El Monte Ombligo CCLI

Las batallas internas son las peores, desgarran el alma… pero también son las mayores transformadoras.

La habitación parecía estar dividida por la mitad. Una mitad tenía unos colores vivos en su decoración (paredes doradas y el restos de colores en las alfombras, los cojines, las cortinas y los tapices). La otra era combinaba tonos oscuros, sobre todo negros y grises con un poco de dorado.

Los objetos de la zona oscura estaban rotos hasta el punto de que algunos eran irreconocibles. La otra parte, en cambio, los tenía intactos. En ambos casos, los objetos representaban elementos de gran importancia en la existencia del antiguo anfitrión: pasados, presentes y futuros.

Allí estaba aquel al que siempre había temido. Creado por Kebechet, la parte por así decirlo luminosa de Nebenfer, lo había ignorado desde que hiciera suyos los motivos para luchar contra todo lo que ella representaba por su familia y lo que esta había perdido. Mas cuando ya no quedaban amenazas contra las que luchar, ahí estaba él esperándole.

Su oscuridad. Dispuesta a destruirlo todo, siendo aquella la única forma para ella de aliviar todo el sufrimiento y el fuego de la venganza que no cesaba de arder. Odiaba a todo el mundo, pero especialmente a él.

Vestía completamente de negro. Un estilo que bien podía haber sido diseñado por la propia criminal. Ese color contrastaba con la palidez de su rostro en el que destacaban unos ojos negros que imponían con una crueldad taladrada a fondo a quien se atreviera a mirarlos.

-Ya era hora de que regresaras -le dijo a modo de saludo mientras con un gesto lo estampaba contra la pared- ¿Un poco tarde no?

El golpe dolió a la parte luminosa del antiguo anfitrión que con esfuerzo se levantó del suelo mientras replicaba:

-Iba a… volver.

-Oh, claro que lo ibas a hacer -replicó su némesis-, en cuanto te lo pidieran.

-No me lo han pedido -repuso él buscando disimular la congoja que suponía aquella situación.

Se estaba enfrentando a lo peor de su propia esencia. No podía engañarla y ella tampoco podía engañarlo a él. Sin embargo, la verdad diestramente utilizada podía llegar a ser mucho más dolorosa que la peor de las mentiras.

-No me insultes -le reprochó su parte oscura-. Tal vez no te lo hayan pedido por palabra pero sí lo han hecho de otro modo.

Él apretó los labios y los dientes. Nada tenía que replicar ahí.

-Exacto -dijo hiriente su interlocutor-. Desean tanto su reunión que no pueden esperar más.

Así era, lo había percibido no bien Ra había regresado. Primero había sido algo muy suave, pero el deseo había ido aumentando conforme aumentaban lo momentos de intimidad y complicidad.

Ese era el motivo por el que estaba allí.

-Sí, quieren que Ra se implante para hacer el amor -terció su parte oscura- ¡Y tú estás dispuesto a permitírselo!

En esta ocasión el mayor golpe se lo llevó su cabeza y la mesa que se rompió bajo él. Algunas astillas se clavaron en sus manos.

-No eres más que un patético instrumento -le esperó su rival acercándose-. Un débil que acepta todo lo que se le de… nada.

-¡Ellos me aprecian! -exclamó intentando incorporarse. No le fue posible, sobre su espalda sintió un peso que lo llevaba al suelo de vuelta.

Su parte oscura se burló:

-¿A alguien despreciable como tú? -su cruel risa fue como una flecha que se clavaba en el corazón-. ¡No confundas aprecio con conveniencia!

Las lágrimas de dolor no le dejaban ver. De todos modos alzó su cabeza hacia el punto desde el que venía la voz diciendo en un gemido:

-Me quieren por lo que soy.

-Precisamente -le dio la vuelta, tanto al cuerpo como a sus palabras-. Te quieren como el instrumento para cumplir sus deseos.

Recibió estoicamente una patada en la cabeza. A duras penas consiguió reprimir el grito.

-Tú, que no eres nada, tú… que como mucho interesas por tus dones y abnegación… ¡y en esto último muchos te superan! -rugió su parte oscura- Te necesitan para tener sexo y a partir de ahí… se olvidarán.

Iba a negarlo con todas sus fuerzas. Pero cuando iba a hablar empezó a ahogarse porque su rival le había puesto un pie encima de su garganta entretanto siseaba:

-No eres más que un despojo que ya ha cumplido su función -la mitad oscura de la estancia se empezó a extender hacia la otra-. Noa ya tiene a su familia, Ra estará tan ocupado como Oráculo que el poco tiempo que tenga libre lo dedicará a hacerle el amor a Kate y a su familia… tú sobras en esa ecuación.

Abrió la boca, pero nada brotó de ella. Nada, porque el aliento se le escapaba junto a las crueles palabras de su oscuridad:

-Pronto Ra se mudará a su próxima residencia y allí nada habrá para ti mientras Samuel te reemplaza a ti -la sonrisa que le ofreció era la de un depredador-. Veremos cuánto tarda en caer la máscara mientras tus cosas acaban en el basurero.

El antiguo anfitrión luchaba contra su enemigo, un enemigo que era él mismo. Sin embargo las fuerzas le iban abandonando mientras una a una sus esperanzas, representadas por los diferentes objetos, eran destruidas con el avance de la oscuridad.

-Y no pienses en aferrarte a Atón y Nirrti… Los dos han vivido perfectamente sin ti, tienen su familia y sistemas, a ti ya no te necesitan -su carcajada resonó contra las paredes-. Se terminó el ser un instrumento de nadie.

Apenas le llegaba el aire a los pulmones. Ya no le quedaba nada, estaba totalmente a su merced y aquella agonía lo condenaría para siempre.

-Yo me despediré de Ra de tu parte… -fue lo último que pudo escuchar-. Harías bien en no contar con que venga a rescatarte.

Si no lo había salvado antes… ¿cómo iba a hacerlo ahora? Esa batalla era suya y la estaba perdiendo porque no había sido capaz de enfrentarse a ella.

Él no vio que ahora el 90 por ciento de la habitación estaba cubierta por la oscuridad. Tampoco se percató de que alguien había penetrado en la estancia, una presencia que lo habría sorprendido mucho. Pues se encontraba en lo más profundo de su mente, allí donde su personalidad luchaba dividida sin cuartel.

-Detente -le ordenó a la parte oscura con una firmeza que muy pocos le habían visto en aquella galaxia.

Esta clavó en ella sus ojos antes de ironizar:

-Vaya, si tenemos aquí a la gran Orici -la señaló-. Que ha pasado de instrumento de los Ori a lacaya de quienes todo se lo han arrebatado.

-No he venido para hablar de mí -replicó Adria contundente.

Su interlocutor rompió a reír:

-¿No? ¿No vamos a hablar de quien ahora sirve a sus enemigos? -chasqueó la lengua-. Menuda decepción.

Ella replicó con una frialdad retadora:

-Ayudo a mis amigos.

Su enemigo entrecerró los ojos y respondió:

-Yo soy un mejor partido.

-Tú no puedes enseñarme nada que yo no sepa -contestó Adria preparándose.

La oscuridad personificada se burló de ella:

-¿Pretendes luchar? -su sonrisa era una mueca-. No puedes vencerme.

La Orici respondió con rudeza mientras lo hacía volar por los aires:

-Pero puedo combatirte hasta que te venza.

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Un comentario en “El Monte Ombligo CCLI

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