El Monte Ombligo CCXXVII

Las peores heridas son las que no se ven, pues su naturaleza las convierte en las más difíciles de curar.

Egeria la miró con ternura mientras la tomaba de las manos haciendo que la mirara a sus ojos amables. Seguidamente le respondió:

-No es culpa tuya Kate.

Sonaba repetitivo, pero es que esa era la verdad. Irónicamente se decía que una mentira reiterada muchas veces pasaba a convertirse en verdad. Sin embargo, la verdad en sí parecía tener menos peso porque no se terminaba de creer.

-En parte sí lo fue… -comentó Kate despacio.

Ra comentó:

-Antes la culpa sería mía.

Todavía la percibía como tal. Porque si él hubiera sido capaz de atajar a la Criminal a tiempo, nada de aquello habría pasado. Las larvas todavía estarían vivas.

-Ya hablaremos tú y yo -le advirtió Egeria con firmeza previamente a decirle a la joven-. Kate, si tú hubieras podido evitarlo, lo habrías hecho.

Ella replicó:

-Sin dudarlo.

Entonces ella se quedó en silencio guardándose sus sentimientos para sí. Una manía demasiado habitual en ella y que no era buena.

-Todos lo sabemos -terció la madre de la Tok’Ra-. Pero eres tú la que debes grabártelo.

Kate contestó:

-Lo se, lo se -levantó las manos como si tal cosa- ya lo hago.

-Y convencerte -apostilló Egeria-. Sólo entonces podrás absolverte y librarte de la culpa.

La joven admitió:

-Hay cosas que cuestan.

-Esas son las que más se valora -afirmó Xiwangmu- y las que más cuesta olvidar.

Egeria respondió mientras asentía:

-El esfuerzo merece la pena Kate.

-Lo intento, lo intento, de verdad -dijo la aludida rascándose la mejilla.

Egeria le contestó comprensiva:

-Lo sabemos muy bien -su tono varió a uno más contundente-. Pero no debes conformarte con intentarlo, sólo date por satisfecha al conseguirlo.

Marasis inquirió:

-¿No estás siendo un poco dura? -hizo una pausa previamente a reconocer-. La verdad es que me sorprende viniendo de ti.

La madre de la Tok’Ra contestó tranquilamente:

-No es dureza, es mostrar una perspectiva.

Secretamente estaba contenta de que las reinas mostraran una preocupación por algo más que no fuera ellas mismas.

-No pasa nada, en el fondo tiene razón -admitió Kate para luego suspirar y rascarse la nuca en un gesto tan usual en ella-, sólo que de decirlo a conseguirlo va un pequeño trecho, pero no es un imposible.

Egeria sonrió antes de decir con sinceridad:

-Me alegra oírte decir eso.

-¿Acaso lo dudabas? -rezongó el antiguo Supremo Señor del Sistema.

La reina negó con la cabeza:

-Nunca dudé, pero ayuda el dar voz a lo que se lleva pensando mucho tiempo.

Una cosa podía estar en mente durante más o menos tiempo. Pero cuando se le daba voz, entonces era más posible que se acabara realizando. Por ello los que solían pensar en voz alta solían ser los más resolutivos.

Kate comentó entonces con franqueza:

-Para mi todos vosotros sois lo importante ahora.

Ra tuvo una importante sensación de déjà vu. Aquello últimamente lo estaba viviendo muchas veces.

-Pero sin olvidarte de ti misma -repuso el antiguo Supremo Señor del Sistema con su mente tanto en ella como en su mejor amigo.

En ese punto, Kate levantó su dedo gordo a modo de afirmación para luego replicarle jocosa:

-Con lo que me has dado eso será un imposible.

Naturalmente se refería a la nave que le había regalado. Había sido origen de una motivación, de ese modo ella podía centrarse en algo a lo que impregnaría de su característica personalidad.

-Y te daré todos los que sean necesarios -dijo él pícaro.

Una reina carraspeó:

-Aquí hay menores.

-¿Pero a qué crees que me estaba refiriendo? -planteó en antiguo Supremo Señor del Sistema-. No necesitan la mayoría de edad para eso, sólo un anfitrión.

Anat repuso:

-Sigues sin ayudar.

-Hablamos de una nave -gruñó Ra-. A ver si dejáis de pensar siempre en lo mismo.

Egeria se rio entre dientes:

-No las culpes. Cuando una descubre la maternidad, se vuelve muy protectora con su prole.

Zarpani justificó a sus compañeras:

-Y nosotras lo acabamos de hacer.

-No me había dado cuenta -ironizó Ra dirigiéndose a todas las reinas en general.

Kate pestañeó un par de veces ante la conversación para luego reírse de buena gana y bromear:

-Te tienen calado Ojitos.

El antiguo Supremo Señor del Sistema rebatió:

-Hace tiempo que no me ven, no me conocen.

Ra era perfectamente consciente de una fama creada durante milenios. De hecho, solía alimentarla a voluntad para su propia imagen divina. Pero las cosas habían cambiado, él no se sentía él mismo de aquel tiempo. Asimismo, la imagen que había creado era tan potente, que sería complicado cambiarla.

-O tal vez ven más que lo que tú mismo ves -terció Egeria, cuando lo vio presto a replicar se adelantó-. Has cambiado, eso nadie lo pone en duda, pero el tiempo dirá en qué aspectos lo has hecho y cuán profundamente.

-¿Quieres apostar? -le retó irritado porque sabía que tenía razón.

La madre de la Tok’Ra se rio entre dientes previamente a contestar:

-No, no voy a apostar contra ti.

Porque él siempre ganaba las apuestas. Esa parte de sí mismo no había cambiado y no lo haría ahora.

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Un comentario en “El Monte Ombligo CCXXVII

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