Indiferencia II

Simbionte Goa’uld adulto.

Tan sólo se odia lo querido (Ódiame, Rafael Otero)

Aviso: Sexo y violencia muy explícitos.

Aquel día amaneció muy luminoso, cosa que desagradaba profundamente a una Kebechet amante de la oscuridad. El sol reinaba soberano en un cielo limpio de nubes, llegando por igual a todos los rincones de aquella parte del planeta.

La reina lo aborrecía, pero sobre todo odiaba lo que representaba. Ese estúpido altruismo que sembraba y cosechaba una debilidad que se extendía por la galaxia como una pandemia que convertía a los dioses en una sombra de lo que fueron.

Su fácil ascenso había demostrado cuán bajo habían caído al dejarse subyugar por sus esclavos. Había sido más fácil destruir el recuerdo de aquel engendro, pero una vez esas ratas se dieron cuenta de que ese falso dios jamás volvería se resignaron a su destino: servir a una diosa más fuerte que no toleraría ni la más mínima insubordinación.

Empero iba a ser muy arduo hacer que ese mensaje cuajara entre los Señores del Sistema más poderosos, por el momento. Si ellos no se sometían, ella los reduciría a la nada. Después, sus consortes y ella darían inicio a una nueva dinastía; esta ya había dado sus primeros pasos cuando sus hijos más fuertes habían tomado anfitrión y ocupado su lugar en    la estructura como subordinados.

La segunda fase se había desarrollado en forma de regalo. Kebecchet había hecho decapitar a los espías de sus enemigos para que sus cabezas fueran mandadas a sus señores. A lo cual estos respondieron devolviéndole los suyos vivos, cosa que los espías no agradecieron pues fueron torturados antes de serles arrebatadas sus vidas en castigo por ser descubiertos.

Entonces la reina decidió castigar la insolencia de los Señores del Sistema usando las técnicas aprendidas de Anubis. Eligió el blanco que más vulnerable le parecía y lo atacó con una parte considerable de su armada y flota. De paso hundiría aún más a su anfitriona que, lejos de resistirse, veía con impotencia cómo la confianza depositada en ella se volvía en contra de quien se la brindara: su amigo Olokhum. En unos pocos días Kebechet lo tendría a sus pies y ya hacía planes con respecto a él… los cuales tenía intención de extender a los demás miembros del Consejo.

La luz del sol no penetraba en la amplia alcoba de la reina, en la cual reinaba un ambiente claustrofóbico facilitado por la escasa iluminación estratégicamente colocada. El olor era el preferido de Kebechet, perfume fuerte mezclado con sudor masculino.

La reina recibía a su amante en el suelo sobre una suave piel. Era uno de sus consortes,  un Señor del Sistema menor que bajo su ala estaba llegando a unas cuotas de poder nunca antes imaginadas por él. Sin embargo, sabía muy bien cuál era su lugar y se esmeraba en complacerla en todos los sentidos.

Desnudo, el Señor del Sistema exploraba el cuerpo de su reina con ardientes caricias entre gruñidos placenteros.. Al mismo tiempo, ella jugaba con su miembro de una forma vehemente simultáneamente movía su cadera incitadora.

-¿Esto es todo lo que tienes que ofrecerme? -preguntó ella con aspereza.

Picado en su orgullo, el consorte la besó en los labios de modo que sus lenguas jugaron intensamente hasta que ella introdujo su pene en su interior, lo cual lo llevó a agarrar sus caderas clavándole las uñas.

De pronto una, una voz a sus espaldas pospuso lo que hacía tanto tiempo había esperado, al menos temporalmente. Fue frustrante, pero sabía de oídas lo que pasaría si mostraba su descontento.

-Señora, las larvas están listas.

La satisfacción de saber que ya tenía su entrega lista no apagó su frustración. Sin embargo, el hecho de tener testigos en sus lances hacía arder la sangre de Kebechet.

Eso se vio claro cuando lo instó a cambiar posiciones y colocarse ella arriba. Luego hizo que la penetrara lentamente, para desesperación de él que sabía de su intolerancia al fracaso.

Acto seguida ella empezó a hacerle salir y entrar con urgencia llevándole a gemir entre sus jadeos. Cada vez que salía él volvía levantar la cadera para entrar cuanto antes.

-Ha habido una serie de robos Señora -le anunció su primado.

Kebechet gruñó mientras intensificaba sus cabalgadas:

-¡¿Me molestas por unos simples robos?!

-No son simples Señora -se defendió con fiereza el Jaffá.

La reina se dejó caer sobre el pene de su consorte, buscando que llegara hasta lo más hondo de sí. Lo besó en los labios ardientemente y arañó su pecho mientras le siseaba amenazante:

-Ni se te ocurra.

Las uñas de él se clavaron en las nalgas de ella mientras respondía con una voz ronca:

-Vos mandáis, yo sólo obedezco.

Eso era lo que buscaba oír, lo cual aumentó su excitación llevándola al punto que deseaba. Empezó a mover la cadera en círculos mientras ordenaba a su primado:

-¡Ocúpate tú de ellos!

Entonces llegó el primer orgasmo que le hizo gritar de placer entretanto echaba la cabeza hacia atrás. Sólo después lo alcanzó el Señor del Sistema, momento en que ella cerró los ojos gozando de las últimas olas de placer hasta que estas remitieron.

La voz del primado vaciló cuando volvió a hablar, intuía que a ella no le iba a gustar lo que iba a decir:

-Años después, todos aquellos que habían sufrido robos recibieron una compensación con intereses.

Ella podía imaginarlo, esclavos que perdían algo de lo que tenían y que lo denunciaban pensando que los impuestos se rebajarían. “Sí” pensó con una sonrisa cruel entretando besaba a su amante “Pero los impuestos son los que son”. Jamás se rebajarían.

Frunció el ceño mientras empezaba a mover su cintura de forma incitadora para provocar a su consorte. ¿Pero devoluciones? ¿Quién podía permitírselo?

Alguien que no cumplía con su obligación tributaria.

-Los robos compensados consisten en comida y unas pocas herramientas -siguió diciendo el Jaffá.

El ladrón era muy específico, sabía lo que robaba.

Ella preguntó en un tono indiferente antes de que su lengua jugara con la del Señor del Sistema lleno de deseo entretanto éste estrujaba sus pezones:

-¿Qué robos no han sido compensados?

Aunque al principio había dado a entender que todos los latrocinios habían sido restaurados, luego señalaba que algunos de ellos habían quedado fuera. Allí debía haber cierta intencionalidad.

Su amante no respondía a su invitación y eso la asqueó. Lo abofeteó con furia saliéndose del todo de él y le clavó el cuchillo que tenía cerca en su cuello. Su consorte nada pudo hacer, aparte de morir desangrado cuando ella sacó el cuchillo.

-¡Que todos los demás lo sepan! -exigió apartándose de él.

Un inútil menos y sus dominios aumentaban.

Cuando miró a su primado, éste asintió. Su entrepierna destacaba y ella sonrió y le planteó seductora:

-¿Tú no me decepcionarás verdad?

-¡No Señora! -exclamó este sabiendo exactamente lo que ella deseaba.

Se arrancó el faldón y dejó caer la lanzadera. Se acercó a ella y la besó con ferocidad en los labios simultáneamente se pegaba a ella haciéndole notar que estaba listo para ella.

La reina lo comprobó al tocar su miembro e hizo que la tomara allí mismo, sobre el suelo. Insaciable, ella no lo dejó hablar hasta tres asaltos después, cuando ambos estaban agotados.

-Respóndeme -le invitó mientras lo apartaba con un gesto- ¿Dónde no ha habido compensación?

El Jaffá replicó bajando la mirada:

-Un sarcófago fue robado… junto a varias larvas -se obligó a seguir hablando cuando el Kara’kesh se apoyó en su vientre-. Encontramos los cadáveres de los Jaffás en el antiguo hospital.

Eso desconcertó mucho a Kebechet. No había nadie en sus dominios capaz de algo así. Tal vez era alguna estratagema de sus enemigos, un plan para desestabilizarla…

Bien, habían fallado. Antes ella haría que cayeran a sus pies y rogaran por una clemencia que ella no tenía.

-Y habéis capturado a quien está detrás -dijo ella contundente mientras sus ojos resplandecían.

La preocupación fue muy obvia en la contestación:

-Los Jaffás que se acercaron murieron, pero pudimos identificarlo -tragó saliva, el cuchillo tampoco ayudaba-. Se trata de él.

-¿Él? -inquirió ella con voz gélida, amenazante.

El primado replicó:

-Nebnefer.

Ese nombre estaba prohibido. Formaba parte de su orden de ignorar su existencia. Solo y olvidado, aquel engendro se hundiría en la miseria hasta la muerte.

-¡Y no lo habéis capturado!

Si se conocía su existencia y que aún influía pese a todas las medidas, Kebechet tendría problemas. Tanto fuera como dentro de sus dominios.

Tenía que desaparecer de inmediato y definitivamente. Su castigo no sería su debilidad. Su fin la fortalecería y muchos verían en él un porvenir que no podrían evitar.

-Señora, como os he… -empezó a justificar el Jaffá.

Sin embargo, no fue capaz de continuar. Sólo pudo quedarse pasmado cuando la reina le clavó el cuchillo mortalmente en el cuello previamente a lanzarlo de un golpe quinético contra la columna más cercana.

-Está claro que tendré que hacerlo yo misma -sentenció airada mientras batía palmas para que acudieran su séquito y el sustituto del malogrado primado.


Atardecía cuando los diez Jaffás llegaron para cumplir su misión. Su diosa, que los lideraba, no esperaba más que la perfección absoluta y ellos estaban dispuestos a ofrecérsela aunque tuvieran que sacrificar sus vidas.

Ella no esperaba otra cosa y no se podía responder de otro modo al honor de ser elegidos en la ejecución de aquella tarea tan importante para ella aunque fuera muy sencilla.

Tras el fracaso del primado, uno nuevo ocupaba su lugar dispuesto a demostrar su valía para hacerse merecedor de sus favores. El error no le estaba permitido y sabía que su posición era ambicionada por sus subordinados, los cuales aprovecharían cualquier ocasión que se les presentara para destacar a ojos de la reina y lograr ocupar su lugar.

Había estado lloviendo durante todo el día y la hierba bajo sus pies todavía estaba húmeda. Las nubes que cubrían el cielo avisaban de que aquello era una tregua, aún no habían terminado de descargar.

Su intención era la de no estar ahí cuando volviera a llover. A Kebechet no le gustaba la idea de mojarse su imponente y provocador vestido.

Habían llegado allí siguiendo las indicaciones de los últimos Jaffás. La localización de la aislada casa había sido muy sencilla y cuando la tuvieron delante no hubo lugar a dudas.

Había luz en las ventanas. Un huerto bien cuidado llamaba la atención y el viento traía el ruido de un ganado que no veían.

Kebechet se relamió interiormente, zanjar aquel asunto le reportaba un doble beneficio: sus arcas se llenarían un poco más y reforzaría su posición de poder.

-Cuando deseéis Señora -le dijo su primado deseoso de que le ordenara un asalto rápido. Así su objetivo no tendría escapatoria.

Sin embargo, ella no olvidaba que otros Jaffás habían hallado la muerte allí. Aquel bastardo tenía defensas, era menester encontrarlas y anularlas. De ahí que ella ordenara:

-Que tus hombres rodeen ese antro y estén atentos, habrá trampas.

-Sí Señora -replicó el Jaffá disimulado acertadamente su contrariedad.

Los Jaffás obedecieron las órdenes sin replicar, tal y como habían sido adiestrados. Pronto tanto su primado como ella los perdieron de vista. Enseguida los Jaffás le anunciaron a su superior jerárquico que tenían vía libre.

Avanzaron hacia la puerta con paso seguro. Justo cuando Kebechet iba a ordenarle al Jaffá que echara la puerta abajo, se oyeron los primeros disparos.

Eran disparos de lanzadera: uno, dos, tres… luego dejó de contar mientras le ordenaba rudamente a su primado:

-¡Ve a ayudarlos!

¡Vaya  con la mosquita muerta de aquella basura! Había aprendido de aquel débil de Ra. Se había proveído un arsenal que ahora usaba contra ella.

El primado vaciló, pero se apresuró a socorrer a los demás sólo porque ella se lo había ordenado.

La reina sonrió, la idea de someter ella misma a aquel indeseable la excitaba. Sería fácil pillarlo con la guardia baja al estar concentrado en defenderse de los Jaffás.

Sólo podía esperar que su primado estuviera vivo cuando fuera a celebrarlo.

Mas un súbito sonido la obligó a detenerse cuando colocó su mano en el pomo de la puerta de madera. Era un sonido familiar que le extrañaba oír allí.

Era el ruido que hacía una Zat al activarse, cuando sus Jaffás usaban lanzaderas. ¿Estas habían dejado de sonar? De repente se había impuesto un incómodo silencio.

Ella volvió la cabeza y encontró lo que era de esperar, un paisaje que se iba oscureciendo. Mas eso fue lo último que vio antes de que la alcanzara aquel disparo venido de ninguna parte que le produjo  un horrible dolor paralizante. Luego todo se puso negro con semejante rapidez que ni le dio tiempo a pensar.

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Fuente:

Imagen superior: es.stargate.wikia.com:  http://es.stargate.wikia.com/wiki/Goa%27uld

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Un comentario en “Indiferencia II

  1. Pingback: Indiferencia III | Anuska Martínez

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