El camino de cambio IV

Ra (o El) de StarGate

Ra

En el sentir se halla la senda de la comprensión.

Aviso: Escena de sexo explícita

La Ha’tak estaba igual que cuando habían salido. Unos pocos guardias vigilaban la Sala del Trono y no se inmutaron con su llegada.

Pero aquella quietud era pura apariencia. En realidad, la maquinaria continuaba en marcha siguiendo las instrucciones dictadas por el dios horas antes. Y los soldados no perdían detalle de los movimientos de los recién llegados.

Nebnefer caminó hacia los aposentos del Supremo Señor del Sistema seguido de cerca por una pensativa Testadura. Una vez allí, y seguro de que no habría nadie, Ra le pidió a su anfitrión “Déjame el control.”

Ahí acababa su libertad. ¡Qué sensaciones había supuesto para él! La posibilidad de hacer cosas, pero sobre todo de descubrirlas era lo más cercano a la felicidad para él. Nunca olvidaría aquello, lo cual se convertiría en su tesoro. Le daba igual no haber superado la prueba que Ra le había puesto, esa experiencia era suficiente para él.

“Habrá otros momentos así” le dijo el Supremo Señor del Sistema “Tienes que ocuparte del calicotero”.

Su voz tranquila lo dejó paralizado de la emoción. Le había gustado lo que había visto. Había superado su prueba sin saber muy bien cómo. Fue muy sincero en su réplica “No te… decepcionaré”.

“Sé que no lo harás” le dijo Ra buscando inspirarle calma. Estaba seguro de eso, pero había otra cosa que además de hacerlo dudar lo empujaba a esforzarse todavía más deseoso de impregnarse de esos sentimientos tan intrigantes como adictivos que Nebnefer le hacía vivir.

Era él quien no quería decepcionar a su joven anfitrión. Él no sólo le había concedido su confianza sino que además no hacía más que enseñarle constantemente a alcanzar unas metas que traían consigo todo lo que deseaba: lo indispensable para ser fuerte sin que se pudiera oler su debilidad.

Nebnefer se relajó cerrando los ojos libremente dejó que actuara. Ra abrió los ojos y volvió la cabeza para que Testadura los viera brillar. El mensaje funcionó, la mujer dio un respingo y agachó la cabeza. Además tuvo el buen tino de seguirlo al vestidor.

Allí se deshizo de la sencilla ropa de incógnito. Libre de ella, resurgiendo de su suicidio estético, la apartó de un puntapié. Después cubrió su cuerpo desnudo con una fina y suave bata de tonos azules y blanquecinos, su piel agradeció el cambio.

Seguidamente regresó al dormitorio con la Zat y el cuchillo en ambas manos. Enseguida observó que la joven seguía exáctamente donde la había dejado y que alzó la mirada cuando lo oyó volver.

“Vamos a ocuparnos de esa rebeldía” pensó con cierta ironía al mismo tiempo que llegaba a la mesa y dejaba sobre esta ambas armas. A continuación le dijo a la joven con dureza:

-Regresa con tu familia, ella ya ha sido compensada.

Testadura lo miró con una mezcla de inquietud y asombro. Era una reacción comprensible, nunca se había oído de ninguna mujer que hubiera sido devuelta por el dios sin que ni siquiera hubiera hecho lo que habitualmente hacía con las mujeres que le eran destinadas.

Las mujeres acababan regresando, pero siempre tocadas por el dios. Ello suponía un status más alto para ellas y sus familias dentro de su comunidad, consideradas bendecidas por la divinidad. Entonces ellas solían contraer matrimonio para, entre sus hijos, tener al menos una hija que pudieran destinar al dios.

Así que aquello debía parecerle un deshonor que caería sobre ella y su familia. Ra por lo tanto aplicaba la política usada con sus mejores servidores, se recompensaba a la joven y sus parientes con comida, ropa e instrumentos para que públicamente se supiera que los favorecía por su gran dedicación.

Esa era la mejor salida, un regalo para Nebnefer al que ella le empezaba a caer bien. Su anfitrión deseaba que Testadura siguiera con su vida, disfrutando de todo lo que le había enseñado. Y su intención era cumplirlo.

-Quiero quedarme -soltó la mujer.

Ella consiguió dejarlo perplejo durante unos segundos, tal y como ella pudo ver en el brillo de sus ojos que se posaron en ella.

El Supremo Señor del Sistema se alejó de la mesa y se acercó a la mujer. Comprendía su negativa a marcharse simultáneamente lo irritaba con su osadía; nadie discutía su voluntad.

Resopló, ella quería regresar a su casa con la convicción de haber cumplido con lo que socialmente se esperaba de ella.

-Puedes decir que te he bendecido -sentenció Ra.

Nadie se lo podría rebatir, ni siquiera a ella le interesaría que nadie lo supiera. Irónicamente, en ese caso la mentira era mucho más efectiva que la verdad…  y también servía como protección de una verdad mayor que él jamás pondría en peligro.

Testadura se atrevió a decir con una contundencia que le molestó:

-No es eso.

Fue innecesario preguntarle por qué no quería marcharse. Se debía a lo que había visto y oído: Nebnefer. Aunque ella no entendiera nada realmente.

-¡Olvídalo! -rugió Ra airado para después hacerla volar con un golpe cinético de su Kara’kesh contra una de las paredes doradas.

De lo cual se daba perfectamente cuenta de que era imposible. Se acercó a ella con rápidos y firmes pasos. Testadura se levantó tocándose la dolorida espalda con una mueca.

“No le hagas daño” le pidió su anfitrión. Los ojos del Supremo Señor del Sistema resplandecieron al mismo tiempo que siseaba:

-Tu vida y las de todos aquellos que conoces depende de ello.

La joven fijó en él su mirada con una osadía pocas veces vista y se atrevió a intentar negociar con él:

-Si me quedo no hablaré.

Semejante rebeldía suponía una condena a muerte. Furioso, Ra rugió apoyando ambas manos en la pared de modo que ella no tuviera escapatoria:

-¡Hasta que te canses y decidas que quieres volver con los tuyos!

No le gusta lo que estaba insinuando. Suponía abrir una puerta que luego sería imposible cerrar, también sería sembrar la semilla del dolor en Nebnefer, del cual no quería ser responsable. Tras decidir que aquello le aburría y subestimar al joven, optaría por alejarse creando una inseguridad y soledad en Nebnefer difíciles de curar… y él no estaba por la labor de pasar por aquello.

Otro aspecto era la creación de un ascendente sobre él. A través de su anfitrión podía pretender llegar a él y manipularlo para cuales fueran sus fines si los tuviera o los fuera a tener. La manipulación hacia su persona ya le sublevaba… pero que usara a Nebnefer para ello lo llevaba a experimentar una ira inconcebible hasta entonces.

-No me iré -prometió ella tragando saliva.

Ra resopló entrecerrando los ojos:

-No prometas algo que no sabes si podrás cumplir.

Pues su personalidad la empujaría a querer marcharse tarde o temprano.

-Lo asumí cuando me trajeron -afirmó ella con voz temblorosa.

Ah, eso ya era otra cosa. Esa reacción temerosa era más normal, al entender que estaba ante un dios airado que podía disponer de ella como se le antojase.

Él le replicó con brusquedad:

-Mientes.

Las personas como ella, inconformistas, nunca aceptaban su suerte. Por eso eran las que más sufrían y con las que más disfrutaba a la hora de someterlas pues no se rendían resignadas.

Ella se limitó a mirarlo, un acto más de rebeldía por el cual decidió un castigo mucho más adecuado. Con un gesto que no le llevó más que un parpadeo, hizo que la parte delantera de su bata se abriera. Eso enseguida llamó la atención de Testadura, cuya mirada pasó de su rostro a su pecho, de ahí a su vientre y más abajo… que fue cuando se estremeció.

-¿Sabes lo que supone quedarse? -le susurró juguetón al oído mientras la empezaba a desnudar.

El escalofrío subsiguiente de ella lo provocó aún más, era el momento de enfrentarla a la realidad en que su voluntad divina debía ser acatada.

Ambos cuerpos se pegaron, ese fue el momento en el que ella intentó escaparse. Los ojos de Ra se iluminaron y él sentenció rotundo:

-Tarde.

La besó en los labios con ardor. Notó sus esfuerzos por rechazarlo y su temblor, que a él se le hizo delicioso. Su lengua provocadora se encontró con una contrincante feroz que hábilmente se convirtió en su aliada.

Testadura gimió mientras su cuerpo se rendía a su voluntad y empezaba a responder. Eso hizo que la sangre del Supremo Señor del Sistema hirviese mientras ambas lenguas danzaban ansiosas hasta que la joven se quedó sin aliento.

-Haré que me supliques que te de placer -le ronroneó al oído mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.

El cuerpo de ella se pegó al de él entre jadeos. Con habilidad la desnudó y volvió a besarla con deseo en los labios mientras sus manos exploraban aquel cuerpo cuya excitación alimentaba su deseo.

A su contacto, los pechos se pusieron enhiestos y las caderas empezaron a moverse incitadoras sorprendiendo a la joven, que dejó escapar un grito cuando sintió su miembro entre sus muslos.

-Siéntelo  -le ordenó con voz sensual haciendo que lo cogiera-. Lo desearás mil y una veces.

Fascinada, ella lo empezó a acariciar juguetona. Así, al mismo tiempo que él lamía sus pechos mordiesqueando sus puntas y jugaba con sus cabellos su pene se puso erecto, cosa que a él le hizo jadear.

Testadura lo acercó a su vagina, pero Ra la detuvo, creándole una curiosa frustración que a él sólo lo excitó todavía más.

-Yo decido -le ronroneó antes de mordiquearle el otro lóbulo-. Y tú obedeces a tu dios.

Introdujo un dedo dentro de ella. Acarició explorador su interior, encendiendo en la mujer oleadas de placer. Sentía su cálida humedad que lo llamaba. La mano de ella se impacientó en su miembro y los riñones de él se quejaron.

De pronto, el Supremo Señor del Sistema notó algo: el himen. Testadura era virgen.

Los ojos de ella se posaron en el suplicante, tal y como él le había anunciado.

Introdujo otro dedo y las piernas de la joven temblaban tanto por la mezcla de deseo y placer que en cualquier momento dejarían de sostenerla.

-Ahora eres mía -proclamó con voz ronca, sabedor de que aquello sólo era el principio.

Porque en ese acto, al cual estaba bastante habituado, había algo diferente. Algo que lo intrigaba y multiplicaba el placer de aquella experiencia… lo cual se aproximaba mucho a lo que vivía con Nebnefer.

Testadura era virgen. Eso no era raro entre las mujeres que le mandaban. Mas sí en una personalidad como aquella, habitualmente ya solían tener sus escarceos antes de que llegaran ante él porque sabían exactamente lo que querían y a quién querían… no había tradición alguna que se lo impediera.

La joven había tomado la determinación de querer estar con él. El motivo era un misterio, el que fuera su dios desde luego no había sido un factor decisivo. ¿Cuál era entonces?

Suponía un enigma que le retaba. El Supremo Señor del Sistema estaba decidido a desentrañarlo.

Testadura gimió echando la cabeza hacia atrás golpeándose contra la pared mientras su ruego en su peno se hacía más acuciante.

Ra sacó ambos dedos y la agarró de los muslos para que se apoyara en su cintura. A continuación la empujó del todo contra la pared y comenzó a entrar en ella muy lentamente.

Acalló su gemido de gusto con un beso ardiente y ella se aferró a su espalda clavándole las uñas incitándolo a seguir adelante. Cuando su pene tocó su himen lo retiró causando en la joven un temblor impaciente incontrolable… tal y como él quería.

La penetró de forma tan súbita como apasionada. Notó que a ella le dolió la ruptura del himen pero el goce que la acompañó fue de tal intensidad que además de olvidar el dolor, ella empezó a sacudirse demandando más.

Ra la mordío en el labio inferior y volvió a salir. Repitió la operación dos veces más lamiendo las lágrimas de placer que salían de los ojos de ella.

Por fin los dos empezaron a moverse juntos en un torbellino de sensaciones desconocido para ambos. Juntos llegaron al más absoluto clímax entretanto la sangre del himen iniciaba su coagulación.

Testadura gritó su satisfacción y él la mordió en el hombro con un gruñido entretanto sus ojos resplandecían.

Las oleadas de placer todavía recorrían el cuerpo de la joven cuando él la posó con suavidad en el suelo. La dejó recuperar el aliento mientras salía de ella y volvía a cubrirse con la bata.

“La próxima vez será mucho mejor” pensó.

En ese momento ambos se miraron y entendieron: ahí había pasado algo, algo absolutamente nuevo para ambos; sobre todo en el caso de Ra, que lo había experimentado por primera vez en milenios y carecía de referencias al respecto.

-Allí hay un baño -le dijo el Supremo Señor del Sistema rompiendo el silencio simultáneamente le señalaba el vestidor-. Límpiate y vístete.

Sorprendentemente, ella cogió su ropa y se fue al aseo sin dedicarle ningún tipo de réplica. Él fue a sentarse a una de las sillas doradas colocando sus pies en el reposapiés.

La joven tardó unos 15 minutos en regresar, cosa inaudita entre las mujeres. Hasta él se había resignado a una tardanza mínima de 30 minutos después de que hace mucho tuviera que aguardar horas.

Sin dejar ver su sorpresa, le ordenó señalándole una silla cercana a la suya.

-Siéntate.

Ella lo hizo sin decir nada, para ella aquella situación era nueva. Nadie le había preparado ni aleccionado para saber cómo actuar en semejantes circunstancias.

Ra simuló que ese no era su caso y dio una palmada.

Su primado entró enseguida y, tras echarle un rápido vistazo a la mujer, le anunció solemnemente:

-Todo está listo Señor, el jefe de la guardia ha vuelto.

-Que espere a después de la cena -dijo el Supremo Señor del Sistema que pasó de mirar al guerrero a Testadura-, quiero que conozcáis a alguien.

Su primado asintió antes de responder:

-Por supuesto Señor.

“Y ahí va” pensó. Las dos personas que tenía ante él eran las más comprometidas. Cada una tenía un nivel distinto de compromiso, pero ambas eran buenas personas y eso para él era esencial.

Hekaneheh, su primado, obedecía todas sus órdenes por muy chocantes que parecieran. No discutía, pero sí hacía preguntas para asegurarse de que había entendido bien e introducir matices en los cuales Ra no había reparado, lo cual le beneficiaba en grado sumo.

Testadura, la desconcertante joven que había tomado las riendas de su vida hasta el punto de enfrentarse a su dios. Ella había decidido estar con él aun teniendo presente lo que eso significaba. Además había tratado bien a su anfitrión ejerciendo de una guía que, desde un segundo plano, le había dejado disfrutar en primera persona haciendo lo que deseara sin condicionantes.

Si se equivocaba con ellos… ¿con quién iba a acertar? ¿cómo curar la herida que eso supondría para Nebnefer?

“No adelantes acontecimientos” se instó a sí mismo pasando por alto el desconcierto de Hekaneheh. Este seguramente se preguntaba por qué había dicho ‘conozcáis’ si iba a presentarle a la mujer elegida… lo cual ya era una anomalía de por sí.

-Os presento a mi anfitrión Nebnefer -hizo la presentación, captó que Testadura parpadeaba y que Hekaneheh alzaba ambas cejas-. El propietario original del cuerpo que ocupé cuando llegué a Tau’ri.

La referencia al Primer Mundo los anonadó a ambos, aquel mundo se había perdido en la leyenda hacía milenios, aunque ahora empezaba a oírse hablar de él en las nuevas escuelas después de que se levantara la prohibición de la escritura.

-Cualquier tipo de ataque u ofensa dirigida a él será como si fuera contra mi -les advirtió-. No olvidéis que yo lo veré y lo sentiré todo aunque sea con él con quien tratéis.

Su primado inclinó la cabeza afirmativamente sin ocultar su desconcierto. Entonces los brillantes ojos de Ra se clavaron en Testadura quien asintió.

Seguidamente cerró los ojos y le dijo a Nebnefer en un tono sosegados “Toma el control y habla con ellos”.

Este, pillado por sorpresa y no queriendo ofenderle haciendo el ridículo, le preguntó vacilante “Pero… ¿qué les puedo decir yo?”

“Diles quién eres” le animó el Supremo Señor del Sistema “yo estaré aquí contigo”.

Esas cuatro últimas palabras fueron todo lo que Nebnefer necesitó para aceptar el control previamente a abrir los ojos.

Se ruborizó ante la expectación imperante. Su natural timidez se vio claramente cuando se presentó vacilante:

-Hola… yo soy el anfitrión de Ra. Me llamo Nebnefer… pero me podéis llamar Neb.

Testadura se quedó literalmente con la boca abierta para diversión de Ra. Podía haber intuido algo, pero desde luego no se esperaba algo como aquello.

Hekaneheh tuvo una reacción mucho más rápida. Hincó una rodilla en el suelo dejando su lanzadera en el suelo mientras bajaba la cabeza saludándole con respeto:

-Mi Señor Nebnefer.

A Ra le satisfizo mucho esa actitud. Su primado velaría en el con todo el respeto y la lealtad que le conocía.

-Me… caíste bien y te admiro desde el primer momento en que te conocí. Me alegro de… poder hablar contigo.

-El honor es mío Señor -contestó el guerrero alzando la cabeza para mirarlo-. Estoy para serviros.

Apurado, el joven le rogó que se levantase. Después él se puso en pie causando cierta conmoción en Testadura cuando lo vio ir a donde ella.

Nebnefer le sonrió y le dijo con sinceridad:

-Yo quería… darte las gracias Testadura -hizo una pausa-.  Por la gran tarde que me has ofrecido y también por tu decisión de quedarte -luego formuló un deseo que le salía desde lo más hondo-. Espero que… no te arrepientas de tu decisión.

La mujer le sonrió. Una sonrisa franca, sin paliativos que para él fue un gran regalo. Ella sabía quién era y le sonreía a él por ser él y no por el Supremo Señor del Sistema. Hasta él lo notaba y Ra podría confirmárselo en caso de duda.

-Creo que no lo haré -le dijo ella recuperando un desparpajo para nada ofensivo hacia él.

“Y yo me aseguraré de ello” pensó Ra en un tono juguetón y fiero al mismo tiempo para vergüenza de su anfitrión.

Testadura se adaptaba poco a poco, distinguiendo a las dos personalidades que compartían el mismo cuerpo. Eso era muy bueno a modo de ver de Ra, pues su anfitrión necesitaba a alguien así, que lo tratara con respeto pero también con cordialidad. Todo lo demás, no lo dudaba, sería el propio joven quien lo conquistara.

-¿Me ayudarás… a preparar la casa del calicotero? -le pidió ruborizado antes de recordar-. Pero  antes de eso… Ra tiene que hacer cosas.

Ella contestó sonriente:

-Claro no hay problema.

-Gracias -le dijo Nebnefer antes de pedirle el favor al primado-. ¿Podrías… enseñarle su habitación?

Este asintió e invitó con un gesto a la joven para que lo acompañara. Si alguno tenía dudas, aquella petición y agradecimiento las borraros definitivamente. Ningún dios se expresaría jamás así.

En cuanto ambos se marcharon, Ra recuperó el control. Cuando el jefe de la guardia compareciera por segunda vez ante él, nada sería igual a la primera audiencia. Las cosas habían cambiado radicalmente aunque exteriormente no se notara. Pues el Supremo Señor del Sistema había acudido allí buscando algunas cosas, pero había hallado mucho más que lo empujaba a continuar por aquella senda.

No había vuelta atrás y él era tan consciente de ello como de que jamás se arrepentiría de nada. Quizá sólo de no haberlo hecho antes… y aún así estaba dispuesto a recuperar todo el tiempo perdido por su ceguera.

FIN

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