El Monte Ombligo CCLVIII

De la misma forma que un mal recuerdo nos puede hacer llorar, uno bueno nos puede alegrar el día.

 

Las palabras del joven anfitrión encogieron el corazón de la jovencita, ¿cuánto dolor habría soportado para haber llegado hasta aquel estado? Muchísimo…. demasiado. Alguien como él, con aquel gran corazón, no se lo había merecido pero mucho menos merecía el no poder ser feliz ahora que la oportunidad de habría paso.

Noa apretó los labios preocupada por Nebnefer cuando lo vio caer de rodillas, se daba cuenta de que la Oscuridad estaba ganando, no sólo por el estado de Nebnefer sino también de la habitación, estaba casi completamente transformada. ¿Qué podía hacer ella? ¿Cómo podía ayudarlo?

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de algo, por qué lo más oscuro era la habitación, a parte de él mismo claro. Era el primer lugar que había atacado, su madre le había hablado de su habitación, donde con sus recuerdos se había resguardado de los años con Kebechet, de los objetos que la habían ayudado a sobrellevarlos.

Noa paseó la mirada observando como todo estaba destruido, hasta el objeto más insignificante.

“Eso es” pensó para si, Adria había llegado hace muy poco y aunque era muy loable lo que estaba haciendo por ayudar a Nebnefer no tenía aún ningún recuerdo poderoso para ayudarlo pero Noa , que era la que más había estado con él después de lo sucedido con Kebechet y antes de que cayera en coma creía haber dado con el objeto clave que quizás podría ayudarlo.

-Pierdes el tiempo -le siseó de forma directa mientras clavaba sus ojos en ella la Oscuridad.

-No lo creo -le respondió ella y, tras aspirar profundamente, empezó a avanzar en dirección a Neb.

-No se te ocurra -siseó entrecerrando los ojos su enemigo e intentó lanzarla por los aires, ella se mantuvo en sus trece aún que se vio que la velocidad de sus pasos se redujo. La niña rechinó los dientes y le puso más ímpetu a sus pasos, no iba a detenerla.

Eso sólo lo frustró más y concentró sus fuerzas en ella, Adria, al notar eso provechó para buscar lanzarlo a él, cosa que lo distrajo pues, de la misma manera que el minutos antes había visto como su atención se había desviado hacia la niña que había entrado en la habitación a él acababa de pasarle lo mismo.

Eso logró lo que pretendía la Orici, que fue lanzarlo un poco para atrás pero sobretodo desviar su atención de la niña, la cual aprovechó la oportunidad y se colocó justo detrás de Nebnefer, el cual aún se encontraba arrodillado.

La niña no dijo ni una palabra, en vez de ello de pronto Neb notó como algo cálido rodeaba su cuello para luego caer por encima de su pecho. Cuando bajó la mirada el antiguo anfitrión pudo ver dos partes de una bufanda de colores blancos y azules, de una tonalidad parecida a las ondas del Stargate y con la N en dorado grabada en una de ellas.

Noa deseó que comprendiera el gesto y que se acordara de ese día, el día en el que ella había descubierto que conocía a su verdadera madre por todos los recuerdos que había visto. El calicotero, su habitación, la guitarra…

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Un comentario en “El Monte Ombligo CCLVIII

  1. Pingback: El Monte Ombligo CCLIX | Anuska Martínez

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