El camino del cambio III

Nebnefer

Escuchar y ver es la mejor forma de aprender.

Ella se quedó congelada en el sitio, sólo así se explicaba que lo mirara fijamente olvidándose de la presencia del dios; incluso para ella debía de ser una grave falta debidamente castigada.

Poco a poco, la suspicacia empezó a asomarse a su mirada, aquello llevó a Ra a intervenir con firmeza y decirle a su anfitrión “No le digas nada”.

Si esa mujer sospechaba, aunque fuera muy ligeramente, sembraría dudas sobre la fortaleza del dios. Éste sabía muy bien lo que implicaba parecer débil… y si seguían clavados en medio de la plaza, el asunto empeoraría.

“Tampoco he ayudado mucho pidiéndolo por favor” pensó el joven inquieto. Pero el Supremo Señor del Sistema que sabía cómo dominar la situación le dijo para calmarlo “De su disposición depende su vida y la de los suyos”.

Ella no haría nada que perjudicase a su gente o a sí misma.

-El mercado -volvió a hablar-, quiero ver el mercado.

La joven  por fin se movió, tampoco ella se sentía cómoda allí. Sin abrir la boca, empezó a hacer lo que Ra le había ordenado.

Lo condujo al lugar más vital de la urbe. Los sencillos puestos exponían las humildes mercancías y la gente negociaba con ahínco por ellas. Sus conversaciones giraban en torno a uno pocos temas: las cosechas, la llegada del dios y los asuntos de familiares  y conocidos.

Pero lo que más le gustó a Nebnefer fueron los talleres, ver cómo los artesanos creaban los diferentes objetos con esfuerzo y gran pericia. Habituado a unos objetos hechos con materiales preciosos y perfectamente hechos, a él le fascinaba el proceso creativo, reconociendo que aquello no lo podía hacer cualquiera.

-¿Cómo lo haces? -le preguntó con curiosidad a un orfebre que hacía maravillas con la madera, desde muebles hasta instrumentos de cocina.

El hombre, sorprendentemente anciano, le contestó sin ni siquiera mirarlo:

-Me lo enseñó mi padre, que a su vez lo aprendió de mi abuelo.

“Es lo habitual” pensó Ra. Así acababa seleccionando a los mejores en cada campo. Cada uno nacía destinado a desempeñar una labor era honrar al dios con la mejora continua.

-¿Podría… intentarlo? -preguntó Nebnefer vacilante.

Parecía fácil, pero seguramente no lo era. Aún y así quería probar la experiencia.

Su petición desconcertó a Testadura y al artesano, el cual dejó de hacer lo que estaba haciendo y se fijó en él. Entrecerró los ojos un momento antes de invitarle:

-Acércate y enséñame esas manos.

Fue ahí cuando él se echó hacia atrás cuando reparó en la  Kara’kesh. Nebnefer reaccionó improvisando una explicación:

-Soy un sirviente cercano al dios.

El orfebre interrogó a Testadura con un movimiento de cabeza, la cual se encogió de hombros y dijo confirmando la historia:

-Lo que dice es cierto.

Sorprendentemente, al único que no le gustó que su anfitrión se identificara como un sirviente fue al propio Ra.

-Estás un poco lejos del dios -observó el anciano.

El séquito del Supremo Señor del Sistema era por todos conocido y todos sabían que este renovaba conforme los niños y adolescentes crecían. Lo que nadie sabía era qué sucedía con los que eran sustituidos, y fue con eso con lo que Nebnefer jugó. Sonaba muy lógico y nadie lo pillaría en un renuncio.

Pasó entonces a justificar su presencia allí:

-Estoy buscando en lo que seguir siendo útil al dios.

-Ya, estas manos no son las de un guerrero -dijo el artesano observándolas-. Y si quieres que te sea sincero, tampoco las de un artesano de la madera.

El joven se sintió un poco decepcionado, mas ese hombre le gustó por la franqueza con la que le había hablado. En cambio, apreció la mirada irónica de la mujer.

“Puedes ser lo que te propongas” le aseguró el Supremo Señor del Sistema “Yo haré que lo consigas”. Fue un consuelo para el anfitrión y también una certeza de que Ra creía de verdad en lo que decía… y creía en él.

Como él lo hacía en el Supremo Señor del Sistema, que poco a poco iba convirtiéndose en un auténtico dios.

-Gracias por tus palabras -le dijo Nebnefer al anciano.

Este soltó sus manos y le respondió con una sonrisa que dejó pasmada a la joven:

-No te desanimes por mis palabras jovencito. Todos somos buenos en algo y tú encontrarás aquello en lo que destaques.

Ra sabía muy bien en qué lo hacía, por eso estaban allí. Pero ni siquiera él sabía hasta qué punto lo hacía pues en cada momento descubría un nuevo nivel.

-Mu… muchas gracias -repuso cohibido el joven.

El hombre le respondió cordialmente:

-Pero si crees que en la madera está tu destino, ven a verme y te enseñaré junto a mi hijo.

Nebnefer se lo agradeció con una sonrisa y prometió con sinceridad antes de abandonar el taller:

-Lo… lo tendré en cuenta.

Una vez fuera, llenó de aire los pulmones y luego los vació. Averiguar cuál era su lugar no era una cuestión baladí… sobre todo después de descubrir que tenía uno.

Testadura salió detrás de él sin desviar la mirada, la cual mantenía fija en él. Recelosa, su comportamiento chocante, la mantenía en alerta. A consecuencia de ello, Ra también la vigilaba estrechamente, pendiente de todos sus actos por si alguno de ellos suponía amenaza u ofensa.

-¿Qué lugares te gustan Testadura? -le planteó de súbito.

Ella primero se sorprendió y luego se molestó antes de rezongar:

-Tengo un nombre.

“Habérmelo dicho cuando lo requerí” pensó el Supremo Señor del Sistema irritado. Nebnefer le dijo a ella:

-Es… es el que te ha dado el dios.

La joven alzó ambas cejas, sus sospechas se agudizaron. Buena prueba de ello fue que ella se atreviera a plantear:

-¿Por qué habláis en tercera persona?

Por la misma razón por la que ella tuviera semejante atrevimiento. Para ella no era lógico, pero el joven que estaba con ella no era el dios… era otra persona.

O tal vez, pensó la mujer, el dios fingía y los sometía a ella y a su mundo a un tipo de prueba retorcida. Si los resultados de la misma no le satisfacían, el dios se lo haría pagar muy caro.

Y Ra, que conocía muy bien la psicología Tau’ri, jugó bien sus cartas para que la mujer reforzara esa última idea. De paso le sirvió para calmar el nerviosismo de Nebnefer.

“Aléjate de ella sin decir nada” le aconsejó, cosa que él hizo sin vacilar.

Como el Supremo Señor del Sistema había supuesto, ella corrió tras su dios asustada mientras el miedo se reflejaba en su voz al rogar:

-¡Esperad!

Siempre siguiendo las recomendaciones de Ra, Nebnefer sólo se detuvo cuando ella se colocó delante de él y le dijo:

-Os lo enseñaré.

Él accedió con una inclinación de cabeza. La joven contuvo un suspiro de alivio previamente a conducirlo fuera de la pequeña urbe, lo cual no le llevó demasiado tiempo. Fueron por una de las sendas habituales más allá de los cultivo próximos a la ciudad divididos en pequeñas parcelas.

A partir de ahí, aparte de unos molinos de agua ubicados en la orilla de un río cercano, se extendían los prados que se limitaban entre ellos con vallas y el bosque.

Era un lugar muy apacible en el que uno podía pasear con tranquilidad. Era algo muy parecido a la libertad. De ahí que el anfitrión pudiera entender el gusto de la mujer.

“Es bonito” pensó con una sonrisa.

De repente, un sonido a su espalda lo hizo volverse. Vio a un grupo de docenas de animales dirigidos por un hombre de unos 40 años que iba montado en el primero de ellos.

Nebnefer se hizo  a un lado para mirarlos mejor. La gama de colores era muy hermosa y su mansa naturaleza se traducía en sus elegantes movimientos con la cabeza en alto sobre su largo cuello.

Aquellas criaturas servían para todo: ropa, comida, material para todo tipo de artículos… pero sobre todo se utilizaban como animales de carga que mantenían limpios los prados y los cultivos.

-Son calicoteros -le dijo la joven.

El último de los animales era más pequeño que los demás. Mas aún y así, esa cría era más alta que ellos.

Fascinado, Nebnefer se le acercó y la cría se detuvo para mirarlo ladeando la cabeza de una forma muy graciosa que lo hizo reír. En sus ojos leyó una dulzura que le impulsó a ofrecerle su mano que ella olió antes de dejar que acariciara su rostro inclinando la cabeza.

-Hola -le susurró.

Súbitamente el calicotero alzó la cabeza abruptamente pasándole su húmeda lengua por toda su cara.

-¡Ey! -exclamó perplejo.

De repente, el ganadero se acercó en su montura a donde ellos estaban para reñirle al animal:

-¡Pero bueno! ¡¿Qué te tengo dicho sobre saludar a desconocidos?! -luego se disculpó con el joven- Lo siento Señor, siempre les hace eso a quienes le caen bien.

Nebnefer preguntó conmocionado mientras acariciaba al calicotero en el cuello:

-¿Le caigo bien?

¡Le caía bien! ¡Al calicotero de gustaba! ¡Y era él no Ra! A esa criatura no le importaba el Supremo Señor del Sistema… sino él. Y por cómo le volvió a pedir que le acariciara otra vez el rostro, lo que había surgido era mutuo.

Él podría… “Si lo quieres es tuyo” dijo Ra interrumpiendo suavemente unas reflexiones que venían acompañadas de unas emociones que intrigaban al Supremo Señor del Sistema y lo llevaban a querer experimentar más. Esa sencilla felicidad nacida de unos detalles tan nimios lo llevaban por una ruta desconocida que le aportaba una satisfacción mayor que nada que hubiera conocido antes.

“Pero…” empezó a dudar el joven. Había visto el tamaño que podría alcanzar. No tenía un lugar adecuado para que fuera feliz con él y gozara de una buena vida.

“Yo me ocuparé de eso” le dijo Ra antes de que terminara de formular sus dudas “tú sólo tendrás que preocuparte de lo que necesitará”.

-Creo que mejor que bien -respondió el ganadero quien miró al cielo para luego decir-. Si me disculpáis, tenemos que irnos.

Nebnefer también reparó en que faltaba escasamente una hora y media para que el sol se ocultase. “Nosotros también tenemos que irnos” le recordó Ra.

El joven asintió a modo de respuesta antes de decirle al hombre:

-Sí, claro. Tenga un buen viaje.

Le costó separarse del calicotero mientras el ganadero le daba las gracias previamente a retomar su viaje.

Suspiró y echó a andar alejándose todo lo posible. Unos metros más allá volvió la cabeza y certificó que la manada estaba a una distancia prudencial y que no había nadie más alrededor que pudiera verlo recurrir a los anillos.

-Nos vamos -le anunció a Testadura.

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