El Destino XXXI

-¿Te refieres a que drows y elfos dorados…? -inquirió Nebadur alzando ambas cejas.

Claro que preguntaba eso, ¿qué si no? Lo indicaba su sonrisa divertida pero cortés. También era una pregunta que él mismo se hacía interiormente, dos extremos opuestos que se atraían y se complementaban… ¿por qué no?

Por el odio, un odio alimentado durante siglos y pasado de generación en generación. Se podía pensar que donde entonces había odio antaño habría habido amor y seguramente así había sido a juzgar por lo que contaban las viejas historias.

-Se odian a muerte y más allá -le dijo finalmente.

Samara inquirió extrañada:

-¿No es un poco exagerado?

Su reino debía ser muy poderoso y al mismo tiempo pacífico. Aquellos que no eran ni lo uno ni lo otro, ofrecían a los enemigos a sus dioses para que estos tomaran sus almas y les dieran tormento eterno como agradecimiento y como ofrenda para que siguieran otorgando su bendición.

El joven negó con la cabeza antes de replicar:

-Elfos dorados y drows entregan a sus enemigos caídos a sus dioses… y estos deciden su destino.

Y era tan acérrimo el odio entre unos y otros, que en el fondo no habría mucha diferencia entre los castigos que pensaran Corellon y la Reina Araña para los fieles de su enemigo. Tan distintos y tan parecidos al mismo tiempo… que hasta parecía ridículo.

La princesa cuestionó sin salir de su asombro:

-¿Pero por qué tanto odio?

-Pues eso depende de a quién se lo preguntes -repuso el elfo.

Samara confesó pensativa:

-No lo entiendo.

La mejor manera de hacérselo comprender era buscándole un símil al que ella estuviera habituada. Le llevó unos minutos dar con uno lo suficientemente próximo.

-Es como un juicio -aclaró.

Ella repitió:

-¿Un juicio?

-¿Has asistido a alguno? -le planteó.

Si no, tendría que empezar de nuevo con otro ejemplo. Aunque siendo princesa, se le hacía extraño. Era habitual que la nobleza ejerciera de juez en ciertos procesos, al considerarse que contaba con más conocimiento y que contaba con una mayor capacidad de discernimiento. O eso decía la teoría… la nobleza no era una gran garantía en muchos casos.

La princesa respondió:

-Oh, claro que sí. Los casos más graves son dirigidos a mi padre.

Nebadur sonrió antes de proseguir:

-Pues te habrás dado cuenta de que hay varias versiones de una mismora historia.

-La de la acusación y la defensa -dijo ella acertadamente.

El elfo inclinó la cabeza afirmativamente antes de agregar:

-A la que se suma la del juez tras escuchar ambas -hizo una pausa para luego señalar-. Pero hay una que más.

Samara inquirió:

-¿Cuál?

-La auténtica verdad -comentó Nebadur-. Lo que ocurrió realmente sin la perspectiva de nadie.

Ella admitió:

-Nunca había oído algo así.

-Eso no significa que el culpable no lo sea y lo mismo se aplica al inocente -se apresuró a decir el joven-. Es la perspectiva la que muchas veces condiciona las cosas… por eso el trabajo del juez es muy difícil.

-Es una de las funciones más valoradas y necesarias -replicó Samara.

Él no podía estar más de acuerdo con ella. Efectivamente, alguien tenía que estar ahí para impedir los atropellos flagrantes llevados a cabo por las más diversas intenciones.

-Nunca llegará a la auténtica verdad, pero su misión consiste en acercarse lo más posible a ella… a través de los testimonios y las pruebas -terminó diciendo tranquilamente.

Samara quiso saber intrigada:

-¿Cómo sabes todo eso?

-Luan me enseñó, pero también aprendí de observar durante los viajes -resolvió él encogiéndose de hombros.

Ella volvió a sonreír hasta que se dio cuenta de algo, que la hizo fruncir el ceño y luego decir:

-Pero no has respondido a la pregunta.

-Es verdad, nos habíamos quedado en las versiones de unos u otros -aceptó Nebadur en un deje divertido-. Los elfos dorados te dirán que la diosa de los drows traicionó a su dios y los drows te dirán que ella se dio cuenta de su propias capacidades que trasladó a los suyos y que eso fue castigado por Corellon…

Samara inquirió tras asimilar sus palabras:

-¿Y cuál es la verdad?

-Ni los propios dioses implicados la saben -afirmó Nebadur con socarronería-. Pero te diré que ya de por sí, ambas versiones tienen algo de cierto.

Ella cuestionó:

-¿Y eso es lo que impide que elfos dorados y drows estén juntos?

-Sí, porque difieren en todo y el odio ha sido transmitido de los dioses a sus criaturas en su diseño de generación en generación -explicó el elfo.

La princesa replicó con un suspiro:

-Eso no es justo.

-Ah, pero tú siempre puedes decidir -objetó el elfo-. A ti los dioses te trasmiten una cosa y eso junto a tu educación es tu bagaje… tú decides lo que hacer con él.

Ella repuso:

-Eso suena contradictorio.

-¿Por qué? -preguntó él antes de decir-. Tenemos capacidad de elección desde que nacemos y la descubrimos. ¿No nos gusta lo que vemos? Pues busquemos otra cosa… por eso se juntaron el camino de Luan y Mek con el mío.

El leopardo gruñó como secundando sus palabras.

-Pero vuestro caso es excepcional -replicó ella alzando una ceja-. Casi diría que hasta único.

Probablemente tenía razón en ese aspecto.

-El miedo y no ver que algo más allá de aquello con lo que se crece puede ser un muro difícil de saltar -terció Nebadur-. Pero hay otros ejemplos de lo que te digo… no tan llamativos, y no demasiados pero bastantes para tenerlos en cuenta.

La princesa inquirió curiosa:

-¿Ah sí?

-Hay una diosa drow que aboga por la conviencia de las diferentes razas élficas y anima a los suyos a salir de la Antíposa Oscura a la superficie -le reveló.

Ella puso mala cara y dijo desazonada:

-¿No serán lo que quisieron entregarme a…?

El elfo la interrumpió:

-No, ellos nunca harían algo así. Habrían hecho lo mismo que nosotros como mínimo.

-No he oído hablar de ellos -confesó Samara.

Nebadur contestó:

-Es normal, son bastante nocturnos -hizo una pausa para dar un giro al tema-. Pero volviendo al asunto, es más probable ver juntos a los demás diferentes tipos de elfos… los lunares y los silvanos… porque los alados también son bastante suyos, apenas se les ve.

-¿Como Giliel? -preguntó la princesa perspicaz- Ella es silvana.

Él inclinó la cabeza afirmativamente:

-Así es, ella además se ha unido a un humano… y tienen una hija semielfa -señaló discretamente su ropa-, cuyas prendas llevas.

Ella dijo con sinceridad:

-Fue un gran gesto por su parte.

-Generalmente son bondadosos, por eso lunares y silvanos suelen ser lo más cercanos a los humanos con los que encuentran  afinidades y a los que buscan ayudar.

-Ya comprendo -contestó la princesa- ¿Y sus hijos?

Él le respondió lo mejor que supo:

-Nacen con un don innato para la magia y viven más que los humanos, pero generalmente pasan bastante desapercibido… como mucho se les puede ver las orejas un poco más puntiagudas.

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Un comentario en “El Destino XXXI

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