El Monte Ombligo CCLXI

La observación de la Naturaleza es rica en lecciones vitales.

Las horas y las partidas transcurrían de forma amena. Una vez aprendidos los principios, los juegos los obsequiaban con mil y un matices que surgían de cada nueva estrategia que se ponía en práctica.

A fin de cuentas, aquello formaba parte de ellos. Habían vivido con ello desde surgieran como raza y se organizaran como sociedad.

Sin embargo, quedaba espacio para la sorpresa, era lo bueno aquellas partidas. Les permitía innovar, crear situaciones nuevas que suponían retos para unos jugadores que ya habían lidiado miles de batallas.

No había razón acuciante que les llevara a concluir el juego. Ni siquiera el hambre, pues el servicio se ocupaba de mantenerlos satisfechos.

Aquello se podía comparar casi con la celebración de un cónclave en Tau’ri. A diferencia de aquel, aquí no se elegía a un Sumo Pontífice mientras diferentes facciones buscaban primar sus intereses. Claro que había intereses, pero estos consistían en mantener el orgullo a buen recaudo y no perder demasiado.

Además, era la primera vez que todos participaban en algo juntos desde aquella antigua guerra contra Anubis.

Hasta entonces, que semejante unión se volviera a repetir era una utopía. En el resto de la Historia, siempre había habido quien no seguía el camino emprendido por el resto porque no le interesaba.

Y ahora, la utopía se convertía en una realidad cotidiana. La colaboración mutua, antes sostenida por infinitos intereses egoístas, ahora se alzaba sobre la base del deseo de un bien común que revertía en el bien de cada uno de los presentes.

Tan claro y sencillo… pero que no lo habían visto hasta ahora.

Sin embargo, no sólo lo habían visto, eso no servía de nada. Después habían tenido que entender y finalmente aprender. Y cuando alguien en su raza aprendía algo, se le quedaba tan gravado que a veces se preguntaban cómo pudieron haber vivido tanto tiempo ignorantes.

La respuesta era obvia: no habían vivido, se habían limitado a sobrevivir. La vida la estaban descubriendo en aquel momento. Y lo seguirían haciendo en cuanto acabara la Asamblea.

-En algún momento tendremos que acabar -dejó caer Atum en un momento dado.

Baal bromeó:

-Aquí tenemos un mal perdedor.

-Todavía no he perdido -replicó el aludido mientras sus ojos se iluminaban. Bien podía ser aquello parte de su estrategia.

Baal sonrió divertido y valoró:

-El peor perdedor es el que no reconoce su derrota.

-No lo creo -intervino Yu-. Si uno acepta la derrota no tiene salida.

Bastet replicó:

-O puede fingir que la acepta y espera su oportunidad.

Yu admitió:

-Es posible -hizo una pausa y añadió pensativo-. Una forma de crear la salida propia.

Atón comentó sonriente:

-Es dar marcha atrás para poder avanzar.

-Cuidado no te caigas por el barranco -le dijo Anhur con intencionalidad.

No había maldad, pero daba a entender que no le gustaba confiarse en exceso. Para él era necesario tener cierto grado de seguridad. No le gustaba la idea de ser impulsivo, lo cual no era malo si lo administraba bien.

-Mido bien mis pasos -respondió Atón-. Y no me ha ido nada mal.

Nadie se lo discutió. En secreto o directamente, todos lo admiraban como paradigma de uno de ellos que siempre había sabido cómo moverse entre las arenas movedizas. Se había topado con un acantilado y muchos habían creído que se había caído por él; sin embargo, él simplemente había saltado hasta otro nivel por el cual se había movido acostumbrándose a una nueva época.

¡Muchos habrían querido actuar como él!

-Desde luego tienes más vidas que un gato -reconoció Baal con socarronería previamente a dirigirse a Bastet-, con permiso.

Esta lo miró con suspicacia, pero le comentó a Atón con una sonrisa:

-Tiene una naturaleza muy próxima a los gatos -su mirada se posó en sus cartas-. Seguramente si  fueran como nosotros, no se diferenciarían mucho de él.

-Son unos grandes maestros -admitió el Señor del Sistema mientras asentía.

Baal aprovechó para meter baza:

-¿Me estás dando la razón?

-En realidad te estabas quedando corto -gruñó esta.

Otro Señor del Sistema comentó:

-Si queréis os dejamos solos.

-Eso quisiera él -bufó Bastet.

En ese momento, Egeria dio su opinión:

-La rendición es un concepto muy relativo. Es verdad que a veces hay que parar porque algo es imposible de conseguir -hizo una pausa-, a fin de cuentas el instinto de supervivencia es el más potente de todos.

-¿Eso crees? -cuestionó otro Señor del Sistema.

La madre de la Tok’Ra inclinó la cabeza afirmativamente, luego ofreció su explicación:

-Volvamos a los felinos. Dos de ellos se encuentran en un punto y se enfrentan en combate. Si uno de ellos no se rinde, habrá un muerto -su mirada se paseó entre todos-. Así que, si el que tiene las de perder quiere vivir, se echa en el suelo y le ofrece a su contrincante su parte más vulnerable: su pecho.

-¿Y funciona? -se oyó otra voz.

Kali replicó:

-Bueno, está claro que el perdedor quiere vivir. La cuestión depende de su contrincante.

-Si lo ve como una amenaza o no -apuntó Bastet-. Al ve a su enemigo tan vulnerable, no lo considerará como tal.

Atum insistió:

-¿No temería que fuera una trampa para contraatacar?

-No es algo tan complicado -replicó la madre la Tok’Ra que rompió a reír-. Sólo nosotros temeos afición por la complicación.

Olokhum la corrigió:

-Y los Tau’ris.

La joven Tau’ri le sacó la lengua:

-Gracias por lo que me toca

-Bueno, puede que les guste complicase -señaló el antiguo Supremo Señor del Sistema-. Pero eso lo aprendieron de nosotros.

Él había sido el primero en aprender de la psicología Tau’ri a la hora de crear las herramientas con las que someter a aquella raza. Esas herramientas, en su conjunto conformaban la Civilización… mientras abría la vía a darles ese legado en forma de complejidad frente a la simplicidad.

-Y por esa razón me gustan los gatos, eso no lo aprendieron -concluyó Ra.

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Un comentario en “El Monte Ombligo CCLXI

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