El Monte Ombligo CCXCIX

“Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8:1-7)

A Nebnefer no le gustó la tensión que percibió al entrar. Para él fue como sentir que se abría un abismo que se había esforzado por cerrar, dejando que quedara una cicatriz. Su humilde intención era que quedara una cicatriz que recordara en qué no debía volver a caer.

Y la ira de Ra, entendible por todo lo demás, llevaba a ese abismo. El no reconocerles a los demás lo que él había luchado por ser reconocido, llevaba a la cuestión de por qué iba a ser mejor él que Kebechet. A fin de cuentas, en su ceguera, había hecho cosas parecidas a las de Atum.

Ese temor, el cual traía consigo otras sombras amenazantes sobre el joven, se tradujo en un descenso de la temperatura que los acalorados no percibieron. Sólo Atum y Ajenatón fueron sensibles a ellos.

Este último apretó su mano trasladándole su apoyo y comprensión. También era una cuerda con la que impedía que se hundiera en esa negritud que surgía ante él.

Fue Ajenatón quien, con unas pocas palabras, logró que se rebajara la tensión latente. Al menos lo consiguió de forma temporal. Pues como bien había apuntado Kate, había aspectos que habrían de tratarlos el antiguo Supremo Señor del Sistema y ella.

Nebnefer deseó que fueran los temas que fueran, no lo condujeran a unos caminos de los que no pudieran regresar. El joven no se había esforzado tanto por recuperarlos para luego volverlos a perder de una manera fulminante. No lo soportaría.

-Pero Kate… tiene razón -dijo avergonzado en un tono de ruesgo-. Atum estaba ciego… se creyó la mentira de que nada del anfitrión…

Ajenatón terminó de hablar:

-Sobrevive a la implantación.

-Nebnefer… ¿te haces una idea de lo que estás diciendo? -inquirió el antiguo Supremo Señor del Sistema.

Estaba más tranquilo, pero su animosidad hacia el Señor del Sistema no se había reducido ni un ápice.

Ajenatón repuso tranquilamente:

-Sin duda lo sabe muy bien.

-Ninguno de los que estamos aquí… estamos libres de culpa -indicó Nebnefer vacilante.

Ra se lo quedó mirando con fijeza. Fue tal la intensidad, que casi involuntariamente el antiguo anfitrión dio un paso hacia atrás.

Ese rompió algo en él. Algo profundo. Ver que su mejor amigo lo rehuía lo atenazó tanto que dijo con voz ahogada:

-Nebnefer no.

-No estoy diciendo… que se deba olvidar lo que hizo -observó el joven-. Pero sí… perdonar.

Ra pensó mucho en sus palabras. Durante unos minutos en los que nadie dijo nada, él estuvo dándoles tantas vueltas que Nebnefer habría podido sentirse muy mareado.

“El perdón no implica el olvido” pensó el antiguo Supremo Señor del Sistema. Él había tenido sobradas pruebas de ello, sus propios crímenes seguían presentes en su memoria y nada los borraría. Pero al intentar compensarlos y resolverlos, había encontrado el modo de merecerse el derecho a la vida.

Atum lo tendría bastante más difícil para resarcirse. En lo que a él respectaba, eso era imposible. Pero… ¿debía dejar que sus actos hacia su persona lo librasen de la condena de trabajarse su resarcimiento?

-Y dices eso sin saber lo que hizo -dijo Ra con cierta admiración hacia su mejor amigo. Este no dejaba de sorprenderlo.

El joven opinó pesaroso:

-Yo sé lo que hice… y no tengo perdón.

-¿Tú? -se atrevió a preguntar Atum entre la sorpresa generalizada.

Ajenatón le dijo al joven:

-Tú no hiciste nada malo.

-Hice daño, robé y arrebaté vidas -confesó él con tristeza mientras evocaba antiguas escenas.

El anfitrión de Atón le rebatió:

-Te viste obligado, si no te habrían matado.

-O hecho cosa peores -comentó Ra entendiendo muy por dónde iba Ajenatón.

Nebnefer sacudió la cabeza negativamente antes de rebatir:

-Eso no borra lo que hice -apretó los labios-. Ni que lo volvería a hacer si se repitiera la situación.

Ajenatón le aseguró:

-Eso no sucederá.

-Porque no… vamos a olvidarlo -añadió Nebnefer mientras su miraba se posaba en cada uno de los presentes-. Es una lección que… terminamos de aprender con el perdón.

Ra tenía cierta idea de todo aquello por lo que había pasado su mejor amigo, de lo cual se sentía responsable en gran parte. No había sabido protegerlo, al final la criminal había sufrido lo indecible sin que nadie pudiera ayudarlo.

Tal vez eso lo había fortalecido, conduciéndolo a recurrir a ciertos recursos con los que de otro modo no habría contado. Aquello lo había ayudado a seguir adelante, asumiendo una situación hasta encontrarse en posición de poder cambiarla. Esa posición la había conquistado por la fuerza de su voluntad y ningún otro la habría alcanzado.

Nebnefer había sido quien había activado todo los engranajes que, con un funcionamiento único y unitario, habían llevado al principio del fin del reinado de aquel monstruo.

-Pensaré en tus palabras -le aseguró su mejor amigo. La animosidad había desparecido.

Esta fue sustituida por una franca satisfacción cuando el joven le sonrió. Seguidamente este solicitó en forma de proposición:

-Podríamos hacerlo… en casa.

-¿En casa? -preguntó Kate desconcertada. Le sorprendía el giro de la conversación.

El antiguo anfitrión asintió ampliando su sonrisa. Luego aclaró:

-En casa… en Iunu.

Le gustaba cómo sonaba. Aún más la expectativa.

El anfitrión de Atón le dijo a Atum:

-Y nosotros podríamos ponernos en camino.

Este último concedió mostrándose de acuerdo:

-Por supuesto, tenemos mucho que hacer.

Ni más ni menos que reformar los sistemas de sus dominios en su totalidad. De ellos dependían millones de vidas.

-Salvo que tengáis algo más que hablar -terció Ajenatón cortésmente mirando a Kate con amabilidad.

Esta captó su gesto y lo agradeció con una sonrisa. Acto seguido contestó:

-Quizá más adelante.

Y antes de que Ra tuviera oportunidad de pensárselo, el anfitrión de Atón se inclinó ante Kate y el antiguo Supremo Señor del Sistema. Luego, tras un abrazo a Nebnefer, le hizo un gesto a Atum, que entendiéndolo, se marchó tras él.

-¿Entonces… nos vamos a casa? -preguntó el joven, una vez ellos se fueron.

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Un comentario en “El Monte Ombligo CCXCIX

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