El Destino XCIII

-¿Y… cómo vamos a empezar? -le preguntó Nebadur al dios una vez estuvieron los tres fuera de la posada.

Este sonrió y respondió:

-Ya verás, primero daremos un paseo.

El joven parpadeó confundido. Se suponía que iban a trabajar, no a simplemente pasear por mucho que a él le gustase conocer mejor el lugar.

Corellon se adelantó a su comentario diciéndole:

-Tenemos que observar lo que se necesita antes de intervenir.

El elfo asintió antes de replicar:

-Ya lo entiendo.

Al fin y al cabo era lo que siempre hacía Luan. Ella se enteraba de lo que se necesitaba y sobraba en todos los lugares por los que pasaban. Así, lo que sobraba en un lugar (y que por ende era mucho más barato) cubría las necesidades en otro donde estaban dispuestos a pagar lo que fuera necesario.

Así que era comprensible que esa estrategia fuera también efectiva en aquel caso.

Los tres empezaron a caminar por las curiosas calles, las cuales estaban muy animadas. Sobre todo aquellas que estaban en la zonas vitales, como el mercado, zonas administrativas, militares o de producción.

Aun en estas áreas, los tres llamaban poderosamente la atención de la mayoría de gente con la que se encontraban salvo que estuviera concentrada en su trabajo.

Un elfo dorado ya era raro de ver, así que dos juntos debían ser una anomalía que contarían a generaciones posteriores. Algunos lo podrían considerar hasta un milagro.

-Y ahí empieza -escuchó que decía el dios.

Cuando lo miró vio que este señalaba con un gesto de la cabeza unos metros más allá. Un carro lleno de muebles de madera tirado por dos bueyes se asomaba desde otra calle que cruzaba aquella por la que ellos paseaban.

Enseguida se dio cuenta de que tenía problemas. El carro se inclinaba mucho por un lado y uno de los bueyes se quejaba ruidosamente de que el carro tirase hacia abajo, hasta podía estar haciéndole daño. Una de las dos ruedas se había roto, tras fracturarse varios radios.

Corellon agregó:

-Un dos por uno.

Nebadur preguntó intrigado:

-¿Qué vas a hacer?

-Ya lo verás -le contestó él-. Pero me tendrás que ayudar.

El joven se apresuró a replicar:

-Claro, lo que sea.

Corellon se limitó a sonreír y aceleró el paso hasta llegar a donde el carro. El conductor, un hombre sorprendentemente obeso no hacía más que maldecir y por sus palabras más de un dios habría podido caer… si no lo hubiera hecho ya, lo cual al elfo le resultaba un poco divertido.

-¡Oh por el amor de Gond! ¡Y ahora esto! ¡No llegaré a tiempo! ¡Por Tyr que esto no es justo! -exclamaba mesándose los pocos cabellos que le quedaban.

A su alrededor se estaba congregando una pequeña multitud. Un hombre que formaba parte de ella le contestó divertido:

-¡No debiste haber cargado tanto el carro!

-¡Otras veces ya ha ido así! -se defendió aquel.

Lo cual no era del todo cierto, el joven sabía que en cada ocasión buscaba cargar más para lograr más beneficios en sus transacciones. Porque si no, no se explicaba el colapso. De hecho ya habría aguantado mucho más de lo esperado tras el aumento constante de una carga que, vista de cerca, no estaba nada mal. Debía trabajar bien.

Una anciana le recomendó:

-Tendrás que cambiar de rueda.

-¡No me llega para tanto! -dijo el hombre.

Al fijarse uno en su ropa, de cuyos pantalones colgaban unas herramientas, se podía deducir que era carpintero.

No mentía en ese aspecto. Eso alarmó a Nebadur que frunció el ceño.

Aquellos muebles de semejante calidad debían valer su dinero. Y le debían valer como mínimo para un carro nuevo. Le estaban robando y eso no era justo. Por si eso no fuera bastante, seguro que si no llegaba a entregar su mercancía en el tiempo estipulado tendría alguna penalización que en gran parte no sería justa.

-Nebadur -lo llamó el dios de vuelta trayéndolo de vuelta.

El elfo parpadeó antes de preguntar en un susurro:

-¿Lo ayudaremos verdad?

Corellón inclinó su cabeza afirmativamente.

-Esto es por una injusticia -le dijo brevemente. Debía ser discreto, ya que habría oídos que podrían hacer saltar la liebre. Ya se lo explicaría más adelante, cuando no estuvieran entre tantos desconocidos.

El dios se limitó a responder:

-Entiendo -luego se dirigió al desesperado carpintero-. Buenos días, ¿cómo te llamas?

Este paralizó su gesto al descubrir que quien le estaba hablando era un elfo solar. Tartamudeó mientras se hacía un silencio expectante en el corrillo:

-Mi.. mi no… nombre es Ed… Edwig el Carpintero.

-Encantado Edwig, yo llamo Core y mi aprendiz es Nebadur -contestó el dios de forma tranquilizadora.

El joven saludó:

-Hola Edwig.

-¿Podemos ayudarte en algo? -se ofreció Corellon con amabilidad.

Era una pregunta más retórica que otra cosa, pero para ayudar a alguien era necesario que este primero reconociera su necesidad y aceptara su ayuda.

Edwig contestó nervioso:

-La rueda del carro se ha roto y necesito llevar esto al mercado…

-Ya veo -dijo el dios acercándose a la rueda- ¿Puedo echarle un vistazo?

La anciana que antes hablara ahora lo hizo con más cuidado:

-Lo mejor es conseguir una rueda nueva.

-Ya… dije que no puedo permitirme una -recordó Edwig inquieto.

Corellon resolvió incorporándose:

-Se puede reparar.

El carpintero, el cual no quería incurrir en una falta de respeto a un elfo dorado que mucho había hecho ofreciéndose a ayudar a un simple humano como él, preguntó vacilante:

-¿Eso no sería más caro?

El dios negó con la cabeza:

-Si lo hacemos nosotros no te costará nada y además llegarás a tiempo.

-Eso sería digno de ver -dijo una voz cuya propietaria no se dejó ver.

Corellon ensanchó su sonrisa, su decisión ya estaba tomada:

-Sólo necesito tres cosas.

Edwig preguntó aferrándose a la esperanza que había surgido de mano de aquellos elfos como a un clavo ardiendo:

-¿Cuáles?

El dios replicó siempre en el mismo tono:

-Dos herramientas y… radios nuevos -su mirada pasó por encima de los beyes y se fijó en una pequeña plaza en donde había unos cuantos árboles de generosas ramas, seguidamente le pidió al joven que no se perdía detalle alguno de la escena-. ¿Puedes traerme tres o cuatro ramas?

Nebadur planteó:

-¿De qué tamaño? -el dios le marcó la medida con sus manos y él dijo-. Ahora mismo.

El joven fue hasta uno de los árboles que no tardaría en ser podado para que nuevas ramas surgieran más fuertes en la primavera. No importaría mucho que cortara unas pocas.

Se dispuso a trepar cuando un gruñido a sus espaldas le indicó que no lo hiciera. Él se volvió y le dijo a la pantera:

-¿Y cómo quieres que lo haga entonces?

Mek le señaló con la cabeza un montón de ramas que estaba apoyado contra una pared.

-Está bien… no lo había visto -reconoció.

Escogió las mejores y regresó junto al carro, donde vio al dios que terminaba de quitar los restos de los radios rotos con la ayuda de una de las herramientas que le había prestado el carpintero. Entonces Corellon cogió una de las ramas diciendo:

-Gracias.

Susurró unas palabras y de pronto la rama adoptó el aspecto de un radio perfectamente trabajado. para asombro general. Luego lo encajó en su lugar y lo mismo hizo con otras dos ramas.

La última se la entregó al carpintero, el cual había soltado a ambos bueyes, que se había puesto a su lado diciéndole:

-Esta de repuesto -hizo una pausa y acto seguido tomó el martillo-. Y ahora los últimos toques.

Golpeó la rueda en varios puntos y esta replicó con unos sonidos que indicaban que los nuevos radios encajaban a la perfección.

Después se levantó y le dijo Edwig:

-Esta rueda ha de durarte mucho tiempo, pero no olvides sus límites de peso.

El carpintero suspiró aliviado y le dijo:

-Yo… muchas gracias no sé cómo… agradeceroslo.

El dios repuso:

-No es nada, pero si nos vendrían bien estas herramientas para otras reparaciones.

-Yo… esto… no puedo… -empezó a decir avergonzado.

El joven sabía lo que vendría ahora. Les diría que no se lo podía permitir, que no podía comprar esas dos herramientas y no faltaría a la verdad. Por ello se adelantó a eso diciéndole:

-Cuando vayas al mercado, busca a Luan y cuéntale lo que te pasa.

-¿Luan? -preguntó el carpintero.

Nebadur intentó ser lo más claro posible:

-Luan es una mercader drow.

-Estamos con ella -intervino Corellon que notó cómo se tensaba al oír la palabra ‘drow’.

El joven siguió:

-Diles que vas de nuestra parte y que a quien provees de muebles no te paga de forma justa -sonrió-. A ella, como a nosotros, no le gustan las injusticias como la que tú sufres y te podrá ayudar… y entonces podrás hacerte con mejores herramientas.

Edwig se lo pensó tan solo un minuto. Seguidamente les dijo:

-Está bien… iré. Muchas gracias -nervioso por la necesidad de devolver el favor, les pidió-. Quedos las herramientas por supuesto… espero que os sirvan.

Corellon le contestó:

-Lo harán desde luego, muchas gracias -después le hizo un gesto a Nebadur-. Vamos, seguro que habrá más gente a la que ayudar.

Este asintió y, antes de marcharse, le dijo al carpintero:

-Y no te olvides de llevar al buey a que le curen.

Enseguida se alejaron del lugar, sabiendo que habían hecho todo lo que estaba en sus manos. Probablemente a la larga le habían salvado la vida a aquel hombre.

Una vez a una distancia prudencial, el joven se atrevió a preguntarle al dios:

-¿Cómo lo has hecho…?

-Hice exactamente lo mismo que acabas de hacer tú -le dijo Corellon que, al ver su cara de perplejidad, concretó-. Recurrí a los elementos con propiedades que podían ayudar a resolver el problema… eso hace reducir la cantidad de magia necesaria, porque parte de esta ya está en esos elementos.

El elfo ladeó la cabeza y preguntó:

-¿Algo así como las runas?

El dios replicó con naturalidad:

-Sí, pero concentrado en algo muy concreto. Ya verás, es sencillo, la próxima reparación la harás tú.

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Nota:

Información sobre los dioses extraída de la Wikipediahttps://es.wikipedia.org/wiki/Dioses_de_Reinos_Olvidados

Gond:  Artificio, artesanía, construcción, herrería (N)

Tyr: Justicia (LB)

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Un comentario en “El Destino XCIII

  1. Pingback: El Destino XCIV | Anuska Martínez

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