El Monte Ombligo CLVI

 

Siempre habrá varias versiones de una misma historia.

Noa se movió nerviosa esperando un rato, como le habían indicado sus padres y el antiguo, para llamar los anillos. Pudo sentir como, a la vez que frotaba su cabeza contra su mejilla, Neb la apoyaba con sus sentimientos.

No podía negar que tenía miedo a fracasar, a no lograr poder convencerla y eso sin duda sería la diferencia entre ganar o perder estrepitósamente.

“No” se dijo negando con la cabeza, ahora no era momento de dudar, tenía que ser firme en sus convicciones, es lo que había estado diciendo a todos y durante todo el viaje.

-La salvaré… -murmuró para si antes de apretar el aparato contra si y llamar los anillos.

Estos la dejaron en una amplia y blanca habitación con algunos toques naranjas en los objetos que le daban una calidez aparente. A Noa se le antojó que era un escenario muy parecido al que había visto la primera vez que se habían encontrado pero en el fondo la sintió completamente diferente, o al menos para ella.

Comparando las dos escenas Noa sintió que había madurado en ese aspecto. Se sentía más segura de si misma y también conocía mejor a su “enemiga” a la cual saludó con tranquilidad:

-Hola Adria.

-Hola Noa, te esperaba -dijo con cierta frialdad- Desde hacía mucho.

-Siento no haber acudido al último encuentro acordado -le dijo con sinceridad la jovencita para luego ser franca con ella-. Aún no estaba preparada, pero bueno, hay un dicho que dice que ” nunca es tarde si la dicha es buena” ¿no?

-Eso suponiendo que la dicha sea buena -replicó ella.

-Lo es, te lo prometo -le aseguró la niña con una sonrisa.

-¿Por qué habría de creerte? ¿Por qué no pensar que pretendes hacerme lo que has hecho con ellos? -dijo de manera directa la Orici.

Ahí Noa bajó la mirada con pena y murmuró desde lo más profundo de su corazón:

-Siento mucho eso… -luego la miró y le dio una simple pero verdadera respuesta- porque me veo a mi en ti, como si fueras una hermana mayor de la cual aprender muchas cosas pero a la cual también quiero ayudar –

-Pues bonito modo de empezar asesinando a sus padres. Eso no hará que olvide.

Noa apretó los labios por un momento recibiendo el golpe para luego replicar:

-Podrían ser los que te han engendrado pero no eran tus verdaderos padres –

-Ellos me hicieron, ellos hicieron lo que soy y seré. Es lo que hacen los padres.

-No es verdad, tú eres tú  -le rebatió- Yo estuve en tu situación, vivía una mentira y deseaba una realidad que se escapaba a mi alcance y no sabía por qué yo no podía tenerla.

-Y por tu frustración otros tienen que sufrir -volvió a atacar.

Pero Noa estaba yendo con todo y eso implicaba el ser completamente abierta con ella.

-Te equivocas de medio a medio -le respondió la jovencita negando con la cabeza y le explicó-. A mi me enseñaron la verdad y me dolió, claro que me dolió, porque descubrí que mi figura materna realmente era un monstruo, pero esa realidad me dio mucho más de lo que me quitó. Me hizo descubrir la familia con la que siempre había soñado.

-No todos tienen tus sueños -le rebatió Adria en un intento pobre de mantener el control de la conversación que claramente estaba perdiendo ante aquella simple niña.

-Es verdad -admitió Noa sabiendo que en ese punto tenía razón para luego añadir- pero tú si.

-No sabes nada -rezongó.

-Dame un argumento entonces. Uno que vaya más allá del desear el poder o del que te han “moldeado” para ser eso. Dime Adria, ¿cuál es tu deseo más profundo entonces?

-Mi mayor deseo… -apretó los puños, gesto que Noa no pasó por alto- Ya no es posible, debo guiarlos como ellos lo hicieron.

Noa no pudo más que sentir mayor empatía hacia ella con sus palabras, ya que entendió perfectamente lo que sentía y pensaba, con delicadeza le dijo:

-¿Eso es lo que te lleva a querer el poder? ¿El deseo de recuperarla?

-¡No puedo recuperarla! -le respondió visiblemente alterada y Noa comprendió que esa era la clave.

Toda historia tenía un interruptor y acababa de dar con él. Ese había sido el punto de no retorno de Adria, lo que la había llevado a allí. Noa ahí valoró que no podría llegar al fondo sin conocer lo que había sucedido, por eso le comentó con suma delicadeza:

-¿No hay ninguna forma? -luego le propuso- quizás nosotros podamos ayudar.

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Un comentario en “El Monte Ombligo CLVI

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