El Destino XCV

Siguieron caminando durante un rato y el joven no podía dejar de mirar a todos los lados con curiosidad. Tenía sentimientos encontrados, por un lado no le deseaba problemas a nadie pero por otro quería que alguien los tuviera y pudiera ayudarlo con lo que estaba aprendiendo.

Sí, debía obrar con cautela. Eso exigía que debía medir muy bien el uso de la magia, sobre todo su cantidad. Si lo hacía con poca más desapercibido pasaría y no llamaría la atención indeseada de quienes lo buscaban.

A veces un pequeño gesto era lo que provocaba las grandes soluciones. Como la semilla que se introducía en la tierra y luego se convertía en un árbol cuyo fruto alimentaba a mucha gente que a su vez se beneficiaba de su sombra y de la madera.

-Puede pasar que en la ciudad no haya más gente que necesite ayuda -dijo el joven pensativa.

El dios replicó:

-¿En una ciudad como esta? Lo dudo.

-¿Por qué? -inquirió él.

Corellon comentó:

-Cuanto más grande, más gente… y cuando más gente más probabilidades.

-Pero tienen más recursos -objetó Nebadur.

Su interlocutor repuso:

-Ya viste que no, o al menos no todos tienen capacidad para tener acceso a ello.

-En su caso era víctima de un abuso -dijo el joven.

El dios valoró:

-Hay muchas más razones.

-¿Tantas como injusticias? -planteó el elfo.

Corellon le contestó:

-Algo así, ya lo verás.

El joven lo miró intrigado y Corellon le dedicó una sonrisa divertida. Porque claro que había muchas injusticias, pero muchas de ellas tampoco estaban del todo claro. En algunos casos, una mala decisión o un deseo mal dirigido, podía hacer a uno responsable de los actos que lo habrían llevado a sufrir esa injusticia. Entonces, había que hilar muy fino a la hora de determinar si había margen de actuación. Esa injusticia y sus consecuencias, bien podían ser una lección que no se podría aprender de otro modo.

Por mucho que muchos lo creyeran, su propia tarea no era tan fácil. Era dura y onerosa, de un modo que él nunca le desearía esa carga a nadie. Todos lo miraban como el origen de todo el poder, pero muy pocos se percataban del precio que este exigía a cambio.

En un momento dado, Corellon se detuvo y pareció buscar algo con el olfato antes de plantearle con despreocupación:

-¿Tienes hambre?

Nebadur parpadeó sorprendido, luego contestó parándose a su vez:

-No… ¿por qué?

-Porque te va a entrar -aventuró el dios con socarronería antes de echar a caminar.

Sus palabras lo dejaron anonadado y sólo reaccionó cuando Mek lo empujó con su hocico. Si no se movía perdería de vista a Corellon.

Claro que… en una ciudad como aquella un elfo dorado no tenía pérdida. Eran bastante raros de ver. Así que acabaría encontrándolo con sólo preguntar.

Echó a correr tras él y lo alcanzó en una zona de comidas. Allí había varias tabernas y vendedores de comida callejeros. En un lado había una gran panadería de cuyas chimeneas salía un olor a pan recién horneado que penetró intensamente en sus fosas nasales, lo cual fue horrible para su estómago que se lamentó.

-Te lo avisé -dijo Corellon reparando enseguida en su rubor.

Nebadur tragó saliva para distraer a su estómago. Después contestó:

-Siempre pasa con el pan recién hecho.

Parte de su estrategia de venta consistía en hacer visible todo el proceso de la creación del pan. Desde reducir a polvo la harina de trigo, pasando por la mezcla y añadido de ingredientes hasta meter el resultado en el horno. Tenían muchos clientes haciendo cola pacientemente, muchos de los cuales eran dueños de negocios cercanos, habitantes de la ciudad o hasta visitantes como ellos. No pocos habrían llegado allí atraidos por el delicioso aroma y con la garantía de un producto de gran calidad, el cual estaba siendo trabajado en gran parte a mano.

Sólo había una parte, la de moler el trigo, la que no se hacía a mano. Dos piedras, tiradas por bonitos burros, rozaban entre sí, reduciendo el trigo que la propia panadería convertía en harina.

Se fijó en que las trabajadoras eran jóvenes humanas en su mayoría. Sólo una de ellas destacaba ligeramente, era una semielfa cuyo trabajo consistía en moldear la masa para darle la forma deseada. Muchas veces era a gusto del cliente, pero en otras era cosa de su propia imaginación.

Los ojos de ella y los de él se encontraron un momento. Unos segundos durante los cuales la producción se detuvo porque todos se los quedaron mirándolo. Avergonzado, el joven que no terminaba de acostumbrarse a atraer todas las miradas, miró interrogante a Corellon.

-¡¿Pero qué estáis haciendo?! -protestó una voz masculina molesta con la escena- ¡¿Acaso es la primera vez que véis a un elfo?!

Su propietario era un enano que, por su delantal sucio, debía ser el maestro panadero. Típico de los enanos, en su deseo de hacer el mejor producto, no renunciaba a nada que supusiera una garantía de calidad. Así que sus herramientas e ingredientes eran los mejores, así como la mano de obra. Poco partidarios de la mecanización, cuando esta hacía falta recurrían a la magia.

“Más bien lo que pasa es que es la primera ocasión en que ven no uno… sino dos elfos solares” pensó Nebadur.

Súbitamente se oyó un gran estruendo. Uno de tal fuerza que la mayoría de los presentes se llevó las manos a los oídos. Hasta el corazón del elfo se detuvo para pensar si le convenía seguir latiendo.

Pronto vio de lo que se trataba. Las piedras que molían el trigo se rompieron en pedazos. Lo cual también asustó a los burros que quisieron huir pero que no pudieron al estar atados entre sí, empezaron a rebuznar y con sus empujones dos acabaron en el suelo. Una imagen que no le gustó demasiado a Nebadir, los burros eran tan nobles que no eran necesarias las cuerdas para retenerlos.

-¡Maldición! -escuchó gritar al enano entretanto cundía la agitación y esta atraía a más personas.

Siguieron más juramentos del enano invocando a un montón de dioses y diosas a algunos de los cuales acusó de su propia desgracia

El joven no lo escuchó. Echó a correr hacia los asnos. Se paró ante uno de los que se habían caído. Trozos de piedra lo habían golpeado, pero no tenía nada grave. Dejó que lo oliera y luego le acarició la frente intentando tranquilizarlo.

-Tranquilo, no pasa nada. Estás bien ¿a que si? -con su ayuda el burro se puso en pie-. Buen chico -cuando se puso a buscar algo en sus manos entendió lo que buscaba-. Ya… seguro que te dará algo tu dueño.  

“Maldición, le debo una a Urik” recordó Nebadur.

Se acercó al otro burro con el que trató de hacer lo mismo. Mas se percató de que este tenía problemas para levantarse. Uno de los burros le debía haber dado más fuerte y estaba resentido. Pero tenía algo perfecto para él.

-Oh no, lo que me faltaba -oyó que refunfuñaba el enano-. Por si no me bastara no el molino…

Corellon lo interrumpió:

-No hay nada que no se pueda arreglar.

-Si no se puede levantar no me sirve -resopló el enano-. Tenemos mucha demanda, no puedo permitirme parar.

El joven aseguró dirigiéndose al burro:

-¿Te pondrás bien verdad? -dijo sacando una de sus runas-. Sólo necesitas un poco de calor -después le advirtió-. Te va a doler un poco, pero te curarás enseguida.

De pronto escuchó otra voz:

-Si no estuvieran atados entre sí… no pasaría.

Se trataba de la semielfa, la cual miró a su superior turbada.

-Entonces no andarían como necesitamos -le replicó frustrado el maestro panadero antes de volver al tema del molino-. De todos modos, de nada sirve esto si las piedras… ¡no puedo hacer una!

Corellon le dijo con calma:

-10 minutos y volverás a ponerte en marcha.

-¿Cómo? -cuestionó el enano.

El dios guiñó un ojo a Nebadur antes prometer:

-Lo verás.

Mientras, el elfo colocaba la runa en el animal y susurraba unas palabras. El burro lo miró asustado un momento, pero enseguida su expresión se dulcificó cuando notó el alivio. Movió las orejas y le dio un suave golpe con su cabeza antes de levantarse.

-Te lo dije -después se volvió hacia el maestro panadero-. No vuelvas a atarlos entre ellos… enséñales su trabajo y lo harán si falla.

Corellon sentenció:

-Son tan inteligentes como agradecidos.

La semielfa se ofreció:

-Yo les enseñaré.

Minutos después, el elfo estaba arrodillado ante los trozos de piedra. Unas pocas voces protestaban porque la panadería hubiera interrumpido su servicio, pero la mayoría de los presente lo observaba con curiosidad.

-Cuídate de los que protestan, no reconocen tu trabajo -le aconsejó Nebadur al enano.

Este se limitó a asentir para luego refunfuñar:

-Valoro tu ofrecimiento, pero no puedes hacer nada. Está demasiado fragmentada.

-Se debe a que está muy desgastada -dijo el elfo que le pidió a Mek– ¿Me… me traes una semilla?

La pantera gruñó pero se marchó durante unos pocos segundos. En ese tiempo el joven sacó una nueva runa, lo cual atrajo la divertida atención de los burros que lo rodearon.

El felino regresó con una manzana en la boca, la cual Nebadur cogió simultáneamente el dios inquiría:

-¿De dónde ha salido?

-Se la he dado yo -dijo un enano-. Soy frutero y quiero ayudar.

El joven sonrió antes abrir la manzana en dos mitades rompiéndola con un trozo de piedra para luego plantearle a Mek:

-¿Tu crees que le bastará a Urik?

El felino emitió un gruñido por toda respuesta, lo cual fue más que suficiente. Sacó las semillas del fruto mientras musitaba dejándolas en el suelo sobre la runa:

-Vida y muerte, muerte y vida. Cuando la muerte llega, la vida aferra. Dura es aquella roca que está viva.

Sintió una leve oleada de cansancio que de normal, si no hubiera reucurrido a la runa o a las semillas, habría sido mucho mayor. Runa y semillas se fundieron en una luz de la que surgieron unas ramificaciones, cada una de las cuales se fue entrelazando mientras agarraba un fragmento de piedra. Como si de un puzzle se tratara, cada pieza fue ocupando su lugar. De modo que al final unas ramas aferraban cada piedra de molino. Las ramas, vivas, mantendrían firmes ambas piezas atándolas desde dentro y desde fuera. Sólo la zona donde entraban en contacto estaba completamente lisa. Las propias ramas colocaron las piedras en su lugar.

-Habéis salvado mi negocio -reconoció el maestro panadero entre los aplausos del público- ¿Cómo puedo compensaros?

Corellon contestó con amabilidad al mismo tiempo que de forma muy discreta ayudaba a Nebadur a levantarse:

-Con un poco de pan nos conformamos y tal vez puedas facilitarnos un par de cosas que no te costarán nada.

Él chasqueó los dedos y la semielfa apareció con dos panes que hacía poco habían salido del horno.

-Gracias por todo -les dijo ella con una sonrisa antes de insistir en su compromisa-. Yo me ocuparé de los burros.

El joven comentó:

-Ya verás cómo te lo compensan.

El dios pidió un par de herramientas, lo cual satisfizo al enano. El tiempo que tardó en volver para entregárselas, el dios lo aprovechó para decirle a Nebadur que guardaba los trozos de manzana:

-De las siguientes me ocupo yo.

Anterior

Anuncios

Un comentario en “El Destino XCV

  1. Pingback: El Destino XCVI | Anuska Martínez

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.