El camino del cambio

Los cambios más profundos empiezan siendo sutiles.

Su llegada había causado una gran conmoción y sólo había sido el principio de un cambio que se extendería por todos sus dominios.

La llegada al planeta se produjo como siempre. Era la esperada inspección que ocurría cada ciertos años para asegurarse de que los tributos se cobraban correctamente y que todo estaba en orden.

Cuando la Ha’tak aterrizaba en la pequeña urbe principal del planeta, todo el mundo sabía qué esperar. Enseguida el jefe de la guardia acudía a ella para dar personalmente a su dios los informes.

El hombre era muy disciplinado en su trabajo y, para cuando llegaba la Ha’tak ya estaban todos los tributos preparados para ser entregados: tanto materiales como en especie. Desde animales hasta bellas jóvenes destinadas, voluntariamente o a la fuerza, para el regocijo del dios.

Las familias sabían que, en caso de negarse a dar lo más preciado para ellas, incurrirían en la ira del dios… preferían no hacerlo aun a costa de no volver a ver jamás a sus seres queridos.

La propia entrevista con el dios, cubierto con la sempiterna máscara, resultó de lo más extrañada. Se salió de su cauce habitual, lo cual aumentaba los riesgos a la hora de disgustar al dios.

-A partir de ahora y hasta nuevo aviso estos serán los tributos -sentenció el dios haciéndole un gesto a su primado, debía de ser nuevo pues no lo conocía-. Hay muchas cosas que hacer en este planeta.

El primado le entregó la tablilla en la que figuraban las cifras de los productos que conformaban los tributos. Los números habían sido reducidos tanto que se preguntaba si acaso no había algún error.

Un error que no se repetía en el número de féminas (los apetitos divinos eran bien conocidos), lo cual señalaba que aquella debía de ser algún tipo de estrategia. Tal vez lo estaba poniendo a prueba, lo cual podría explicar aquel comentario sobre cosas que quedaban por hacer.

-¿Puede vuestro humilde servidor saber cuál es vuestra voluntad? -preguntó inclinándose ante el dios.

Este chasqueó los dedos y unos niños trajeron una mesa. Luego un guardia activó un holograma que mostraba aquel planeta con unas diferencias llamativas.

-Esta es mi voluntad -replicó el dios-. Usarás los tributos no cobradas para asegurarlo y me mandarás un informe mensual.

Un mes, eso era demasiado poco tiempo.

-Señor un mes es… -empezó a replicar.

El dios lo interrumpió autoridad:

-¡Suficiente! -lo despidió con un gesto-. Me comunicarás tus planes al anochecer.

Menos tiempo todavía.

El hombre no se atrevió a replicar. Tras una nueva reverencia, dos guardias lo llevaron de vuelta a los anillos.

El dios se levantó de su trono dorado y despidió a su séquito de niños y adolescentes. Dirigió sus pasos a sus habitaciones donde varios guardias vigilaban a varias jóvenes. Algunas de ellas estaban resignadas y otras no conseguían contener las lágrimas. La mayoría de ellas estaban fascinadas con el oscuro y brillante suelo.

Las chicas, aseadas para la ocasión y vistiendo la humilde ropa más sugerente del planeta, estaban dispuestas en fila, listas para ser inspeccionadas. Todas ellas cumplían los requisitos divinos y no tenían ningún tipo de fallo físico o psicológico. Las examinó con atención, disfrutando de la incomodidad que aquello suponía para ellas.

Tenía planes para todas ellas, pero ahora sólo necesitaba una en aquel momento.

Tomó asiento en una silla dorada y alargó el momento unos minutos más para luego preguntar:

-¿Cuántas de vosotras sois de la ciudad?

Se alzaron unas tímidas manos, cuatro o cinco. Algunas de las otras cayeron al suelo por sí misma o con ayuda de los guardias. Ni una de ella emitió un sólo quejido.

-Llevaos a las demás -ordenó el dios que contó hasta 15 de las 50-. Y preparadlas para lo que espero de ellas.

Tras un gesto del primado, los guardias se llevaron a todas las que no habían sido seleccionadas para la ocasión. Las mujeres creían intuir, por cómo les temblaban las piernas, lo que les esperaba. Podrían haber estado más acertadas en inspecciones anteriores, ahora se encontrarían frente a una exigencia mayor.

El dios se levantó del asiento para contemplar a las 15 jóvenes que quedaban ante él. Todas ellas permanecían con la mirada baja aunque los guardias las alzaran bruscamente para ponerlas en pie.

Sólo una de ellas se atrevía a mirarlo. Tenía miedo como las demás, pero también tenía el valor que la volvía llamativamente insolente. Se paró ante ella y vio sus ojos dorados con puntos ámbar que la miraban con furia destacando en una piel clara y un cabello oscuro como la noche.

“Interesante genética”  pensó el dios escrutando todo su cuerpo. Un gesto y los guardias obligaron a la mujer a dar una vuelta completa sobre sí misma. Ahí fue cuando vio sus muñecas atadas… eso era prueba de que no se lo había puesto fácil a los guardias.

El dios dedujo que eso era prueba de una personalidad independiente e inconformista. No se conformaba con lo que le daba la vida. Por eso mismo seguramente sabría más que sus propias compañeras acerca de la vida, lo cual era exactamente lo que buscaba.

“Vamos a ver hasta dónde llega un su insolencia” pensó mientras ordenaba:

-Llevaos a las demás.

Indómita, ella entrecerró los ojos mientras los guardias cumplían sus órdenes. Una vez se fueron, él dio una nueva orden:

-Dejadnos a solas.

Con eso la joven, que no debía tener más que de 20 años, se tensó. Hasta el primado se marchó quedándose no muy lejos por si era requerido.

-¿Cuál es tu nombre?

No hubo respuesta. Sólo ojos entrecerrados y cuerpo dispuesto a una lucha que sería agradable de no ser por que él no tenía ese tipo de lucha en mente. Sin embargo, jugó con ese temor al no dar a entender sus intenciones reales.

-En tal caso te llamaré… -sonrió para si, un chiste privado que sólo dos seres en el mundo podrían entender-. Testadura.

La joven resopló molesta, lo cual le hizo gracia a su interlocutor. Este se aproximó a una mesa en la que se había dispuesto diferentes objetos. Cogió de la misma un cuchillo a tiempo de ver que la mujer pretendía ir a la salida.

-Si sales ahora, tienen orden de poner fin a tu mísera vida -le advirtió-. No quisiera que tu sangre ensuciara el suelo.

La joven se detuvo y se volvió para verlo acercarse con el cuchillo en la mano. Dio un paso atrás, yendo hacia un lado.

-No me apetece jugar a esto -gruñó él-. Y a ti tampoco.

Ella preguntó desconfiada:

-¿Qué queréis de mi?

-Me alegra saber que tienes lengua -ironizó el dios-. Eso facilita las cosas.

Velozmente se acercó a ella y la agarró de una forma que a ella le fue imposible zafarse. Para lograrlo tendría que hacerse daño ella primero y luego herirlo a él. El propio instinto de supervivencia la impediría hacerlo.

-Tengo un trabajo para ti -le ronroneó al oído de un modo que la hizo estremecerse de pies a cabeza-. Y tu vida depende de que cumplas con todas las expectativas.

Ella no contestó, sabía que no tenía escapatoria.

-No dirás nada de lo que oigas o veas a partir de ahora, en caso contrario no volverás a ver un amanecer -le dijo gélidamente-. Si rompes esta condición o no cumples con lo que espero de ti, este cuchillo se te clavará en el corazón sin vacilar.

Y para dar más fuerza a su voluntad usó el cuchillo para romper las ataduras de sus manos. Con el impulso, la hizo caer al suelo.

Sin importarle eso en absoluto, se fue a sentar en la cama y desde allí dándole la espalda le dijo en un tono indiscutiblemente autoritario exactamente lo que pretendía:

-Vas a ser nuestra guía en tu ciudad.

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2 comentarios en “El camino del cambio

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