El Destino LXXIII

La firma del tratado se iba a llevar a cabo en la estancia más solemne del Palacio, la Sala de Trono. Por expreso deseo real, las puertas se habían abierto para que asistieran quienes así lo desearan… los cuales serían testigos del acto y serían los primeros en dar testimonio de lo que habían visto, lo cual lo dotaría de mayor realce y veracidad.

Dado el ambiente que se respiraría, el joven se dio cuenta de que lo más adecuado era vestir para la ocasión. Aunque no era partidario de etiqueta, sabía que en casos aquel era de gran ayuda. Era una código que muchos comprenderían, con él se resaltaría la importancia del acto, en el que no había lugar para errores o malentendidos que pudieran ser el germen de problema futuros.

Porque si de problemas se trataba, ya tenía bastantes. No tenía duda de que en el futuro también vendrían nuevos. Pero no sería él quien les facilitara el camino.

“Recuerda quién eres” recordó lo que le había dicho aquella voz.

Sí, él era él… pero en sí mismo también era un símbolo. Un símbolo que sustentaba la vida y con ella muchas esperanzas. Debía obrar como tal para que ambos tuvieran esa garantía que todo lo movía.

Todo su ser existía para resolver las Injusticias y hacer que imperara el Orden. Un orden necesario para el Equlibrio que hacía que la mera existencia fuera posible.

Para ello Nebadur debía actuar en cada momento de forma adecuada según lo requería la situación en concreto. Tan importante era el qué como el cómo cuando se buscaba un resultado.

Tal era el caso. El elfo quería firmar un tratado que resolviera de un plumazo una situación que habría generado ilusiones y dudas a partes iguales. Ello aseguraría el lugar del reino y de sus regente, pero también sellaría su voluntad sobre cómo quería conducir su vida. Lejos de los errores del pasado, próximo a lo que él siempre había sentido que debía haber sido su rumbo.

¿Incomprensión? ¿Decepción? Seguramente más de uno lo sentiría, decepcionado al no ver que la realidad no encajaba con su concepción. Pero también habría quien comprendería y se ilusionaría ante una cercanía que le daba la sensación de proximidad hacia su persona.

El tiempo lo diría. Y él se reafirmaría en su decisión de modo que nadie podría decir antaño dijo una cosa y que después decía otra. Además… ¿acaso no habían sido enseñados que simplemente debían seguir su voluntad? Podían cuestionarla, preguntar hasta que pudieran entender… pero jamás ir contra ella. Eso no haría más que traerles problemas.

Así que Nebadur se vistió con la ropa que lo había cubierto en el antiguo Palacio. Esta apuntaría enseguida a su identidad y nadie que lo viera tendría motivos para ponerla en duda.

La imagen que le devolvió el espejo le trajo antiguos recuerdos. Aquellos en los que la luz de sus ojos no brillaban tanto como ahora. ¿Cómo iban a hacerlo cuando fue un prisionero a todos los efecto salvo en nombre? No, aquella imagen no volvería a reproducirse.

De repente percibió una suerte de ondulación en el espejo. Tan leve que cualquier otro ni se habría percatado.

El joven apretó los labios, aquello era magia. Una magia que iba dirigida a él, en su búsqueda. No podía dejar que funcionara, así que actuó con rapidez. Cogió una pequeña caja de plata y la lanzó a su centro con fuerza. El golpe causó un gran estruendo que hizo que Mek sacudiera la cabeza mientras el cristal se rompía en cientos de fragmentos.

Justo entonces escuchó la voz de Luan a sus espaldas:

-El espejo no tiene la culpa de lo que refleja -cuando volvió la cabeza vio que sonreía-. Tampoco estás tan mal.

Nebadur contestó ruborizado por lo que había dicho respecto a su aspecto:

-Gracias -apretó los labios antes de admitir intentando suavizar su preocupación-. Pero no ha sido por eso…

La drow alzó una ceja y cuestionó:

-¿No te gusta el espejo? Mira que vamos a tener que pagar la factura.

“Esa factura es mejor que la que supondría dejarlo entero…” pensó el elfo antes de decir:

-Me… pareció ver algo.

Seguro que los monarcas lo entenderían. Samara se lo podría explicar, ella sabía lo suficiente.

Luan alzó una ceja antes de plantear:

-¿Algo como qué?

-Como una especie de pequeña ondulación en el reflejo… -empezó a explicar.

Los dos sabían qué pretendía decir. Alguien había pretendido usar el espejo como un canal, una vía de comunicación o incluso una herramienta. Y los que se valían de las superficies reflectantes con pasmosa facilidad eran los elfos solares. Estaban cerca de encontrarlo, destrozando el espejo los había retrasado un poco… confiaba en que fuera lo suficiente

Ella suspiró e inquirió:

-¿Entiendes ahora por qué tenemos que irnos? -el joven asintió-. La luz que usaste los atrajo.

No había contado con ello al hacerlo. Sin embargo no lo lamentaba, la alternativa habría sido mucho peor. Si los elfos dorados eran consecuencia de ello… la aceptaría, pero eso no implicaba que se fuera a rendir ante ellos.

Nebadur le aseguró:

-Volvería a hacerlo.

-Lo sé -le confirmó la drow-. Sólo tendremos que andarnos con más cuidado.

“¿Más aún?” se preguntó antes de cuestionar:

-¿El Juramento de Sangre no llamará más su atención?

Ella replicó con tranquilidad:

-Está claro que sí.

-Y aun así… -empezó a decir Nebadur.  Era algo que debían hacer, era lo correcto. Y no había razón alguna para no hacerlo.

Luan resolvió de forma despreocupada:

-Lo usaremos a nuestro favor para distraerlos.

Al menos serviría para algo más frente a convertirse en una diana que lo delatara. Si en algo eran difíciles de vencer los elfos dorados era en el dominio de la magia. Poca competencia podrían encontrar. Y lo que menos deseaba era involucrar en ello a la Familia Real y a su reino.

El joven sacudió un poco los hombros buscando reducir la preocupación por otra quizá banal para algunos que achacarían a una coquetería típicamente élfica:

-¿Estoy… bien?

-Tendrán que conformarse -dijo ella socorrona logrando lo que pretendía sonrojarlo, luego cambió de tema-. Vamos, no debemos llegar tarde.

El joven inclinó la cabeza afirmativamente antes de arreglarse un poco el cabello. Debían estar en la estancia antes que la Familia Real. Un indicio más de que las cosas no serían como en el pasado, cuando él era el último en llegar a todos los sitios. Probablemente esa estampa resultaría chocante para más de uno.

Un par de guardias los escoltaron a la majestuosa sala del trono que tenía una connotación claramente solar. De algún modo eso lo hizo sentirse abrigado, incluso acogido, pero no se dejó llevar y mucho menos engañar… aquello lo estaba exponiendo bastante.

Mucho más que la cantidad de miradas que se posaron sobre él cuando el intendente anunció su entrada:

-¡Nebadur el Niño del Caos y la drow Luan, mercaderes!

Nunca le había gustado esa denominación. Pero debía resignarse a ella pues así había sido recogido en los anales. Luan notó su turbación y le dijo mientras Mek lo empujaba suavemente con su cabeza para darle ánimos:

-Por lo menos nos han llamado mercaderes.

-No sé cuál es peor si El nunca tomado o este… -musitó el joven mientras avanzaban hacia una tarima colocada ante dos tronos entre los cuales habían colocado una tarima.

Encima de la tarima había una pequeña mesa. Sobre esta, se podían ver unos papeles, dos plumas y un sello con su correspondiente tinta.

La sala del trono estaba llena de gente de muy diversas clases, todas vestidas con sus mejores galas, lo cual era un espectáculo para la vista. Desde los de alta cuna hasta los de humilde casa, todos hacían alarde elegancia y originalidad, mas todos ellos sabían cuál era su lugar y no pretendían ser lo que no eran.

Todos los miraban con curiosidad y hasta con fascinación. Los más respetuosos fueron los elfos y los enanos presentes. Los primeros le dedicaron una profunda reverencia mientras que los segundos inclinaron sus cabezas respetuosamente a su paso.

Fue en ese momento cuando se anunció la llegada de la Familia Real, ante cuyos miembros todos realizaron sendas reverencias, cada uno a su manera. A Luan y Nebadur se les permitió hacer una inclinación de cabeza, gesto que tenía un gran significado pues el elfo colocaba a la Familia Real a su altura situándola como una interlocutora válida.

Cuando el monarca se colocó a su altura, éste le hizo un gesto para que hablara. Pero tal y como se había acordado él le cedió la oportunidad de dirigirse al público.

Así, el regente proclamó:

-Pueblo mío, es mi deber confirmaros que los rumores son ciertos. El viejo Palacio se ha erigido de nuevo y entre nosotros vuelve a estar Nebadur, el niño de las leyendas que nos preserva del caos que traen las injusticias -hizo un pausa-. En su sabiduría y nuestra prudencia, hemos negociado un tratado en el que los aspectos del pasado quedan zanjados y encaminados. Su antiguo palacio de Mythivae y en consecuencia nuestra ciudad, se convierten en el santurario de las víctimas de las injusticias y de aquellos que buscan justicia. Las puertas del palacio se abrirán para las víctimas y hasta que su afrenta sea subsanada allí podrán ser acogidas. Así, será nuestro papel hacer que la justicia llegue en su justa medida tanto para quienes la demandan como para quienes carecen de ella. Ante estas puertas también quedará claro quién es inocente, quién es culpable y hasta qué punto es justicia y no venganza… y entonces será cuando caiga el poder de la justicia sobre quien la merezca.

El joven miró un momento a Luan y luego a Samara. Ambas lo animaron con tenues gestos a tomar la palabra una vez se hizo un silencio contenido durante el cual los presentes estaban asimilando las palabras que estaban escuchando. Para nada se esperaban algo así.

-Y como prueba de mi conformidad y mi buena voluntad, reconozco a la Familia Real como representantes míos en Mythivae  y proclamo que mi hogar estará a partir de ahora en la antigua Mythadon. Una ciudad que no pertenece a ningún reino ni estado ni es propiedad de nadie salvo de quien en ella encontraba la paz… como siempre fue mi caso -anunció Nebadur.

Sus palabras, cargadas de magia, tuvieron un curioso efecto. Se oyó como un chisporroteo y por un momento la luz, que procedía del sol, se suavizó para luego volver a su intensidad normal.

-Mythadon será mi hogar, mi refugio -continuó diciendo el joven-. Pero seguiré vagando por los caminos a los que me lleva mi destino para que no haya ninguna justicia irreparable.

Era mejor decir eso que compartir su deseo de vivir y aprender, de ver más mundo que el que antaño le limitaran. Podían comprenderlo o no, pero lo cierto era que deseo y destino estaban intrínsecamente unidos de forma que el uno sin el otro no se podía entender.

Por fin terminó diciendo:

-Y para confirmar que esta es mi voluntad y que jamás me desviaré de este camino por mucho que se me pretenda influenciar, hoy firmaré el Juramento de Sangre con la Familia Real, el cual perdurará eternamente y de generación en generación.

Le siguió el silencio, el cual en parte era bastante desconcertando. A juzgar por las miradas, así estaban casi todos. Confusos, sin entender muy bien lo que pasaba.

“Tienen que hacerlo, tienen que aceptarlo” pensó Nebadur. Su autoridad, reconocida por todos, era bastante disuasiva a la hora de realizar réplicas, pero también sabía que algunos eran expertos intentar ponerla al servicio de su modo de ver las cosas.

El padre de Samara le hizo un breve gesto invitándole a subir a la tarima y así lo hizo.

Los dos se clavaron la punta de la pluma en uno de sus dedos al mismo tiempo. La pluma absorvió su sangre y su color blanco se convirtió en rojo, lo cual arrancó exclamaciones de asombro.

Y del mismo modo ambos firmaron con la tinta en que se había convertido su sangre. El papel la absorbió incluso antes de que el regente estampara su sello, al lado del cual apareció el de Nebadur y que Samara llevaba a modo de colgante.

Al mismo tiempo y durante apenas un minuto y medio el sol creció en intensidad y, mientras a su alrededor las sombras bailaban, pareció encontrar su réplica en la imagen del sello del joven que apareció en el suelo brillando con luz propia.

Cuando la luz del sol volvió a su intensidad normal, el sello del suelo desapareció y la multitud presente prorrumpió en aplausos. En ese punto, Mek se colocó justo al lado de Nebadur, dejando que se apoyara discretamente en él para que no se cayera del cansancio en público.

Ya estaba hecho.

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Nota: Mythadon significa Ciudad de la Paz.

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