El camino del cambio II

“La libertad no tiene su valor en sí misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen.” Ramiro de Maeztu

“Toma el control” dijo el Supremo Señor del Sistema. El joven no sabía cómo reaccionar a eso. Aún no se había acostumbrado a que él le hablara, tampoco a que él reparara en su existencia.

“¿Cómo?” atinó a preguntar. Ningún dios hacía eso, lo cual hacía difícil de creer que aquello estaba ocurriendo. Pero… él había visto cosas, cosas inimaginables. Todas ellas relacionadas con una nueva realidad: Ra veía más allá de sí mismo.

“Toma el control de tu cuerpo” insistió el Supremo Señor del Sistema con una paciencia impropia de él. Después se quitó la máscara que desapareció tras las orejas.

El joven no sabía ni recordaba cómo se podía hacer eso, de lo cual Ra fue muy consciente pues le dijo “Está bien” antes de ayudarlo. Eso lo dejó literalmente sin respiración.

Era real, estaba pasando. Lo inundó la adrenalina que acompañaba a la sensación de libertad. Notó que movía un dedo de la mano y ligeramente un pie. Podía… podría… hacer cualquier cosa: correr, saltar, gritar, cantar…

Mas la realidad  lo mantuvo bien atado. Ra podía castigarlo si hiciera cualquiera cosa que lo ofendiera. Aquello parecía una prueba, en el caso de no superarla las consecuencias serían dolorosas. Cuando uno experimentaba la libertad y luego se la arrebataban, la experiencia era fulminante; sólo al perder algo se reconocía su auténtico valor, más aún después de tantos milenios olvidado e ignorado.

“¿Delante de ella?” preguntó cohibido. No quería avergonzarlo delante de quien podía contar por ahí todo lo que observase, lo cual temía que no favoreciera a su imagen.

“Ella no dirá nada” le dijo Ra tranquilizador. Él sabía que eso era verdad, lo creía capaz de cumplir con su amenaza según el comportamiento de la mujer personalmente o por medio de los guardias.

Sin embargo, todavía tenía dudas que lo condicionaban al no querer cometer el error de hace algo que disgustara al Supremo Señor del Sistema. De ahí que preguntara tímidamente “¿qué puedo hacer?”

“Lo que quieras” le respondió Ra, quien formuló la pregunta adecuada “¿qué quieres hacer? ¿qué es lo que te gustaría?”

El joven se quedó ahí quieto durante largos minutos. El Supremo Señor del Sistema se mantuvo en un expectante silencio mientras su anfitrión meditaba sobre la cuestión.

Había tantas cosas que podía hace. ¿En qué podría emplear su libertad? Una suave brisa procedente de las altas y largas y ventanas lo acarició y lo hizo mirar en su dirección.

Olvidando por completo que no estaba solo, se levantó y se dirigió a la ventana, a la cual se asomó.

La ciudad se extendía bajo el cielo azul que hacía de aquel día una jornada luminosa. La urbe era pequeña y una cadena montañosa de mediana altura la rodeaba.

La mayoría de las casas eran sencillas, exceptuando la casa del jefe de la guardia del planeta y los almacenes que acumulaban lo recogido de los tributos. Las residencias de los guardias se hallaban en un punto medio.

Pero lo que más le fascinó fue la vitalidad que irradiaba la ciudad. Hombres, mujeres y niños parecían hormiguitas moviéndose por las calles. Sin duda, donde mayor volumen de movimiento había era en el mercado, el lugar donde se intercambiaban mercancías primarias o manufacturadas.  

Ya sabía lo que quería hacer, a dónde quería ir para empezar.

Entusiasmado, el joven recordó que Ra había ordenado que le llevaran una vestimenta adecuada para ir de incógnito a la urbe. El Supremo Señor del Sistema había sido muy previsor desde el momento en que había ido eliminando todo los límites que pudieran condicionar sus deseos.

Aquello bien podía ser una prueba. Mas no en el sentido que huésped y anfitrión pudieran esperar. En lo que al joven se refería, haría todo lo posible por superarla. Si contentaba a Ra, quizá podría aspirar a algo más.

No le fue complicado dar con las prendas que debía vestir en el vestidor. Iban en contra del concepto de la estética del Supremo Señor del Sistema, pero este se resignaba a realizar el sacrificio ya que este sería ampliamente compensado.

Se cambió de ropa él solo y sin ayuda. Habría sido mucho más rápido y sencillo contando con la ayuda del séquito, pero tenía dos importantes motivos para no haber recurrido a él: no quería más testigos y disfrutaba haciendo él mismo las por primera vez en milenios.

Siguiendo las instrucciones de Ra, conservó tres objetos: el Kara’kesh, la Zat y el cuchillo que cogió al salir del vestidor. Únicamente entonces recordó la presencia de la mujer, la cual arrugó la nariz, no le gustaba su nueva apariencia. ¿Había hecho algo mal?

“No te preocupes Nebnefer” lo sosegó el Supremo Señor del Sistema “Ya estamos listos para salir”

“¿Y… ella?” le planteó en referencia a la joven.

Ra declaró tranquilamente “Nos seguirá, no le digas nada hasta que estemos fuera”.

El joven siguió la nueva instrucción al pie de la letra.

Primero escondió todas sus armas. La Zat y el cuchillo se ocultaron bien bajo su ropa. El Kara’kesh, en su mano y muñeca paraba por una exótica joya que homenajeaba al dios.

Después abandonó la habitación y salió a la Sala del Trono entre las dos filas de columnas doradas. Allí no había nadie más excepto los guardias que, desde sus posiciones de vigilancia, fingieron no verlo. Tenían órdenes de decir que el dios estaba en sus habitaciones probando el género femenino de sus tributos, todos sabían que eso lo podía mantener ocupado durante horas y que estaba prohibido que nadie lo molestara.

Dirigió sus pasos a la plataforma de los anillos. Se giró dejando la estatua de Jnum a sus espaldas y pudo ver que la joven lo seguía, tenía el sentido común de no optar por quedarse. Sin embargo, por su expresión, el joven dedujo que aquella situación no le gustaba… no era de esas personas que aceptaban mansamente los designios divinos.

“Me ocuparé de ella si te da poblemas” le prometió Ra.

Él esperó a que ella subiera y se pusiera a su altura. En cuanto lo hizo, tocó la gema que abrió las puertas de los anillos. Estos los rodearon y en un parpadeo la Sala del Trono desapareció siendo sustituida por la plaza principal de la ciudad que acogía además el Sebaw ny esbau.

Eso avergonzó visiblemente a Nebnefer, quien quiso disimularlo pidiéndole a la joven:

-Enséñame la ciudad -la miró, lo cual la asombró-, por favor.

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Fuentes: https://www.youtube.com/watch?v=Z-hoEoga8no

   http://www.proverbia.net/citastema.asp?tematica=39

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Un comentario en “El camino del cambio II

  1. Pingback: El camino del cambio III | Anuska Martínez

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