El Monte Ombligo CCCXVII

La herida más difícil de curar es la desconfianza sembrada con miedo.

-No tienes por qué verlo -le dijo Ra a la joven-, tampoco Noa.

No sería una visión agradable. Aunque fuera algo voluntario, deseado por ambas partes, existía esa parte que implicaba una agresiva invasión. Saber que ocurriría era distinto a verlo.

Pese a que contaran con todas las medidas de seguridad que evitaban el dolor de antaño, la escena seguía siendo la misma. Una escena que los falsos dioses llegaban a evitar, prefiriendo entrar por la nuca, el camino más difícil, a hacerlo por la boca… la senda más fácil. Nadie quería quedarse con la cara de pánico del anfitrión en su memoria que saltaría cada vez que se mirasen al espejo.

-Estoy preparada -dijo la niña-. Y esto es distinto.

El antiguo Supremo Señor del sistema respondió:

-No quiero que lo pases mal.

-Si vosotros no lo pasáis mal, yo no lo pasaré mal -le dijo Noa convencida.

Convencimiento que nadie le iba a quitar. Conociéndola, sabiendo que había salido a su madre, nada de lo que dijera iba a disuadirla.

Quizá lo único que podría hacerlo sería la propia experiencia.

Con eso en mente, clavó sus ojos en Kate. Teniendo en cuenta lo que ella había vivido, había sido cruel por parte de Nebnefer hacerle prometer que estaría allí. Despertaría viejas pesadillas que él no deseaba que volvieran a atormentarla.

Ella le dijo:

-Lo prometí.

-Teniendo en cuenta lo que has vivido… -señaló Egeria discretamente.

La joven frunció el ceño previamente a replicar:

-Ra no es Kebechet -luego le dijo directamente a Ra-. No voy a moverme.

Este lo aceptó antes de mirar a Atón que, dejándole el control a su anfitrión, volvió a preguntarle a Nebnefer:

-¿Estás seguro de que quieres hacerlo?

-Sí -contestó el aludido.

Ajenatón agregó:

-Y todos sus riesgos y consecuencias.

Por muchas medidas que tomaran, siempre habían ciertos riesgos inevitables. No se podían obviar, pues así se abrían la puertas a los más lamentables desastres.

-Los… los asumo -dijo el joven.

Egeria se lo planteó a su vez a Ra:

-¿Estás seguro de que quieres hacerlo con todos sus riesgos y consecuencias?

-Por supuesto -contestó su interlocutor.

Nirrti entonces tomó el mando tal y como se había establecido:

-Entonces podemos proceder -luego empezó a dar instrucciones-. Dejemos libre el lado que da al sarcófago -después se dirigió a Nebnefer-. Puedes tumbarte.

Este lo hizo sin decir nada pero con una sonrisa llena de confianza. Acto seguido, la Señora del Sistema procedió a inyectarle la anestesia, a cuya conclusión le pidió al joven:

-Ahora quiero que cuentes desde 20 hacia atrás.

Este lo hizo obedientemente mientras su mano era sostenida por Ajenatón. Su voz se fue debilitando gradualmente. Sus ojos se cerraron antes de que ya no se oyera nada más después de haber llegado a 10.

Nirrti pasó entonces a realizar unos pequeñas pruebas de estímulo, para asegurarse de que el joven se encontraba en un sueño profundo. Una vez estuvo convencida, se conectó al joven a los aparatos que vigilarían sus constantes durante todo el proceso.

Después, tras un intercambio de miradas con Sonia, la Señora del Sistema sentenció:

-Ya está listo.

Ella misma abrió la boca de Nebnefer con cuidado para decirle a Ra:

-Adelante.

El antiguo Supremo Señor del Sistema se tomó unos segundos para prepararse para lo que tenía que hacer. Aun estando diseñado para aquello, aquel acto era muy delicado. Cualquier fallo por su parte podría ser letal tanto para su mejor amigo como para él.

Luego se arrastró por el pecho y lentamente se introdujo por la boca. A partir de ahí empezó la parte más difícil mientras sentía que tuviera que dañar de ese modo el interior de Nebnefer.

Los demás pudieron asistir al proceso a partir del monitor. El cuerpo del joven soportaba la penetración sin variaciones en sus signos vitales. Llegaban a ver cómo el huésped atravesaba la garganta para buscar su lugar en torno a la médula espinal a la altura de la nuca.

En ese punto fue cuando la alarma saltó. Ra no conseguía terminar de ponerse, lo cual empeoraba el daño y aumentaba los riesgos. A eso se sumaba el agotamiento que suponía al Supremo Señor del Sistema que, si se cansaba antes de tiempo, su supervivencia estaría más que en duda.

-Maldita sea -murmuró Nirrti.

Ajenatón preguntó manteniendo la calma:

-¿Qué pasa? ¿Por qué no avanza?

-Es extraño -reconoció Egeria.

Nunca había visto algo así. No cuando las dos partes estaban de acuerdo y el huésped se hallaba en perfectas condiciones.

Había un problema en el anfitrión que era incomprensible.

Kate frunció el ceño:

-¿Qué ocurre?

-Hay una parte del cuerpo que lo rechaza -dijo Nirrti.

Ajenatón planteó:

-¿Pero eso es posible? Nebnefer está de acuerdo…

-Es posible que sí -comentó la Señora del Sistema con la vista fija en la pantalla-. El cuerpo tiene memoria y no quiere volver a vivir una extracción.

Lo que hiciera Kebechet recordaba a los actos propios de su padre, que había obrado como antaño. Sin llegar a comerse a su enemigo derrotado, lo había sacado de su anfitrión de una forma tan cruel que los propios falsos dioses habían dejado atrás hacía mucho tiempo.

Kate replicó ceñuda:

-Pero algo se podrá hacer.

-Desde luego -anunció Sonia colocándose en la cabecera-. Por eso estoy aquí.

La nodriza colocó ambas manos en la nuca del joven y cerró los ojos. Instantes después, el huésped, muy lentamente y con sus últimas energías se colocó en la posición adecuada acoplándose de forma adecuada a la médula espinal.

Ahora estaba por ver si se había asido fuertemente. De ello no estarían seguros hasta que lo vieran despertar. Mientras tanto, las constantes vitales de ambos se mostraban angustiosamente débiles.

-Al sarcófago rápido -instó Nirrti.


El transcurrir de las horas después de que ambos amigos fueran introducidos en el sarcófagos fue tan largo como angustiosos. Era imposible no estar nerviosos después de lo vivido, lo cual se debía a que nadie estaba dispuesto a aceptar la pérdida que podría haber sucedido y de la que no estaban libres hasta que el sarcófago abriera sus puertas.

Por supuesto que confiaban en su tecnología, la más avanzada que se podía concebir. También en unos conocimientos en constante crecimientos que, sin embargo, se volverían inútiles para ellos si perdían a quienes tenían por referentes.

Fuera, la fiesta ya había empezado. Comida, juegos, música y diversos entretenimientos que alcanzaban a todos, tanto a dioses como Tau’ris, podrían ser disfrutados durante varios días. Más allá de Palacio, incluso fuera del planeta, muchas almas celebraban el acontecimiento deseando desde lo más profundo que todo saliera bien… y que quienes lo habían dado todo por su felicidad, también tuvieran acceso a la misma sin importarles en absoluto tener que pagar un precio por ello.

Pero llegada la hora de la verdad, cuando el sarcófago se abrió mostrando a su ocupante, los presentes, que no habían dejado de mirarlo, contuvieron el aliento. Así, apenas se dieron cuenta del movimiento pecho que delataba la respiración… ni siquiera cuando la niña gritó entusiasmada:

-¡Ya está!

Sólo se dieron cuenta cuando los ojos se abrieron y resplandecieron mientras una leve sonrisa surcaba los labios del antiguo Supremo Señor del Sistema.  Este se incorporó lentamente recordando lo que suponía la implantación y lo que significaba para todos… sobre todo para la niña que quiso subirse al sarcófago pero que vio frustrado su intento por su nodriza al decirle:

-Espera.

-¡Jo! -exclamó ella haciendo un mohín.

Ra salió del sarcófago y todos los presentes le dedicaron una reverencia mientras Moros bromeaba:

-Bienvenido bello durmiente.

El antiguo Supremo Señor del Sistema le lanzó una miada fulminante. Pero se quedó en eso, pues la niña enseguida se libero de Sonia y acudió a abrazarlo. Su padre le le devolvió el abrazo percibiendo lo mucho que ella lo había estado deseando… lo mismo que la joven Tau’ri a la que le dijo en un ronroneo provocador:

-Ya me ocuparé de ti luego.

-Podemos dejaros a solas -ofreció Ángelo en un deje divertido que hizo que su madre se sonrojara vivamente.

Ra respondió con despreocupación:

-Primero que se prepare en la fiesta pública… luego la examinaré en privado.


Se había dado un periodo de seis meses para que tanto anfitrión como huésped se adaptaran a su nueva situación. Eran dos vidas que volvían a encontrarse, dos existencias que habían evolucionado con el tiempo y ambas debían encontrarse y convivir para mantener el equilibrio. Un equilibrio en el que ambos se encontraran a gusto y que gozaran de la vida a partes iguales.

Pero apenas necesitaron tres meses. Por un lado no había mejores amigos que se conocieran más y por otro contaban con una gran familia que durante todo el proceso les ayudó a la hora de organizarse.

Por ello, a nadie pilló por sorpresa que el Oráculo, el conocimiento de cuya existencia había corrido por la galaxia como la pólvora, empezara su intensa actividad en tan poco tiempo. Ya había gente, procedente de todos los rincones conocidos, esperando para recibir unos consejos o incluso ayuda en problemas que hasta entonces nadie más que ellos habían reparado.

Mas lo que realmente marcó la diferencia en aquel Oráculo, fue la presencia de los pequeños animales. Gatos y perros en su mayoría, recogidos por la Casa de las Mascotas, que esperaban encontrar el hogar que perdieran años atrás por culpa de la Usurpadora o uno nuevo después de haber nacido en la calle.

Al Oráculo quedaron unidas la imagen de los animales y la certeza de un consejo acertado. Todo ello formando una composición de un nuevo comienzo para todos, sin reparar en razas… todas las cuales resultaban valiosas dentro del verdadero Equilibrio que regía una Galaxia que miraba su futuro con renovadas esperanzas tras superar las más duras pruebas.

FIN

 

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