Indiferencia III

Anj

Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” (Arquímides)

Allí donde Kebechet había mirado se hizo visible una figura de cuya presencia habría podido sospechar de no haber sido por el conocimiento que ella tenía de la existencia de los simbiontes al otro lado de la puerta. Tampoco se le había pasado por la mente el que ella pudiera estar allí.

Oficialmente Nirrti estaba reforzando sus defensas ante un posible ataque de Kebechet y lo mismo se le podía aplicar a Olokhum, quien se reunió poco después con ella lanzadera en mano.

-Jaffás abatidos -le anunció orgulloso antes de reconocer-. Hiciste bien en prevenirnos.

La Señora del Sistema sacudió la cabeza mientras negaba:

-No fui yo.

Olokhum se limitó a mirarla, ambos conocían a quien había propuesto el plan. Su identidad debía permanecer en secreto por el momento.

-Nos pusiste en la pista -señaló.

Nirrti se limitó a sonreír. Sus aliados sabían que llevaba oculta allí turnándose con Egeria, Bastet y Kali velando por Nebnefer desde el comienzo de su condena. De hecho las tres últimas habían insistido en los turnos para no encender las sospechas de Kebechet y dirigirlas hacia ella.

El Señor del Sistema se agachó junto al cuerpo paralizado e inconsciente antes de preguntar:

-¿Y ahora? Tenemos que salvarla.

Nirrti desactivó el arma y la guardó.  Luego sacó un colgante de plata que pendía de una cadena del mismo material. La joya se parecía a la de Kate, un anj de plata, pero era un poco más grande y el hueco de su parte  superior estaba relleno con un cristal que variaba de color según la función que se quería emplear. Ahora lucía un hermoso tono azulado claro. Era lo más discreto que habían conseguido.

Nirrti le puso la cadena alrededor del cuello. Pero a priori no se vio ningún cambio.

-¿Funcionará? -preguntó Olokhum. Tenía unas dudas que Nirrti consideró lógicas al responder:

-Lo sabremos cuando vuelva en sí.

“Más vale que sea así” pensó mientras tocaba su Kara’Kesh. Aquel plan se basaba en la certeza de que aquel artefacto funcionara correctamente.

Si no lo hacía… la venganza de la reina no se haría esperar. La galaxia muy poco podría hacer para frenarla y sufriría más de lo que ya lo había hecho.

Unos anillos descendieron y rodearon a los tres para llevarlos a una discreta nave de carga. Allí los recibió Egeria que, aliviada, les dijo:

-Por fin, estaba preocupada.

-Tuvimos que despedir a su compañía -respondió Olokhum-. No fue una gran pérdida.

Su comentario indujo a la sonrisa a ambas reinas. La madre de la Tok’Ra se agachó al lado del cuerpo y cuestionó:

-¿Está bien?

-Lo estará -prometió Nirrti, luego le pidió-. ¿Tienes la solución?

Egeria asintió y le entregó una jeringuilla que contenía un líquido blanquecino. Nirrti encontró fácilmente una vena donde llevar a cabo la inyección.

El Señor del Sistema, que no se perdía ningún detalle, frunció el ceño e inquirió inquieto:

-¿Qué es eso?

-Algo la ayudará a recuperarse rápido de los efectos del disparo -le explicó Nirrti, lo cual lo tranquilizó un poco.

Acto seguido el Señor del Sistema se volvió hacia la madre de laTok’Ra y le propuso:

-¿Seguro que quieres ir? Podría hacerlo yo.

Nirrti se adelantó a la respuesta de Egeria mientras dirigía la nave y configuraba los anillos para señalarles su nuevo destino:

-Si la cosa sale mal, Kebechet no podrá usar el Nish’ta con ella.

Olokhum fue a abrir la boca, pero la cerró no bien Egeria agregó:

-Sé que acudiréis enseguida si pasa algo,

El Señor del Sistema se apartó del radio de los anillos mientras asentía. Luego le deseó con sinceridad y esperanza al mismo tiempo que los anillos se activaban:

-Buena suerte.

La madre de la Tok’Ra sonrió y les prometió previamente a que los anillos se llevaran al cuerpo y a ella:

-Os mantendré informados.

Ahora sólo podían esperar y confiar en que todas las esperanzas depositadas en aquel plan condujeran al mejor desenlace que podían permitirse y por el que la galaxia clamaba.


¿Cuánto tiempo permaneció inconsciente? Era difícil calcularlo y tampoco le importaba. Nada le importaba desde hacía mucho tiempo, cuando aquel monstruo invadió su vida y arrasó con todo lo que había en ella.

Primero le arrebató la vida, luego destruyó a sus seres queridos uno a uno exhibiendo una increíble cantidad de caras que nunca antes había imaginado que tuviera la crueldad. Cada ocasión había supuesto una puñalada y la impotencia la había carcomido tanto que nada que hubiera fuera de sí le llamaba la atención. Se había encerrado en sí misma tras ser testigo del fin del legado de Ra, ya no quedaba nada por lo que luchar.

Aunque para la criminal eso suponía dejar de tenerla como una molestia permanente, le irritó que le arrebatara el placer producido por su sufrimiento. Por ello había decidido ir a por quien ella apreciaba y que aún no había tenido a su alcance… eso había despertado la deliciosa angustia de su anfitriona que se intensificó ante la puerta de quien fuera su mejor amigo; sólo entonces se dio cuenta de que se podía abrir una nueva herida en una ya creada.

Su despertar fue muy extraño. Era la primera vez que lo hacía ella y no Kebechet. Empero el monstruo  seguía allí, sus juramentos e insultos retumbaban en su mente e instintivamente apretó los párpados.

De repente se quedó paralizada en el sitio al darse cuenta de que eso lo había hecho ella y no la reina. Imposible, tenía que ser un engaño.

¿Pero lo eran los exabruptos de Kebechet? Empezó a entenderlos, pronto captó que su furia se debía a su impotencia… un sentimiento que ella conocía a la perfección.

El monstruo había perdido el control. Increíble pero cierto, porque si no ella no estaría rezongando.

Entonces la joven se atrevió a abrir los ojos asombrándose por el solo hecho de poder hacerlo. No le costó mucho trabajo reconocer el lugar en el que se encontraba a pesar de la penumbra imperante.

Estaba tumbada de lado en el oscuro lecho de Kebechet, una sábana la cubría hasta los hombros y al incorporarse notó que la tela se deslizaba hasta su regazo y que algo colgaba de su cuello. Al cogerlo descubrió que era un colgante de plata con forma de anj precioso, un poco más grande que el regalo de su hermano. Irradiaba una hermosa luz que ella quiso ver mejor por lo que fue a quitarse la joya.

Sin embargo,  una voz se lo impidió al pedirle en un tono de ruego:

-Por favor, no te lo quites Kate.

Oír su nombre por primera vez en tantos años le produjo un escalofrío mientras su memoria intentaba evocar la voz que se le hacía familiar.

Pero no tuvo que hacer mucho trabajo. De repente vio a una mujer levantarse de un asiento que estaba a varios metros de la cama y acercarse a ella.

Enseguida la reconoció y la emoción ahogó las lindezas del monstruo durante un buen rato.

-¿E… Egeria? -preguntó en un hilo de voz soltando el colgante.

La madre de la Tok’Ra asintió sonriente, una cálida sonrisa que llegó al corazón de la joven. Abrió la boca para hablar, pero no salió nada de su boca.

La reina se sentó a su lado y la rodeó con sus brazos al mismo tiempo que le decía con cariño:

-Todo irá bien ahora Kate.

Aquel abrazo rompió todas sus barreras mentales y emocionales. Se aferró a Egeria en un gesto instintivo para que ella no se desvaneciera como pasara con todos los demás simultáneamente lloraba purgando así todo el dolor que había soportado a causa de todos aquellos padecimientos.

La madre de la Tok’Ra no dijo nada. Dejó que ella llorara contra su hombro durante unos largos minutos que fácilmente se convirtieron en una hora.

Una vez se desahogó, Kate se recompuso calmándose. Se separó para secarse las lágrimas mientras se disculpaba torpemente:

-Lo siento Egeria, debo parecerte ridícula.

-Nada de eso Kate -le dijo la reina cogiéndola de las manos-. Me pareces absolutamente humana.

Lo cual sonaba a milagro para ambas. Con todo lo que había hecho Kebechet. ambas se quedaban pasmadas al ver a la Kate superviviente. Eso las hacía ser optimistas, pero sin olvidar que las heridas todavía seguirían ahí durante un tiempo hasta que se cicatrizasen.

La joven sonrió débilmente antes de decir con voz trémula:

-Gracias, no sé cómo…

-Eres  más fuerte de lo que crees -le interrumpió Egeria-, muy pocos habrían sobrevivido a esto.

Ella apretó los labios y replicó con un pesar teñido de culpabilidad:

-Fue culpa mía. Ra me avisó y yo no le hice caso…

La madre de la Tok’Ra no la dejó continuar, pues era obvio que de algún modo Kate consideraba que se merecía todo aquel sufrimiento por lo que había hecho:

-Te equivocas, Anubis y Kebechet eran culpables y responsables de sus actos -hizo una pausa para dar más ímpetu a sus palabras-. De hecho  nos diste un tiempo precioso para detener a Anubis, hasta Ra lo diría.

La joven quiso replicar:

-Pero en cambio…

Egeria sabía lo que iba a decir. Ella insistiría en que ella había facilitado la destrucción de todo lo que Ra había construido con tanto empeño que a nadie le había pasado desapercibida su lucha.

-Si algo os caracteriza a los Tau’ris, es vuestra lealtad y voluntad de ayudar si el resultado compensa el riesgo -le dijo la reina con rotundidad-. Esa es la razón por la que Ra lo sacrificó todo y el motivo por el que te apreciaba tanto.

Ambas sabían que nunca lo oirían decir eso, pero también tenían presente que era así.

Kate admitió con nostalgia:

-El segundo lugar por detrás de Nebnefer…

No era nada deshonroso. Todos conocían el lazo de amistad que uniera a huésped y anfitrión. La felicidad del segundo era la prioridad del primero que combatía cualquier elemento que pudiera hacerle daño.

Entonces ella recordó las últimas intenciones del engendro y exclamó alterada mientras se levantaba dispuesta a ir a por él para salvarlo si era posible:

-¡Nebnefer!

Era lo mínimo que le debía a Ra.

Sin embargo, Egeria la hizo volver a sentarse al mismo tiempo que le decía:

-Él estará bien.

Kate la miró desconcertada, lo cual le indujo a la reina a decirle:

-No corre un peligro inmediato  -la volvió a coger de las manos-. Sé que es pedirte mucho, pero tanto él, como nosotros y la galaxia entera… necesitamos de tu ayuda.

La joven parpadeó confundida previamente a confesar:

-No lo… no lo entiendo.

La madre de la Tok’Ra terció compasiva:

-Es normal Kate, y no estarás sola durante todo el proceso. Ahora mismo no tenemos mucho tiempo, pero te explicaré todo lo que pueda.

-¿Qué proceso? -quiso saber Kate.

Egeria le explicó:

-El de desmontar el régimen de Kebechet y restaurar el de Ra.

Por un momento la duda y la tristeza desaparecieron del lenguaje corporal de Kate. Durante unos instantes destelló la joven que había deslumbrado al antiguo Supremo Señor del Sistema.

-Puedes contar conmigo -le prometió-. Pero quiero que Neb vuelva a casa.

La reina apretó sus manos simultáneamente sonreía. Luego le contestó:

-No esperábamos menos. Siempre hemos cuidado de Nebnefer.

-¿Cómo? ¿Él lo sabe? -inquirió Kate pasmada.

La madre de la Tok’Ra negó con la cabeza y contestó:

-Era demasiado peligroso, pero siempre hemos estado velando por su seguridad a la espera de una oportunidad -aportó un toque divertido-. A lo cual ayudaron mucho las larvas que él robó, ellas disimulaban nuestra presencia de modo que él siempre detectaba Goa’ulds… sin saber a quienes.

La joven  pareció divertirse con aquel comentario antes de reconocer con no poca admiración:

-Eso fue… muy astuto -luego quiso saber curiosa-. ¿Por qué robó las larvas?

Era una cuestión lógica. Semejante acción provocó la furia de Kebechet que habría resultado fatal si no hubiera contado con una ayuda que había resultado providencial.

Lo más extraño de todo era que, por lo que se podía deducir de las palabras de Egeria, mantenía con vida a unas larvas que no eran tan pequeñas como para no intentar una implantación con cierto margen de éxito. Y Nebnefer, como antiguo anfitrión de Ra, era una buena presa.

De hecho, cualquiera en su situación las habría matado para evitarse complicaciones o simplemente las habría dejado morir junto a los Jaffás.

-Contamos con que tú sepas entenderlo mejor que nadie Kate -le dijo Egeria comprensiva-. Puede que en el futuro él mismo te lo pueda decir.

Esa posibilidad que se convertiría en certeza la llenó de esperanza que la impulsó a hacer todo lo posible para conseguirlo.

-¿Cuál es el plan? -preguntó Kate.

La madre de la Tok’Ra le contestó:

-El plan es que te hagas pasar por Kebechet para rebertir todo lo que hizo, lo cual llevará tiempo porque habrá que hacerlo poco a poco.

Para la joven era demasiado bonito para ser real, de ahí que empezara a objetar:

-Pero las alianzas, los consortes…

-Los trabajaremos uno a uno -repuso la reina de forma contundente.

Ya antes de hablar con ella, aquella situación le había parecido excesivamente hermosa. Jamás había creído que su soledad fuera a tener remedio.

-¿Cómo vamos a hacer eso? -cuestionó.

Egeria contestó:

-Primero llamarás a Hekaneheh a tu lado, él ya está al tanto y te ayudará -sonrió-. Él sabrá poneros en contacto con nosotros.

Sin duda sería de una gran ayuda. Después de todo lo padecido, era de agradecer que siguiera dispuesto a colaborar. Tenía mucho mérito.

Kate apretó los labios antes de pedir:

-¿No podrías extraérmela?

Los insultos y juramentos que Kebechet profería en su prisión estropeaban aquel instante dulce antesala de un futuro que había creído perdido.

-Si lo deseas te la quitaremos más tarde -le dijo la reina-. Pero de momento necesitas tenerla para hacerte pasar por ella.

Sólo así sus ojos brillarían. Además los Jaffás y otros Goa’ulds la sentirían. De ese modo no sospecharían de la trampa que dependería de la habilidad de Kate en el campo de interpretación imitando a Kebechet.

Sin embargo, aunque la joven pudiera entenderlo, había otra cosa que la turbaba y así se lo hizo ver:

-¿Y si ella recupera el control?

-No podrá hacerlo -le aclaró la reina en el acto, luego tomó el extremo más alargado del colgante y le dijo-. Este colgante es una adaptación del artefacto Tolano.

Un recuerdo se asomó a su memoria que le hizo sonreír y decir:

-El que se usó con Baal y Bastet.

El artefacto daba el control del cuerpo al anfitrión o al huésped sin que éste último pudiera hacer nada por evitarlo. Eso había obligado a lo huéspedes a sentir y escuchar a sus anfitriones viviendo sus experiencias. De esa forma habían abierto los ojos a la verdad.

-Exacto -declaró Egeria aprobadora-. Y sólo Olokhum o yo podríamos darle el control -le enseñó una pulsera que tras una tapa ocultaba un botón-. No tenemos ninguna intención de hacerlo.

Para gran frustración de Kebechet que comprendía cuán difícil lo tendrían sus consortes o aliados aún sabiéndolo. Tendrían que ir a por ambos Señores del Sistema y eso sería un suicidio absoluto. Por otro lado… ¿les interesaría recuperarla? Si supieran la verdad, la considerarían débil y romperían su alianza.

Estaba condenada y encima sufría la peor pena de todas: ver impotente cómo se desmoronaba su imperio rumbo a su desaparición.

-Es una gran idea Egeria, gracias -dijo la joven más tranquila.

La aludida volvió a abrazarla mientras comentaba:

-Es lo mínimo que podíamos hacer y al menos optamos por el camino que deja menos víctimas a su paso -se separó de ella-. Ahora tengo que irme, pero tú llama a Hekaneheh.

Kate replicó ilusionada como no lo había estado en años:

-Lo… lo haré.

-Confía y eso te dará toda la fuerza que necesites -afirmó Egeria levantándose-. Nosotros estaremos muy cerca.

Después de eso llamó a los anillos que se la llevaron dejando sola a Kate. Esta permaneció así unos minutos, mirando el colgante, mientras asimilaba la situación. Sí, haría el esfuerzo de confiar. Se imbuiría de la fuerza que ello traería consigo. Lucharía por recuperar lo perdido. Recuperaría el hogar al que jamás había llegado a renunciar.

Aunque la esperanza fuera débil, esta era muy difícil de matar. Más aún si la iba alimentando constantemente.

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Fuentes:

Imagen: https://es.wikipedia.org: https://es.wikipedia.org/wiki/Anj

Cita: https://es.wikiquote.org: https://es.wikiquote.org/wiki/Arqu%C3%ADmedes

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