El Destino XXXII

-¿No se sienten entre dos razas? -le planteó la princesa con interés a Nebadur el cual le dio una contestación muy atinada:

-¿Y por qué no parte de las dos?

Ahí la princesa se quedó pensativa para luego comentar con perspicacia:

-Porque hay prejuicios, de una u otra parte, incluso envidia.

Nebadur guardó silencio por un momento para luego decirle con delicadeza:

-¿Puedo hacerte una pregunta?

-¿Eso no es una ya en si misma? – replicó la princesa con una sonrisa para luego asentir levemente- Claro que sí.

-¿Dónde acaba la libertad de un ser y comienza la de otro?

Samara ahí bajó la mirada a sus manos mientras se encontraban sentados frente al congelado lago que se encontraba en el centro del laberinto.

-Pues…. imagino que en el punto y hora que el primero cruza el límite del segundo…en el sentido de cometer por ejemplo algún acto atroz -replicó despacio pensando muy bien en sus palabras.

-¿Y qué pasaría si mi acto, para mi raza, no fuera tan grave como para la tuya? ¿Estaría acabando con tu libertad? -le planteó despacio el joven elfo .

-Yo creo que sí… -replicó ella rascándose levemente la nuca.

-¿Por qué? -insistió Nebadur.

-En eso se basa el respeto ¿no?, en aceptar que otros pueden pensar de forma diferente.

-¿Pero eso no puede usarse a la inversa también? -le planteó con tranquilidad él.

-¿Estás diciendo que su comportamiento es justificable? -comentó la princesa frunciendo el ceño y volviendo a pensar en sus agresores.

-¡No!, por supuesto que no -luego sonrió levemente-. Sólo digo que la vida se puede interpretar igual que un juicio. Está la verdad de la víctima -la señaló con cordialidad- la verdad de los agresores y…

-La verdad del juez -acabó Samara la frase por él abriendo los ojos como si de pronto se hubiera dado cuenta de algo que tenía frente a si pero que nunca había visto- ¿Y qué hay de la verdad? -agregó interesada.

-La verdad no va a cambiar nunca, siempre estará ahí -le dijo Neb ampliando su sonrisa al ver su gesto confundido ya que parecía imposible ya no sólo luchar contra la libertad de uno ante la sociedad en la que había nacido, crecido y vivido. Sino que además tenía que tomar en cuenta todas las demás y eso podía parecer imposible. Como restaurar el orden entre los suyos, como lograrlo entre seres dispares y que ya habían tomado su camino hace tanto tiempo.

-Entonces… cómo podemos… -la joven tragó saliva por un momento al verse al borde del abismo que le presentaba Neb, aquella era una lucha de titatenes en la cual ni los propios Dioses tenían respuesta, ¿qué podía hacer ella al respecto?.

-El primer cambio se encuentra en uno mismo -le respondió una voz a sus espaldas y cuando los dos se volvieron se encontraron con Luan.

-¡Luan! -comentó Nebadur sorprendido al verla allí.

-Ya me imaginaba que vendríais aquí -comentó de forma divertida aún que en parte sabía donde estaban en cada momento gracias a su vínculo con Mek.

-Sí… bueno… -replicó Neb ruborizado, Luan al verlo acalorado buscó dejarlo correr para luego comentarles a los dos- ¿Ya habéis arreglado el mundo? –

-Ni de cerca -admitió la princesa viendo lo mucho que le quedaba por aprender y todo lo que estaba empezando a vislumbrar en sólo unas horas junto a ellos.

-Eso está bien -replicó la drow con una sonrisa.

-¿Bien? -inquirió la joven princesa confusa con su respuesta.

-Nunca se deja de aprender jovencita -le comentó Luan para luego ponerse frente a ellos y fruncir el ceño -imagino que no habéis comido.

-Me dieron tu nota… pero no nos diste tiempo a… -empezó a comentar Nebadur y fue ahí cuando la Drow señaló el cielo.

-Mejor será que miréis que hora es.

Fue ahí cuando los dos jóvenes levantaron la mirada al firmamento y observaron asombrados como el sol ya estaba por ocultarse, antes de que ninguno comentase nada Luan les dijo poniendo los brazos en jarra:

-Imagino que tendréis hambre.

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Un comentario en “El Destino XXXII

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