El Monte Ombligo CLXXXII

 

No importa de donde seas tú o de donde venga yo si nuestras metas son iguales. Aprovechemos la posibilidad que nos han dado y enriquezámonos de estos momentos.

 

-De eso no te faltará -comentó Ángelo seguro de sus palabras. La Orici tenía mucho por descubrir y no sólo eso, vería que ellos mismos no eran amigos de quedarse quietos por mucho tiempo. No dudaba de que Noa querría tanto enseñarle muchas cosas como explorarlas de cero con ella.

Había visto perfectamente los deseos de su hermana a la hora de querer cambiarla y sabía que estos no se quedarían ahí. La conocía lo suficiente como para saber que querría enseñarle todo lo bueno que había al tomar ese camino.

-Bien, dejaré que te acomodes -le dijo Ángelo con cordialidad.

-Claro, muchas gracias -comentó Adria de forma sincera.

-Nos vemos en el comedor, si necesitas cualquier cosa no dudes en pedírsela al servicio o a algún guardia -replicó el Supremo Señor del Sistema abriéndole todas las puertas para que no se sintiera cohibida ni nada por el estilo a la hora de necesitar lo que fuera.

-Nos vemos -le respondió ella y sintió por un momento su agradecimiento antes de retirarse para darle tiempo para que se habituara a, tanto la situación como la habitación.

Ángelo por su parte tenía  cosas de las cuales encargarse, fue Hekaneheh el que se las enumeró mientras caminaba de forma tranquila por uno de los pasillos. Él resolvió algunas de ellas dándole órdenes para, finalmente, llegar al quid de la cuestión:

-Ya están llegando los invitados Señor, el banquete será en breve.

-Bien – dijo complacido mientras conducía sus pasos hacia sus propias estancias, vaya si había volado el tiempo, ni siquiera se había dado cuenta de ese detalle hasta el momento.

En su propia habitación se dio un relajante baño y luego lo vistieron mientras el pensaba en la conversación que acaba de tener con Adria, pese a lo que había hecho y a que casi acababa con su hermana no podía guardarle rencor alguno. Comprendía perfectamente que se asemejaba mucho a ellos, había estado perdida durante todo ese tiempo hasta descubrir la verdad, una que no abandonaría de la misma forma que no lo hacían los que pasaban la simbiosis por más duro que fuera el camino.

¿Cómo iba a poder guardarle rencor por un error que ellos mismos habían cometido? Si la juzgara por ello todos irían detrás.

Ese pensamiento lo tranquilizaba ante la reacción que tendrían los otros Señores del Sistema al conocerla ya que, ellos mejor que nadie, comprenderían su situación. Es más, no dudaba en que la ayudarían a encontrar su lugar, al fin y al cabo se habían sentido como ella en algún momento.

-La mayoría de los Dioses ya se encuentran en el comedor Ángelo -le dijo Heka cuando él salía listo del cuarto de baño.

-No los hagamos esperar entonces -comentó el Supremo Señor del Sistema, pudo observar como Heka lo miraba por un momento y el supo enseguida a qué se debía. Tuvieran que esperar minutos u horas él era el Supremo Señor del Sistema, nadie le reprocharía en ningún momento su tardanza.

Ángelo no comentó nada al respecto mientras se encaminaba hacia el comedor, no había necesidad. Debía admitir que tenía rasgos de su padre, algunos muy significativos, pero no era idéntico a él, ahí intervenía la forma de ser de su madre, lo cual quizás fuera algo chocante en un principio, cosa que entendía. Sería algo que a medida que las personas lo fueran conociendo irían viendo, de la misma forma que ya la habían visto los otros Señores del Sistema y hasta Hekaneheh y los suyos.

Cuando llegó al comedor vio que aún faltaba gente, tales como Atón, Neb, Ra y Kate, lo cual no les sorprendía en absoluto mientras que otros ya se encontraban sentados teniendo alguna charla. Observó que Adria aún no había llegado lo cual en parte lo satisfizo, prefería estar presente, el o al menos sus padres o el propio Nebnefer para que el recelo no se sintiera tan grande o al menos fuera paliado lo más rápidamente posible ya que, aún que era natural, sabía que no sería bueno para ninguna de las partes involucradas.

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Un comentario en “El Monte Ombligo CLXXXII

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