El Destino XXXIII

-Pues la verdad es que… -empezó a decir Nebadur.

Era muy propio de él olvidarse de todo cuando estaba entretenido y agusto. Y aquella era una de esas ocasiones, con el aliciente de que tenía alguien más con quien hablar sin que su raza supusiera un problema o el hecho de ser un nómada. ¿Cuántas ocasiones había tenido como aquella? Aquella había sido la única ocasión. Tenía amigos en sus viajes, pero no era comparable… una cosa era estar de paso y otra parecer que los dos se encontraban en el mismo punto vital que los llevaba a un entendimiento que sólo lo valoraban gente como él, los que lo tenían de forma constante le restaban importancia.

Un grave error. Uno que podía tener consecuencias fatales siempre que no se le buscara remedio. La verdad era que la riqueza no se daba por conseguir lo que se quiere sino por valorar lo que se tenía.

“Siempre es mejor esto que las otras veces” pensó divertido. En las otras ocasiones el apetito desaparecía cuando estaba triste o preocupado por algo.

Escuchó que Smara decía con una sonrisa:

-Yo sí tengo un poco de hambre.

Pero apenas le prestó atención. Un reflejo de luz lo atrajo de una forma inquietante hacia la superficie congelada del lago que había en medio del laberinto.

-¿Nebadur? -lo llamó alguien.

La princesa o Luan… no se percató del asunto. Sólo dejó llevar por aquel instinto que le daba mala espina.

Entonces sí que fue Luan la que preguntó:

-¿Qué estás haciendo?

El joven colocó la mano sobre la superficie helada y esta de pronto se convirtió en un espejo que no tenía nada que envidiar a los creados por los mejores artesanos.. Pero allí donde debía verse su reflejo aparecía de medio cuerpo una mujer de increíble belleza acentuada por sus ropas y joyas.

Detrás de ella, tras unas finas cortinas, se veía una serie torres, cúpulas y otros edificios que parecían surgir entre los árboles. Refulgían al sol, lo cual quería decir que estaban hechos de materiales preciosos.

-Apártate -le dijo Luan a Samara. Sin darle tiempo a reaccionar a la princesa, se colocó entre la fuente y ella.

La princesa inquirió:

-¿Qué pasa?

Era una elfa dorada, una de alto rango para más señas. Su cabellera rubia parecía mecida por una ligera brisa y su aspecto era una declaración absoluta de poder y riqueza.

Esto no tendría nada de malo si no fuera por el hecho de que lo estaba mirando. Aquello no era casual y él no era tan niño como para no saber que había cierta intención. Lo veía en su expresión, su sonrisa pretendía ser cálida pero no ocultaba la fría ambición que reflejaban sus ojos.

Lo buscaba, como aquellos otros elfos. Y esa mujer tenía aspecto de ser más poderosa que ellos.

-No -sentenció con una frialdad estremecedora-. Mi decisión ya está tomada.

Y dioses y mortales, sin importar la raza, habrían de respetarla. Obligar a alguien a algo en contra de su voluntad era la peor de las maneras a la hora de conseguir que fuera favorable.

El joven cerró el puño y lo alzó unos centímetros por encima del hielo. Antes de descargarlo contra la superficie helada señaló entrecerrando los ojos:

-No me apartareis de mi familia.

El hielo se quebró en miles de pedazos y aquel reflejo, que no era más que un portal de comunicación entre dos lugares, desapareció. El elfo sacó la mano del agua helada y se apresuró a secársela con la ropa para evitar congelarse mientras se apartaba del lago.

-Tenemos que irnos -fue lo único que dijo ante el rostro inquisitivo de Luan.

La drow frunció el ceño y preguntó:

-¿Sabes lo que significa eso verdad?

-Que el mundo pido a gritos que lo arreglen -fue lo primero que se le ocurrió decir-, aunque parezca una tarea imposible.

Porque si fuera imposible no lo pediría. Duro seguro que era, pero habría un camino que seguir. Otra cosa era que se estuviera equivocando a la hora de elegir a la persona adecuada para arreglarlo.

Luan rodó los ojos antes de insistir:

-¿Y qué más?

Hacía mucho tiempo le había enseñado que no podía esquivar ciertos temas… claro que habían algunos en los que o intentaba esquivarlos o se dejaba atropellar. La línea era muy fina y era normal que él dudase sobre por dónde debía transitar. A eso ayudaba quitar importancia a las cosas para mirarlas con la mejor perspectiva posible… aunque a veces ésta signficara dedicarles un vistazo antes de que se le cayeran encima.

-Me siguen buscando -suspiró finalmente.

La drow asintió y replicó:

-Y ya no es un mero capricho.

Nebadur negó con la cabeza con cierto pesar.

Aquel encuentro con los elfos dorados, aún vivo en su memoria, podía haberse quedado como una anécdota. Un intento de los elfos dorados por llevar a uno de los suyos al redil.

Sin embargo, la intervención de aquella mujer probaba que no habían renunciado a él y que seguirían intentándolo sin respetar en absoluto su voluntad o necesidades que jamás se verían satisfechas en un lugar donde viviría encorsetado por unas leyes que iban en contra de su propia esencia.

Lo malo de todo eso era que los elfos solares no eran cualquier cosa pese a que su número fuera reducido, como tampoco lo eran los drows. Tendría que luchar por conservar su libertad… y estaba dispuesto a ello.

-Con suerte no sabrán dónde estamos -apuntó Nebadur.

Él sabía que aquella mujer no se habría dado por aludida con su mensaje. Seguiría adelante con sus planes en los que su opinión no tenía ningún momento de consideración mientras no sirviera a sus propósitos.

La drow comentó:

-Seguramente se fijaron en los drows.

-¿Cómo? -quiso saber el joven.

Luan replicó:

-¿Usaste el sol para algo?

El elfo lo pensó unos minutos repasando aquellos acontecimientos. Habían pasado tan rápido que los detalles eran muy fugaces. Cualquier otro no habría entendido la pregunta, y más cuando aquello había pasado de noche… pero él sí supo a qué se refería.

-Yo… sí, cuando lo cegué -confesó.

¿La magia siempre le traería problemas? Si no le hacía caso lo torturaba y si lo hacía sus consecuencias estaban ahí para hacerle pagar el precio.

La drow replicó:

-Ahí está, el sol es su elemento. Habrán detectado una fluctuación entre los drows y habrán seguido sus rastros.

-¿Eso significa que saben dónde estamos? -cuestionó el joven nervioso. No le gustaba la idea de haber ayudado a ponerse en su diana.

Luan dijo tranquilidad:

-No, pero cuanto antes nos vayamos mejor.

El elfo dejó escapar un suspiro de impotencia.  Luego preguntó señalando con un movimiento de cabeza a Samara que llevaba un rato guardando silencio:

-¿No comeremos primero?

-¿Ahora te acuerdas de comer? -ironizó la drow divertida.

Nebadur contestó con simpleza:

-Estas cosas entran mejor con el estómago lleno.

De pronto Samara intervino compartiendo su confusión:

-¿Pero qué pasa?

El joven explicó de la forma más sencilla que se le ocurrió:

-Los elfos dorados me buscan.

-¿Por qué? -inquirió la princesa.

Él se encogió de hombros antes de decir:

-Al principio pensé que era sólo por llevarme a algunas de sus ciudades porque allí estaría bajo su control directo y sin ciertas… influencias. Una especie de capricho, porque la vez anterior ya vieron que no quería ir con ellos.

-¿Pero..? -lo animó ella a continuar.

El elfo replicó:

-Está claro que es mucho más que un capricho -sonrió-. Pero no te preocupes por eso, antes de nada te llevaremos de vuelta a casa.

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