El Monte Ombligo CCXIII

“Aprende a enseñar y enseñando aprenderás” (Tarzán, Disney, 1999).

-Yo era… artesano -dijo Najt haciendo el esfuerzo de recurrir a su memoria. Cada vez aquello le resultaba más fácil.

Atón preguntó con interés:

-¿Sí? ¿Y con qué materiales trabajabas?

-Con la madera… sobre todo -contestó el anfitrión-. La profesión… la aprendí de mi padre.

Algo que era muy natural. Hasta hacía bien poco aquello también se daba aún en muchas partes de Tau’ri. Así que en los dominios de los Señores del Sistema ese fenómeno se repetiría con mayor asiduidad. A falta de un sistema educativo, aquella solía ser la mejor vía para forjarse algo parecido a un provenir.

Claro que en los dominios que tenía una educación reglada, ese aprendizaje de los progenitores no estaba vedada. El conocimiento de estos seguía transmitiéndose a sus descendientes, que mejorarían las obras de sus antecesores añadiendo a esa sabiduría más información.

Era un enriquecimiento que nunca terminaría.

-¿Algún tipo de madera en particular? -quiso saber Atón.

Najt nunca sabría cómo describir la arrolladora emoción que lo invadió tras escuchar aquellas palabras. Alguien mostraba un verdadero interés por algo suyo y quien lo hacía ¡era un dios nada menos!

Ese sentimiento, nuevo para Atum, lo dejaba fascinado. Sí, descubría que hasta él tenía una capacidad de asombro menos limitada de lo que se pensaba. Y también que aquello le gustaba y no poco.

-Bueno… no tenía mucha variedad a mano -reconoció.

“Eso no es un gran problema” pensó Atum que veía en aquello un filón que se podía explotar.

Atón respondió con desenfado y una admiración indisimulada:

-Seguro que sabías cuál escoger en cada momento.

El anfitrión contestó ilusionado con la confianza que se le daba, pero sin perder de vista que sus palabras no provocaran las iras de ninguno de los dioses a los que no quería decepcionar:

-De… dependía de lo que tenía que hacer.

-¿Por ejemplo? -lo siguió animando su interlocutor.

Najt respondió:

-Pues… que no usaría la misma madera para un arcón que para una casa… o un apero de labranza.

-¿Has construido casas? -inquirió Atón.

El anfitrión se avergonzó un poco previamente a responder:

-Yo… ayudaba, lo hacíamos entre varios.

Las pequeñas casas erigidas en su hogar natal no estaban hechas exclusivamente de madera. Incluían otros materiales a los que la madera, bien tratada para que no ardiese fácilmente, les dotaba de seguridad y sostén.

-¿Un trabajo comunitario? -planteó el Señor del Sistema.

Najt hizo un gesto afirmativo al mismo tiempo que explicaba:

-Eran casas pequeñas, no nos llevaba mucho tiempo fuera de los horarios… del dios.

Por supuesto, su jornada laboral estaba dedicada en su totalidad a proveer a Atum de todo lo que precisase para mantenerse y seguir creciendo en poder y riqueza: cosechas, telas, minerales, mano de obra… Apenas tenían tiempo después, pero intentaban tener al menos un sitio en el que vivir protegidos de las partes no tan agradables del clima.

-¿Y cómo vivíais? -cuestionó Atón.

Esa pregunta directa no se le escapó a Atum, que veía que quedaría mal a sus ojos cuando supiera la verdad. Él, que se ocupaba de cada uno de sus súbditos dotándoles de una vida casi digna de una divinidad.

Najt notó esa humillación y apretó los labios. No quería disgustar al dios poniéndolo en mal lugar.

-Con lo que… podíamos.

No era gran cosa. De hecho, él se esforzaba porque sus creaciones ayudaran humildemente a llenar un poco aquella falta de todo. Su vida era básicamente de subsistencia y el destino ya estaba prefijado dependiendo de qué familia se procediera. Si se descendía de Jaffás, se era Jaffá, si sus padres eran ganaderos, el hijo seguiría sus pasos sin haber conocido otra cosa.

¡Qué bien Atón conocía esa historia! Él había creado una realidad así hacía mucho tiempo y por ello sabía que los dominios de Atum pronto cambiarían para mejor. Requeriría de mucho tiempo y esfuerzo… la mayoría del cual no caería precisamente en los hombros de aquellos hombres y mujeres que sufrían en silencio.

Porque a Atum no le gustaba lo que implicaba aquel sentir por parte de Najt. Dolía tanto que lo quería borrar de forma definitiva, para lo cual tendría que ir a por la razón de aquella insoportable situación: él mismo. Si por él fuera actuaría en el acto, mas sabía que eso no iba a ser así.

“En cuanto vuelva eso va a cambiar” decidió contundente antes de dirigirse a su anfitrión “Y tú me vas a ayudar”

Epatado, el aludido le preguntó a su vez “¿Ayudar? ¿Cómo?”

“¿Sabes sobre madera no?” inquirió él con rudeza.

Sin embargo, Atum sabía que no era solo ese conocimiento del que se beneficiaría. A través de sus ojos sabría qué medidas tomar para atajar aquel sufrimiento y sustituirlo por lo contrario. Porque había visto el placer, el regocijo y la ilusión.. y quería más sin darse jamás por satisfecho.

-Bueno, a partir de ahora podrás más -le prometió Atón. ¡Ya poder tener el control era poder hacer más que lo hecho durante los últimos años.

El anfitrión entrelazó los dedos de sus manos mientras contestaba con una voz teñida de emoción:

-Yo… ayudaré.

Los ojos del Señor del Sistema se iluminaron en señal de una genuina alegría. El camino que se abría ante el huésped y anfitrión no sería fácil, pues estaría lleno de muchos y diversos retos. Mas ya estaban en el buen camino y tenía el convencimiento de que pasara lo que pasara, ni volverían sobre sus pasos ni mucho menos se detendrían.

-De eso estoy seguro -afirmó Atón contundente, luego cambió de tema por uno más delicado u ordinario según se viera-. ¿Cómo llegaste a ser anfitrión?

Fue muy motivador que Najt lo viera como un tema más ordinario que delicado. Ello mostraba una fortaleza inaudita, una capacidad para sobreponerse a todos los sinsabores para seguir adelante.

Para Atum lo cierto era que aquel aspecto no tenía mayor importancia, así que no le importó que lo contara.

-El dios… hace un concurso cada 100 años -le reveló el anfitrión-. De entre todos los habitantes que tengan de 16 a 40 años se escoge al mejor hombre o mujer que no sea Jaffá… tiene que ser hermoso y no tener ningún defecto.

Atón parpadeó, había oído cosas parecidas. Normalmente se hacían razias para capturar a los hombres y mujeres que cumplieran ciertos requisitos y tras una preselección se presentaban ante el dios que era el último en elegir.

Un concurso era una variante muy curiosa. Sobre todo le llamaba la atención que fueran hombres y mujeres los escogidos en lugar de sólo hombres… salvo que Atum variase de sexo de anfitrión cada cierto tiempo, lo cual podía ser posible.

-¿Un concurso? -preguntó perplejo- ¿Y por qué hombres y mujeres?

Najt comentó:

-Los hombres pasan a ser su Hok’taur cuando no son directamente su anfitrión y las mujeres son elegidas como sus esposas -suspiró-. Todos lo toman como un honor…

Sí, Atón se lo podía imaginar. Para cualquier mortal, el poder vivir con el dios suponía una vida mejor fuera de la miseria… sin darse cuenta de que lo que le esperaba era mucho peor que su vida anterior.

-Hasta que se topan con la realidad -le interrumpió cortésmente su interlocutor-. Pero ahora la realidad será tal y como se os promete.

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