Indiferencia

Sarcófago

Odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido (Ódiame, Rafael Otero)

El castigo fue ejemplarizante. Asimismo suponía un nuevo nivel en lo que se refería al arte de causar dolor.

Fue mucho peor que lo que se pudiera sufrir con la más brutal de las extracciones de un Goa’uld impotente de su anfitrión y su posterior asesinato y reclusión en un vaso canopo.

Podía haber dejado que su anfitrión muriera, pero eso era demasiado fácil y un beneficio fugaz que no la satisfacería.

En cambio, diseñó un plan que sería recordado durante años porque era la imagen viviente de la zozofra en la que vivían sus nuevos dominios. Todos debían obedecerla ciegamente, cualquier sospecha de falta de lealtad era severamente castigada. No había nadie que no temiera que otros pudieran acusarlo falsamente, por lo que habitualmente pasaban a ser los primeros en denunciar como prueba de su lealtad.

La seguridad y la felicidad de pocos años atrás ahora no era más que una utopía inalcanzable.

Cuando el joven salió bizqueando de aquel monstruo en que se había convertido el palacio, aún no tenía ni idea de que más le valía estar muerto.

Vestía unos harapos que quedaban a sólo un nivel más bajo de lo que llevaban habitualmente los esclavos que residían en casuchas ruinosas que se venían abajo. En una mochila llevaba un vaso canopo (que para él suponía su mayor tesoro) y comida para tres días.

La única instrucción que había recibido era que siempre debía llevar a la vista su reconocible colgante, sin ninguna explicación más o sería convencido de ello.

La razón de todo aquello la comprendió en las jornadas siguientes mientras lo que quedaba de su mundo se derrumbaba en una decadencia que dolía con solo mirarla.

Todos los servicios se cerraron y la mano de obra se destinó a la creación de materias primas y su elaboración. Los campos, las minas, ganadería, pesca, artesanía básica, armamento, naves y hasta los Jaffás (los únicos que tenían cierta calidad de vida)… eran los que requerían más recursos materiales y personales sin dejar espacio a nada más.

Aún y así, todos veían la marca de su colgante y le volvían ostensiblemente la espalda o lo ignoraban. Para ellos no existía y evitaban su presencia… muy pronto renunció a poder hablar con nadie,

Pronto se quedó sin comida, tras pasar ya dos noches al raso. Lo cual lo forzó a traspasar una línea que a ojos de todo el mundo era un delito que le corrompía sin remedio.

Empezó a robar. Primero comida, pequeñas raciones de fruta y verdura cruda. Tras un par de veces en que lo pillaron y le dieron sendas soberanas palizas, se dio cuenta de que así no podía seguir… más sabiendo que a los agresores no les faltaban razones ni motivos para aquella violencia.

Preparó un golpe un poco más ambicioso, para lo cual esperó a que cayera la noche. Sólo entonces entró al clausurado hospital y sacó de allí un sarcófago destinado a su destrucción.

Para ello tuvo que recurrir a una estrategia bastante condenable. Obviamente había Jaffás armados vigilando el antiguo hospital, pero eran muy pocos. Mas eso no quitó el que tuviera más posibilidades de morir, cosa que tampoco le importó en absoluto.

Pero conocía algún que otro truco, como el de detectar a los Jaffás y su posición gracias a sus simbiontes. También fue muy útil su agilidad combinada con su sigilosidad. Todo ello fue primordial a la hora de enfrentarse a alguien más poderoso y fuerte que él en medio de una oscuridad casi total.

Armado con un rudimentario cuchillo, se lanzó en un ataque por la espalda al cuello del Jaffá. Este gritó y juró intentando librarse de él. Empero eso fue lo único que pudo hacer, pues le clavó el cuchillo en la nuca en una herida indudablemente mortal.

Él saltó al suelo justo antes de que el Jaffá cayera mientras el ruido de unos pasos corriendo hacia allí le decía que todavía no estaba fuera de peligro.

Cogió la lanzadera del Jaffá y se parapetó tras el sarcófago esperando a los demás, los cuales llegaron enseguida buscando acabar con una molestia potencial para su diosa más que para rescatar a su compañero.

El joven no vaciló. En cuanto se le pusieron a tiro disparó sin concederles la ocasión de poder atacarlo, también se aprovechó de que no colaboraban entre ellos. Cayeron de uno en uno y él se quedó quieto pendiente de que pudieran venir otros Jaffás.

En cuanto se aseguró de que estaba solo, abandonó su refugio para acercarse a los cadáveres. Quería apartarlos del camino del sarcófago para poder salir de allí cuanto antes.

Sin embargo, algo pasó con el primer cadáver. Al agarrarlo vio un bulto que se movía en el vientre.

Lejos de asustarse, él rompió la tela que lo cubría y descubrió una joven larva que se puso a chillar en cuanto lo reconoció. Con ello sólo consiguió que la agarrara para sacarlo de su inservible bolsa abdominal.

Aunque no era muy pequeña, le bastaría con cerrar el puño para acabar con ella eliminando así el riesgo de una implantación o que alguien se enterara  de lo que estaba haciendo.

Empezó a apretar, deseando así hacer daño a quien se lo había causado; aunque supiera que eso era una pretensión absurda. Sin embargo, al mismo tiempo que los chillidos desesperados crecían en decibelios, se dio cuenta de algo.

Aflojó un poco la presa y sentenció:

-Yo no soy como ella.

No hallaba placer en el dolor ajeno. No disfrutaba humillando a los demás. Y no podía acusar a una larva, a la cual le había arrebatado su vía de supervivencia, de los crímenes de su madre. Menos aún podía castigarla.

Dicho eso, la metió en su mochila sin que ella pudiera hacer nada. A ella la siguieron las otras tres que extrajo de los demás cadáveres. Ese acto fue lo suficientemente sorprendente para que las cuatro dejaran de chillar.

El joven volvió a donde estaba el sarcófago, encima del cual colocó la mochila y la lanzadera. Equipado con una plataforma que levitaba instalada por Ra, el sarcófago se dejó deslizar lentamente bajo su empuje.

A partir de ahí, tuvo que cambiar su forma de actuar. Para no llamar la atención, aprendió a vivir de noche, cuando se movía con su carga buscando un lugar apartado en el que esconderse y cogió de aquí y de allí provisiones aumentando sus robos dado que había más bocas que alimentar y necesitaba semillas para terminar con aquellos latrocinios que además de perjudicar a gente inocente podían señalarlo otra vez.

Le llevó muchos días encontrar un lugar al que nadie iría a buscarlo; o lo que era más probable,  nadie lo encontraría allí. Para tener una oportunidad, era requisito indispensable que no se encontrara en una zona de tránsito.

Dio con una pequeña casa abandonada al pie de una montaña de altura media, cuya cima se veía blanca en los meses más fríos. A pocos metros manaba un río que traía agua de la montaña. Además ayudaba mucho que se tratara de una  zona boscosa en la que se mezclaban árboles de hoja perenne con los caducifolios, en otoño aquello supondría un espectáculo agradable. El hecho de que hubiera algo de terreno libre alrededor de la casa fue lo que lo llevó a decidir que ya no tenía que buscar más.

Había mucho trabajo que hacer y su dureza no lo asustaba. Creía firmemente que en un años empezaría a tener unas condiciones de vida mucho mejores desde que lo echaran del palacio. No era alguien que necesitara mucho para poder sobrevivir… pero vivir era ya otra cosa.

Fuente:

Imagen: stargate.wikia.com: http://stargate.wikia.com/wiki/Sarcophagus

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Un comentario en “Indiferencia

  1. Pingback: Indiferencia II | Anuska Martínez

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