección y belleza según su cánones. Unos que lo constreñirían para que fuera como ellos creían que debía ser.

Tal vez la caída del Seldarine, sobre todo la del Creador de los Elfos, les añadiera un argumento más para persistir en su búsqueda. No sería raro que ellos pretendieran que llevándolo al lugar que ellos creían que le correspondía lograran traer a sus dioses de vuelta. Una acción debería hacerlo merecedores de algo así…

Si era así, se equivocaban de cabo a rabo. De hecho, no quedaba lugar a la duda, Corellon no era el único que debía aprender una lección.

¿Pero querían hacerlo? Seguramente no. Porque se planteaba otra pregunta… ¿Creían que tenían que hacerlo? No, ellos consideraban que no había nada más allá de lo que ellos creían. No, para ellos sólo existía aquello que les interesaba. Por lo tanto, no entraría un nuevo conocimiento porque simplemente no lo concebían.

Y por eso estaban en esa situación.. entre la espada y la pared. Obligados a huir porque no atenderían a razones… aunque eso conllevara meterse en la boca del lobo, el cual por muy conocido que fuera seguiría siendo lobo con aquellos dientes que desgarraban fácilmente la carne.

Corellon no era ajeno a su preocupación y por ello no interrumpió sus reflexiones más que para instarle a que se concentara en el problema que en ese momento requería su atención. Pero en un momento dado, mientras volvían a echar a andar, le preguntó:

-¿Qué te preocupa?

Obviamente lo sabía, pero lo que buscaba era que él le diera voz a sus pensamientos. Cuando así se hacía, las cosas se veían más claras y se encontraba más fácilmente su solución si es que al final la necesitaban.

-Ellos no pararán de buscarme -dijo el joven a que la idea de huir le gustaba menos. Porque eso no arreglaba nada y al final uno siempre acaba estampado contra una pared y con el problema tapando la única salida.

El dios asintió a sus palabras, ahí no existían mentiras piadosas útiles. Y él conocía bien a sus hijos.

Corellon sonrió antes de decir:

-Habrá un momento en que se den cuenta.

“Si antes no se dieron cuenta… ¿por qué iban a hacerlo ahora?” se preguntó Nebadur. Que tuviera la familia que tenía debía ser una señal bastante clara… pero inútil en casos como aquel.

-Tal vez debería ayudarles -comentó el elfo.

El dios replicó:

-Estás aprendiendo mucho Nebadur, pero aun te queda camino por recorrer.

Sabía que era verdad, pero tanto huir, tanto esconderse…

-No quiero ser un cobarde -repuso el elfo.

Como tampoco quería ser considerado un peligro. Las formas en que lo llamaban lo declaraban peligroso o una vulnerabilidad que atrajera el peligro. Y él no quería serlo. Él sólo hacía que las cosas funcionaran dentro de un equilibrio del que todos eran piezas… desde la menor de las criaturas hasta el mayor de los dioses.

Corellon le colocó ambas manos sobre los hombros y le dijo serena seguridad:

-No lo eres, eres más valiente que muchos que creen serlo aferrados a una creencia ciegamente.

-Pero… -empezó a objetar.

El dios le interrumpió:

-Tú ves -recalcó la palabra- Nebadur, y con ello haces que todo funcione -hizo una pausa y soltó sus hombros-. Ven, quiero enseñarte algo.

Lo llevó fuera de la población a un bosquecillo cercano adornado con guirnaldas. En el centro del mismo se había colocado una serie de hermosas alfombras vegetales con cojines del mismo material. Unas mesas bajas llenas de flores contenían algunos alimentos y bebidas.

Pero lo que dejó prendado al joven fueron las personas que allí estaban. Algunas estaban sentadas portando instrumentos musicales que tocaban con habilidad o batían palmas. La mayoría bailaba y cantaba en círculo en una armonía llamativa, porque quienes danzaban eran elfos de los bosques con humanos, algún enano que otro y hasta por lo menos un semielfo.

La magia de la música era perceptible, de hecho a él le provocó cierto agradable cosquilleo que lo impulsaba a unirse a ellos.

-Adelante -le dijo Corellon.

El joven, al entender que había notado sus ganas, se ruborizó y dijo:

-Pero yo no conozco sus usos y costumbres… no quiero…

Su frase quedó en el aire cuando una elfa reparó en él y cogiéndole de la mano le invitó:

-Ven únete.

Sus protestas murieron antes de llegar siquiera a sus labios. Para cuando quiso darse cuenta su cuerpo estaba moviéndose con la música dentro del círculo. Esta lo llevaba haciéndole sentir paz, y sus movimientos coordinados con los demás lo hacían saberse parte de un todo. Todo lo cual le infundió una energía que se llevó por delante todos sus miedos y malestar.

Pronto se dio cuenta de que allí cada uno cantaba una canción y que los demás la seguían con sus voces, movimientos o música. Cada una de ellas tenía un significado, cada una llegaba de un modo u otro a su corazón.

Y de pronto llegó su turno, un momento que jamás olvidaría cuando empezó a dejar que su ser se expresase. El viento pareció bailar con él, y el suelo se iluminó conformando primero su antiguo símbolo antes de convertirse en plantas y animales.

La energía lo llenaba, se sentía pleno. Todo cobraba sentido en se punto, donde hallaba justo su lugar. Dejándose llevar, en una especie de trance, apenas reparó en una sombra que bailaba grácilmente a su alrededor. Tampoco lo hicieron los demás.

Pero sí lo hicieron Corellon y Mek. El primero con una sonrisa, el segundo con cierto interés.

También reparó en ella Luan cuando llegó y descubrió el panorama. Primero sonrió al ver a Nebadur disfrutando de una manera tan inusual, pero luego frunció el ceño mientras le decía con seriedad a Corellon:

-¿No se suponía que no íbamos a llamar la atención?

-Él lo necesitaba -le dijo para luego a explicar-. Además su magia está tapada por la de los demás…

Ella meneó la cabeza, seguidamente replicó:

-No se yo…

De repente la sombra tomó una forma clara mientras estallaba una risa cristalina divertida. Lo hizo en forma de una bella drow desnuda de chispeantes ojos azules colgada de los hombros de Corellon que instintivamente la cogió con cuidado para que no se cayera aunque ella no lo necesitara:

-No rastrearán la magia de una drow.

-¡Eilis! -exclamó perplejo el dios.

Luan parpadeó e inquirió anonadada:

-¿Eilistraee?

-¿Quién si no? -cuestionó la aludida-. Pero nada de saludos.

A las drows le gustaba ir con poca ropa para no ocultar ninguno de sus atractivos. Pero esa ropa estaba dotada de magia poderosa que no se podía minusvalorar. Sin embargo, Eilistraee, como parte de su carácter, abogaba por el desnudo con el que no quería ocultar absolutamente nada que representara una engañosa traición. Una idea que también llegaba a sus fieles que, aunque no estaban siempre desnudos, lo hacían en sus danzas.

La drow tardó un poco en recuperarse. Acto seguido, sin poder quitar la sorpresa de su rostro, atinó a decir:

-Pero si tú nos has seguido…

-Porque os estaba buscando y a mi ellos no me buscan, niegan mi existencia -señaló la diosa antes de observar mirando a Nebadur-. Deberíais dejarle hacer más a menudo, sus canciones sanan.

Corellon contestó:

-Vamos poco a poco -seguidamente inquirió alzando una ceja-. ¿Puedo soltarte ya?

La diosa sacudió sus hombros y dijo acariciando levemente a Mek, antes de volverse una sombra que regresó con Nebadur:

-Seré vuestra retaguardia, los distraeré para que sigáis adonde él os lleve.

Eilistraee con su padre Corellon.

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Fuente:

Imágenes: http://forgottenrealms.wikia.com/wiki/Eilistraee

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