El Destino XXIX

Nebadur durmió plácidamente, lo cual lo ayudó a reponer unas energías que habían sido consumidas por la magia utilizada. Aun con el uso de las runas, había empleado más poder que el que estas podían sostener… y no una sino dos veces.

Eso no estaba bien, sabía que había que obrar con cuidado y medir el uso de la magia que podía tener un precio demasiado elevado. Y lo intentaba, mas se encontraba con que eso no valía, pues no lo conseguía.

El sol ya estaba bastante alto cuando despertó, lo cual lo alarmó en un principio. No era de los que remoloneaba, pero al recordar lo de la noche anterior… esa era la menos mala de las consecuencias posibles.

“Tienes que tener cuidado” se dijo a sí mismo. Uno podía perder la magia pero esta también podía perder a uno. Esto último podía ser mucho peor que lo primero… y ahí se percibía que había cosas mucho peores que la muerte.

“Todo esto se arreglaría si lo bloquease” meditó el joven, pero no sabía de ningún modo para ello. Era su naturaleza, era magia… ¿se podía hacer algo así? Nunca había oído nada parecido.

Pero huyendo no se conseguía nada. Luan ya se lo había dicho muchas veces. Una retirada a tiempo podía ser el primer paso para una victoria futura… pero si se huía de algo aquello no desaparecería, todo lo contrario, estaría siempre ahí llegando incluso a crecer.

¿Qué podía hacer? El suyo era un gran dilema. Uno que no se resolvería fácilmente… si tenía alguna resolución. De momento tenían algo que hacer, devolver a la princesa a su casa. Esa cuestión esperaría a después.

Un gruñido le alertó de que Mek no sólo sabía que estaba despierto, sino que además sabía que estaba pensando… demasiado.

-No puedo evitarlo -le dijo el elfo al felino en un tono de disculpa mientras sacaba los pies de la cama y los posaba en el suelo.

El animal puso los ojos en blanco. Demasiadas cosas no podía evitar.

Mek golpeó sus piernas con la cabeza, instándolo a levantarse. Cosa que hizo enseguida para vestirse y lavarse.

-Al final se enfadará con nosotros porque pasas demasiado tiempo conmigo -dijo el joven en un tono bromista.

La pantera le respondió con un ruido que bien podía ser una risa o su forma de decirle que se dejara de tonterías. Fuera por costumbre o por voluntad propia, era algo que ambos aceptaban.

-Bueno… habrá que ir a ver cómo está la princesa -le propuso encaminándose hacia la puerta.

Llamó suavemente a la habitación que estaba ocupaba y esperó pacientemente a una respuesta. Esta no tardó mucho en responder con una pregunta precavida:

-¿Sí?

-Somos Nebadur y Mek, Samara -le dijo con cortés tranquilidad- ¿Estás bien?

La aludida contestó prontamente:

-Estoy bien, salgo enseguida.

La joven fue bastante fiel a su palabra, no tardó más que cinco minutos en salir de su habitación. Le ofreció una sonrisa antes de decirle:

-Buenos días.

-Buenos días -le devolvió el elfo el saludo antes de añadir-. Espero que hayas descansado.

Ella inclinó la cabeza afirmativamente mientras acariciaba a Mek en la cabeza. Luego respondió:

-Claro, tú tienes mejor aspecto.

-Fue cansancio sobre todo -dijo él con naturalidad-. La magia… hace eso.

Samara le sorprendió al decirle:

-La magia tiene su precio.

Aunque era algo de conocimiento público, era curioso que alguien como ella tuviera ese concepto tan claro y lo entendiera como era su caso. Porque en su voz notaba respeto y admiración por un arte que ella dominaba… y él tampoco para ser exactos.

-Es la primera lección que me enseñó Luan -contestó Nebadur-. Y la experiencia y le dio la razón -acto seguido quiso saber- ¿Cómo es que tú…?

La princesa terminó la pregunta por él:

-¿Cómo lo sé?

-Eso mismo -repuso el joven.

Ella le dijo con despreocupación:

-Como princesa tengo que saber un poco de todo, incluso de magia… mi familia no la domina, pero sabe que su influencia es importante.

Una familia inteligente que ofrecía una educación adecuada. Ese reino estaba bien regido y la desgracia no lo asaltaría con tanta facilidad como en otros reinos cuyos líderes tenían pocas luces. Conocer un poco de todo, incluso de campos que no eran su especialidad, llevaba a cubrir diferentes frentes y adelantarse al porvenir.

-Son afortunados desde luego -concedió Nebadur.

Samara negó con la cabeza antes de rebatirle con desenfado:

-No, yo soy la afortunada… por vivir entre ellos.

La sombra que apareció en sus ojos le indicó al elfo que estaba pensando en aquel monstruo. Sí, nacer en un reino del que salía gente así, era una desgracia para cualquier buena persona.

-¿Quieres que vayamos a desayunar? -le preguntó para cambiar drástica de tema. Y la comida era uno de los mejores salvavidas que conocía-. El desayuno es la comida más importante del día.

Samara inquirió mostrando deferencia hacia ellos:

-¿Y Luan?

Nebadur respondió sonriente:

-Está descansando -o eso suponía, también podía ser que se hubiera adelantado a ellos y estuviera ocupada en algo-. Ella… usó mucha magia anoche.

Samara sonrió comprensiva antes de decir:

-Entiendo, entonces te acompañaré.

La sonrisa del elfo se amplió mientras él la invitaba a seguirlo. Ella se colocó enseguida a su altura sin dejar de mirar a los lados. Tras lo ocurrido le asombraba que todo estuviera tan limpio y sin ningún destrozo. Eso era algo que Nebadur compartía, pese a estar mucho más familiarizado con todo aquello que ella no dejaba de dejarlo perplejo.

-Parece que no pasó nada -dijo Samara admirada- Y sin embargo… fue muy real.

El joven se encogió de hombros y dijo bromista:

-La posada no tenía ninguna culpa -luego comentó algo más serio-. Es otra de las leyes de la magia… la magia siempre tiene consecuencias y uno es responsable de ella.

-¿Como por ejemplo? -quiso saber la princesa.

Él contestó tranquilamente:

-Pues que hagan preguntas incómodas o que te hagan arreglar todo lo que has estropeado -hizo una pausa-. Cuando uno es bueno en la magia… también sabe reparar y limpiar para no dejar rastro ni disgustos.

Ella afirmó socarrona:

-Quien la rompe la paga. Eso se aplica a muchas cosas.

-Y predisponen bien a los demás hacia ti -declaró Nebadur.

Bajaron a la planta baja y fueron directamente a la zona que hacías las veces taberna y recepción de la posada. Algunas de las mesas estaban ocupadas y sus comensales, con el desayuno a medio comer o casi a punto de acabar, los observaron con interés.

-¿Me… me están mirando a mi? -preguntó Samara.

Él replicó tranquilizador:

-Probablemente sea a mi, causo ese efecto. Y Mek también se lleva su parte.

-Pero después de lo de ayer -objetó la princesa-. Sabrán lo que ha pasado.

El joven le aclaró:

-No, no se habrán enterado… en eso Luan también es muy buena -vio que la camarera se acercaba ellos-. Además en las posadas no tienen costumbre de hacer preguntas, de su discreción depende que no pierdan clientes… o que incluso consigan más a través de las recomendaciones.

La mujer, que hacía tiempo que había dejado atrás la cuarentena, tenía el cabello cano. Lucía una expresión afable que acentuaba su aspecto venerable con aquel delantal que cubría su vestido.

-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarles?

-¿Llegamos a tiempo para desayunar? -planteó el joven, que ya sabía la respuesta por lo que había visto. Nunca negarían comida a un cliente ya alojado fuera la hora que fuera.

La mujer le dijo amablemente:

-Por supuesto -tras dedicarle una mirada a la princesa inquirió- ¿para dos?

Nebadur le corrigió:

-Para tres si es posible, por favor.

-Desde luego, síganme -les pidió ella con un ademán antes de darse la vuelta.

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