El Monte Ombligo CCXI

“Aquel que pregunta es un tonto por cinco minutos, pero el que no pregunta permanece tonto por siempre.” (Proverbio chino)

-¿Lla… llamarme? -preguntó dubitativo el anfitrión, ya de por sí perplejo por poder hablar. Oír su propia voz le parecía muy surrealista.

Aquello desconcertaba a Atum. Esa sensación de libertad le resultaba inquietante, pero lo que no le gustaba aquel miedo. Era muy desagradable.

“Tu nombre” rezongó mentalmente.

Atón sonrió comprensivo antes de preguntar:

-¿Cómo te llamaban quiénes te conocían?

Hacía mucho tiempo de aquello. Habían pasado muchas cosas desde entonces, cosas que había ido desplazando sus viejas vivencias en semilibertad (por llamarlo así) antes de ser elegido para su mayor desgracia.

-No… no… recuerdo -respondió cohibido.

No quería incurrir en su ira, había vivido demasiado como para no ignorar lo que podía pasar si no se cumplían las expectativas. Lo peor de todo era que Atum también se lo haría pagar a posteriori… ¿y si lo volvía a encerrar?

El Señor del Sistema le contestó con calma:

-Estoy convencido de que sí.

“Cuanto antes se lo digas, antes acabará esto” le instó Atum “Lo cual es lo mejor para ambos”

La presión no le ayudaba, en todo caso conseguía el efecto contrario. Sumergirse en busca de aquello que de no recurrir a ello estaba casi borrado.

“Casi” le recordó el Señor del Sistema impaciente.

El anfitrión tragó saliva.

-No pasa nada, no tienes que responder enseguida -le aseguró Atón-. Podemos hablar mientras de otra cosa.

Entonces, como si la marcha del foco de atención sobre él lo facilitase, brotó el nombre.

-Najt -dijo casi sin pensarlo y le alegró recordarlo.

Esa alegría dejó sin palabras o reacción a Atum, que se veía deslumbrado por aquel sentimiento que no era suyo pero que lo sentía como tal. Descubría que le gustaba y que quería seguir experimentado.

Atón preguntó complacido:

-¿Ese es tu nombre? -ante su asentimiento agregó-. Seguro que acertaron con él.

El Fuerte. El Poderoso.

Era un nombre muy común, pero él no se sentía así.

En su planeta natal, los nombres se elegían según una mezcla de cualidades observadas durante el embarazo y los primeros días de vida junto a las que se deseaban para la nueva vida. Era una costumbre en la que se podía creer o no… y Najt no tenía claro su capacidad de acierto.

Por lo menos en su caso.

-No… no lo sé… -reconoció bajó la mirada. No sabía dónde meterse.

“¿Quieres ser Fuerte?” preguntó Atum que obviamente prefería la alegría y la certeza a la dolorosa duda “¿Quieres ser Poderoso?”

Najt no se atrevía a contestar, pero no podía evitar pensar un poderoso anhelo “Quiero ser yo”. Ese deseo tan fuerte y vital llevaba consigo una ilusión potente que a Atum le agradaba y le hacía desear más.

“Serás Fuerte. Serás Poderoso” sentenció “Serás tú”

-Todos tenemos una fortaleza interna que suele estar oculta -le comentó Atón-. La clave está en encontrarla y activarla.

Ganando cierta confianza, el anfitrión le preguntó:

-¿Có… cómo lo haré?

-Eso será algo que sólo Atum y tú sabréis -le dijo su interlocutor.

Otra vez la duda volvió.

-¿Y si… no le gusto?

“Qué tontería” rezongó el aludido “Te escogí por algo”.

Atón comprendía muy bien esa vacilación. De hecho, con su propio anfitrión el fenómeno fue al contrario. Fue él quien temió no ser del agrado de Ajenatón, que sus antecedentes no tan lejanos pesaran exceso. ¡Qué irónico viniendo de un dios!

Ahí fue tan sincero como tranquilizador, aquella pregunta ya la había previsto:

-En ese caso cada uno emprendería su propio camino -eso tensó tanto al huésped como al anfitrión-. Pero antes démonos una oportunidad.

A Najt esa posibilidad lo acongojaba. Cuando un huésped acababa con un anfitrión, este ya no vería un nuevo amanecer. Se libraba de su prisión, pero aquella libertad no se disfrutaba.

Una parte de él quería ser realmente libre… huir de todo aquel sufrimiento. Mas ¿cómo se tomaría Atum aquel rechazo? No muy bien…

“No juzgues tan rápido” le ordenó aquel “A ti te conozco”

Físicamente tal vez, pero no conocía su mente. Su personalidad le había importado muy poco, por no decir nada.

Pero pensándolo bien… ¿cómo iba a delegar aquella carga en otra persona? ¿Iba a dejar que se corrompiera otra vida y pasara por lo mismo que él? No, no podía hacer eso. Si de verdad había cambiado bienvenido fuera, pero si aquello fuera falso… prefería padecerlo él. Un padecimiento más no sería nada para quien jamás olvidaría aquella ilusión de libertad.

-Las extracciones ahora no implican la muerte del antiguo anfitrión -le informó Atón, pese a que intuía que no haría falta-, salvo que este esté agotado y desee descansar para siempre.

Najt negó con la cabeza confirmando así su impresión. Acto seguido le dijo sencillamente:

-Quiero… esa oportunidad.

Lo cual, aunque no lo admitiría a viva voz, alegró también a Atum. Este tenía especial interés por ver qué más tenía aquella senda para mostrarle.

-Me alegro por vosotros -repuso el Señor del Sistema.

El anfitrión apretó los puños, maravillándose por poder hacerlo, y luego le preguntó:

-¿Y cómo… hago?

Atum también quería saberlo. Siendo aquello nuevo por él, quería saber por dónde los llevaría Atón.

Este último inclinó la cabeza afirmativamente. Luego le propuso:

-Cuéntanos un poco sobre tí.

Najt parpadeó

-¿Sobre mi? -suspiró-. No sé…

Su vida no era precisamente interesante. ¿Qué podría haber en ella que pudiera ser interesante para los dioses?

-Puedes hablarnos sobre cómo llegaste a ser anfitrión -le dijo Atón, invitándolo a hablar de toda su vida-. Lo que te gustaba, lo que no…

El anfitrión lamentó:

-No será mucho…

-Oh, no te preocupes -respondió el Señor del Sistema-. Atum y yo seguro que tendremos preguntas que hacerte.

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Un comentario en “El Monte Ombligo CCXI

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