El Destino XCVI

Cuando Luan regresó a la posada al anochecer se sentó en una mesa y esperó tomando algo de manera paciente a que esos tres pingos volvieran. Cada vez que la puerta de la posada se abría no podía evitar mirar en su dirección y resoplar cuando observaba que no eran aquellos que esperaba.

Fue en ese momento, cuando Helve, el elfo silvano que  había permanecido durante horas en una esquina y que no le había quitado el ojo de encima, decidió acercarse a ella. No sabía si hacía bien o no, pero no podía evitar sentirse atraído como un imán por aquella Drow que le había demostrado de forma sobrada que era muy autosuficiente. Conocía de buena mano cómo se las podían gastar las Drows pero en ella veía algo diferente. El que hubiera llegado a un acuerdo con su jefa por una parte de su mercancía, el que, sin él saber el porqué, hubiera ayudado a un simple ebanista le indicaba que no era como las demás.

-Veo que esperas a alguien -le dijo este parado frente a su mesa pero, sin querer invadir su espacio personal, no sentándose como la vez anterior.

-Helve -comentó ella levantando una ceja al verlo, ni se había dado cuenta de que estaba allí. Pero sacando conclusiones precipitadas replicó-, ya he hablado todo lo que tengo que hablar con tu…-

Él ahí la cortó en ese momento para luego decirle con simpleza y carcajeándose:

-Ey, ey, ¡solo quiero invitarte a una copa para hacer las paces!

Luan volvió a mirar hacia la puerta, no se iría de allí sin verlos llegar. Por eso aceptó la copa de aquel tal Helve y charló con él de forma animada de negocios y formas de llevarlos, lo cual a él le demostró que ella podría ser mucho mejor que su jefa. Lo cual le desconcertó al ver que no aspiraba a ello. Todas las personas que había conocido en aquel pueblo aspiraban a algo más y encontrarse con alguien que simplemente quería lo contrario lo dejó estupefacto.

-No lo entiendo -replicó en un arranque de sinceridad sorprendiéndose incluso a si mismo-. ¿Por qué no acabas con este endemoniado entresijo de hilos y te impones como dices?

Luan ahí suspiró para ver como les rellenaban la copa algo achispada.

-Helve, eres demasiado joven para entenderlo -rió ella para luego ganarse una mirada glacial por su parte.

-Explícamelo entonces -sentenció con rotundidad.

-Hay cosas que no se pueden explicar -comentó ella en ese momento llevándose su copa a los labios y, antes de que él pudiera replicar clavó sus ojos en la entrada.

Allí se encontraban los dos elfos dorados y Mek. En cuanto los vio se fue abajo todo lo que había sentido hasta ese momento para ser sustituido por rabia.

Caminó hacia ellos con paso firme al ver el estado de Nebadur pero, cuando llegó a ellos y lo vio con un amplia sonrisa y al dios cargando con las herramientas que había prometido su enfado se dulcificó.

-¡Nebadur, Mek, Core! -empezó a decir mientras su ceño se fruncía.

-Si te sirve de consuelo, él ha usado la magia de forma diferente y espléndida – comentó el Dios con una sonrisa sin tener en cuenta el arranque de ella.

Luan, al observar a Neb se dió cuenta de que lo que el padre de los elfos le decía era verdad. Neb lucía una amplia sonrisa aún que se encontrara cansado.

“No puedo regañarlo por hacer lo que él cree que es lo correcto” se dijo a si misma recordando cómo le había enviado a un artesano casi a su puerta.

Fue ahí cuando miró a Neb durante unos segundos para luego regalarle una sonrisa que le dijo todo antes de preguntarle:

-¿Tenéis hambre?

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Un comentario en “El Destino XCVI

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