El Monte Ombligo CLXXXVII

No importa la cantidad de barreras que pongas, hasta el laberinto más perfecto tiene una salida.

-Recomiendo prudencia en este caso -indicó Yu-. Su uso podría rebajarnos a su nivel.

Baal comentó con una ironía que no disimulaba la seriedad real con la que se estaba tomando el tema:

-Tampoco nos pasemos.

-Ese es el motivo de este debate -terció Ra-. Este artefacto tiene la misma categoría que la nave de Anubis.

Todos entendieron que decretaba que el arca no se usaría en ningún concepto sin el acuerdo previo de los allí reunidos. Ese poder era descomunal y afectaría a muchas vidas de un modo u otro, no sólo las de los Señores del Sistema rebelde y quienes habitaban sus dominios, también la de ellos mismos. La responsabilidad, por ende, debía ser compartida ya que era el único modo en que podía ser llevadera.

Bastet dijo pensando quizá en su propia experiencia:

-Tal vez no duela tanto.

-Doler va a doler -comentó Ra que había vivido algo parecido a ser expuesto al poder del arca-. Pero ese padecimiento estará repartido a ocasiones que te recuerden el mal que hiciste.

Eso era exactamente lo que él había vivido en la Ha’tak. Había sentido como suyo el dolor de Nebnefer, lo cual no había hecho más que duplicar el sufrimiento. Después, conforme veía todas sus atrocidades bajo un nuevo prisma, seguía percibiendo ese malestar que lo impulsaba a intentar curar todas las heridas que había provocado a lo largo de los milenios.

-¿Así que estamos debatiendo entre el dolor de un momento y el de toda una vida? -cuestionó Nirrti.

Egeria negó con la cabeza:

-Lo que estamos discutiendo es quiénes somos  nosotros para imponer una verdad a otros.

-Un viejo dilema que ha traído muchos quebraderos de cabeza desde que nuestra sociedad se dividió -valoró Moros.

“Yo no lo reduciría a unos meros ‘quebraderos de cabeza’” pensó el antiguo Supremo Señor del Sistema. Se habían producido muchas pérdidas, pero también se habían alcanzado grandes logros. La Vía Láctea rezumaba vida y junto a la galaxia natal de los Antiguos, se abría a un porvenir tan esperanzador como próspero… que no querían que fuera amenazado por quienes se negaban a verlo.

¿Pero cómo hacerlo sin comprometer lo que los hacía distintos a ellos? Ellos deseaban ayudarlos a cambiar para beneficio de todos, sobre todo de quienes habían sufrido bajo su yugo. Sin embargo, esa era la clave… ellos no querían cambiar abriendo los ojos a la verdad y si querían hacerlo tendrían que quebrantar sus principios.

Aunque nunca llegaran a admitirlo en voz alta, empezaban a entender a los Alteranos.

-Somos buena gente -terció Baal-, que no queremos que nos agüen la fiesta.

Bastet le corrigió:

-Queremos ayudar a que todos tengan la opción.

-Los Tau’ris seguramente abrazarán esa esperanza -indicó Atón-, pese a las reservas creadas por generaciones de miedo religioso hacia los dioses.

Todos asintieron. Esa era una cualidad de aquella raza, una vez abrían los ojos ante el despropósito tarde o temprano buscarían ponerle fin; y no habría nada ni nadie que pudieran detenerlos. Podrían perderse muchas vidas, pero mientras esa raza viviera con ella ardería la llama de la Esperanza y la Justicia hasta conseguirlo.

Sonia lanzó al aire la pregunta que quien más quien menos la estaba considerando interiormente:

-¿Estarían los Goa’ulds dispuestos?

-No -reconocieron todos al unísono.

Para ellos era una idea patética que los debilitaba al rebajarlos y dejarlos a la altura de sus esclavos. ¿Por qué dotarles de nada que pudiera hacerlos rebelarse contra ellos? Nada ganarían ellos, de hecho lo tomarían como pérdidas de riqueza y poder aunque más adelante pudieran descubrir que no era así.

Para ellos era más fácil mantener a sus esclavos sumidos en el terror y castigarlos para que hicieran crecer sus propias arcas. Era suficiente con que tuvieran lo indispensable para servirlos y además se sustituían con facilidad dado lo prolíficos que podían llegar a ser. Eran ellos los que mantenían a las tropas Jaffás con su duro trabajo y aportaban lo necesario para mejorar la tecnología de su dios.

-Parece un callejón sin salida -dijo Yu.

Atón le sonrió al Señor del Sistema mientras respondía:

-Tú lo has dicho, parece -hizo una pausa para luego proponer-. Siempre podemos saltar el muro.

-¿Saltar el muro? -le preguntó su padre- ¿Qué quieres decir?

Atón contestó:

-Podemos encontrar un atajo por el que podemos ayudarlos sin contravenir aquello que nos caracteriza.

-Un atajo -repitió el antiguo Supremo Señor del Sistema algo escéptico.

Moros comentó divertido:

-Ya lo hicieron nuestros antepasados al dejar el arca para que fuera usada.

-Un gran ejemplo -ironizó Ra-. La usamos en legítima defensa.

Nebnefer reaccionó parpadeando a sus palabras.

-Me parece que alguien ha tenido una idea -apuntó Sonia.

La niña le preguntó al antiguo anfitrión con curiosidad:

-¿Sí? ¿Se te ha ocurrido algo?

-Me gustaría saberlo -comentó Egeria.

El antiguo Supremo Señor del Sistema ató cabos. El escarabajo había reaccionado cuando él había hablado. Algo de lo que había dicho le había inspirado y sólo podía ser una cosa, por lo que la repitió para asegurarse:

-Legítima defensa.

Nebnefer asintió sin dejar de parpadear.

-Otro al que le gusta la acción -dijo Baal socarrón-. ¿Quieres provocar un ataque que justifique el uso del artefacto?

El escarabajo dejó de parpadear. Ra entendió su respuesta en el acto:

-No un ataque.

-Una Asamblea -declaró Kate-. Una a la que los invitemos y…

El antiguo anfitrión negó con la cabeza. La joven preguntó extrañada:

-¿Nada de invitaciones?

-Creo que ya sé por dónde va -aseguró Atón-. Y me parece brillante.

Baal dijo con sorna:

-Algunos nos estamos perdiendo la mitad de la fiesta.

-Explícate -le instó Ra a su hijo.

El Señor del Sistema expuso:

-Celebremos una Asamblea pero sin invitarlos para por ejemplo inaugurar las nuevas relaciones entre las dos galaxias -todas las miradas se centraron en él-. Si estamos todos reunidos allí sin protección, ellos no tardarán en creer que esa es su oportunidad de destruirnos a todos a la vez…

Nirrti objetó sorprendida de que Nebnefer retomara su parpadeo para indicar que esa era la idea que había tenido:

-Es una mala idea si les da por atacarnos desde fuera.

-¿Y que nos perdamos sus caras de regocijo al darnos muerte privándose ellos de esa satisfacción? -cuestionó Ra perspicaz maravillándose del plan de su mejor amigo-. No, ellos vendrán a la Asamblea… y ante ellos abriremos el arca.

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Un comentario en “El Monte Ombligo CLXXXVII

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