El Monte Ombligo CXXXV

Cada prueba te cambia, de un modo que tras pasarla ya no serás el mismo que antes.

Su dilatada experiencia tendría que haberlo preparado para un momento como aquel. Sin embargo nada más lejos de la realidad. No se había esperado una pregunta como esa aunque la expresión, tan parecida a la del antiguo Supremo Señor del Sistema, le debía haber advertido la sorpresa posterior.

Una parte calculadora que disfrutaba con la intrigaba y las pruebas de la valía de los demás. Para después ofrecer unas recompensas que nunca se sabía del todo si eran tales o en realidad eran las auténticas pruebas.

Hekaneheh había visto cosas como esa una y otra vez, él mismo las había vivido. Primero como simple guardia, luego cuando pasó a ser primado y finalmente cuando ya lo fue para reafirmar que no se habían equivocado con él. Jamás había pedido nada para él, su vida la había dedicado a la felicidad de los dioses y su creación que día a día prosperaba bajo su guía.

Más aquella sorpresa lo dejó sin palabras durante unos largos segundos. Pese a todo, su capacidad de asombro seguía ahí, apareciéndolo con las circunstancias más extrañas con las que uno se podía topar.

Antaño, la mayoría de los anfitriones los escogían los propios falsos dioses de entre los que mejor les había parecido a sus primados y los subordinados de estos. Y el anfitrión nada podía decir o hacer al respecto, salvo rezar para que no fuera elegido.

Un caso distinto era el del Lo’Taur, el sustito del anfitrión en caso de emergencia. Creía tan ciegamente en la divinidad que su mayor aspiración era pasar a ser su anfitrión, lo cual para él era la máxima distinción y recompensa…. Sólo para descubrir la cruda realidad tras la implantación.

Después, cuando Ra decidió cambiar las cosas, también ese sistema sufrió su respectiva modificación. O bien a la persona se le recompensaba con poder estar en la lista de los futuros anfitriones por méritos propios, o era el propio dios el que lo elegía.

Entonces su existencia experimentaba la mayor experiencia que uno podía vivir en la Vía Láctea, exceptuando quizá, la propia ascensión. Vivía en simbiosis con la divinidad, compartiéndolo absolutamente todo y cuidando uno del otro. Cada uno tenía su lugar propio que nadie le robaba y contaba con alguien que estuviera siempre a su lado… apoyándolo en un descubrimento permanente de lo que era la vida. Los dos se abrían ante una bella posibilidad en la que tenían mucho que aportarse el uno al otro y en consecuencia también a la galaxia.

Con la criminal todo eso había cambiado. Se había regresado a lo viejos tiempos en el que los huéspedes tomaban a los anfitriones, elegidos por Kebechet, a la fuerza y sin escrúpulos. Impotentes, aquellas personas condenadas, asistían impotentes a una vida llena de tormentos propios y ajenos en los que se solazaban los falsos dioses.

Ángelo había sido la única excepción al respecto. Él en ningún momento había visto a su anfitrión como una herramienta. En medio de la guerra por la supervivencia y los rangos en el sistema impuesto por la usupadora, él había visto en su anfitrión como su mejor aliado, un amigo con el que compartir su visión y sus deseos de hacerla realidad con todas las posibilidades en contra.

Por lo tanto, después de todo lo vivido, era natural que no supiera qué decir salvo una sola pregunta:

-¿Cómo?

-Pues si te has planteado ser anfitrión -respondió el Supremo Señor del Sistema de una frma críptica recordaba mucho al modo de actuar de su padre.

Había cosas que Hekaneheh había aprendido a preveer de ambos con el tiempo. Luego estaban las que entendía entre líneas. Pero la que tenía en frente pertenecía a esa clase que no comprendía.

-Nunca lo he hecho -confesó el guerrero finalmente.

-¿Y si lo piensas qué opinas al respecto? -preguntó Ángelo.

Estaba siendo muy directo, lo cual daba a entender que tenía prisa. O eso, o aquella prueba tenía mayor trascendencia que lo que había supuesto.

El antiguo primado parpadeó mientras cabilaba una respuesta. Lo cual era muy complicado para quien jamás había contado con aquella posibilidad.

-Para mi sería un inmenso honor -suspiró Hekaneheh.

Ángelo planteó curioso:

-¿A qué viene el suspiro?

El guerrero tuvo mucho cuidado a la hora de elegir su respuesta. Siempre lo tenía, pero en aquel instante tuvo puso mucho más cuidado.

-Supone un cambio radical en la existencia de uno -contestó-. Se abriría otro camino para ambos.

Especialmente para él. Los dioses generalmente tenían aquellos cometidos en los que obraban mejor que los humanos.

El Supremo Señor del Sistema repuso:

-Sólo es una proposición, piénsalo y si realmente lo quieres se te podría presentar a alguien.

Idéntico a su padre, qué duda cabía. Al final la decisión la  hacía suya, lo cual era una estrategia habitual. Simplemente lo dejaba caer… ¿y quién era él para rechazar aquello?

Mas las palabras que había empleado lo llevó a esbozar otra hipótesis que lo dejó casi sin aliento.

-¿Es que ya… hay alguien? -se atrevió a preguntar en un hilo de voz.

Ángelo replicó con el objetivo de que no se sintiera presionado:

-No, tienes todo el tiempo que necesites.

Eso no quería decir que pudiera posponerlo eternamente. Ni qué decir tenía que ya suponía lo que el antiguo Supremo Señor del Sistema le diría en el caso de saber la respuesta.

Hekanaheh inclinó la cabeza al mismo tiempo que replicaba con solemnidad:

-Lo… lo pensaré muy detenidamente Señor.

Ángelo se dio por satisfecho con su respuesta al decir:

-Bien, tampoco hay prisa Hekaneheh.

Relativamente hablando. Los dioses sí tenían todo el tiempo del mundo, los humanos como él no tanto. Que él supiera, la mayoría de los anfitriones habían sido bastante jóvenes.

-Lo entiendo -contestó el guerrero.

Ángelo comentó de forma tranquila:

-No creo que haya problema con que puedas tener contacto con las larvas.

Lo decía como si aquello careciera de importancia, mas ambos sabían que la realidad era otra. Abría la puerta para pudiera ir a verlas y conocerlas (con la aprobación de sus madres obviamente), lo cual era volver al sistema que Ra había implantado.

-Lo cual agradezco mucho -dijo Hekaneheh con una sonrisa.

-No hay de qué Hekaneheh, tomes la decisión que tomes estará bien -comentó él con una pequeña sonrisa.

El antiguo primado hizo un leve gesto para mostrar su conformidad. Ese tema lo haría pensar largo y tendido.

Como por ejemplo el tema de las visitas, cada reina tenía a sus larvas en su planeta. Las larvas ya no estaban todas juntas desde la llegada de Kebechet y comprensiblemente ese estado sería dificil recuperar; dado el precedente que había supuesto imprimiendo cierto temor en su madres.

Él no era quien para meterse en ese aspecto y no lo haría. Por lo que pasó a otro tema de rabiosa actualidad:

-Las naves ya están preparadas Señor.

Ángelo resolvió:

-Bien, entonces habrá que avisarlos.

-La mayoría se encuentra en las habitaciones de Nuestro Señor Nebnefer -le informó antes de ofrecerse-. ¿Voy a buscarlos?

El Supremo Señor del Sistema le autorizó:

-Está bién, ve.

-Voy enseguida -prometió Hekaneheh antes de retirarse.

Sus pasos rápidos y marciales lo condujeron por los pasillos a los habitaciones del joven. Su acceso estaba abierto, lo cual suponía una alegría a la vista; señal inequívoca de los buenos tiempos que estaban empezando a vivir.

El grupo se hallaba hablando tan animado que no se dio cuenta de su presencia hasta que se hizo notar con un carraspeo.

-¿Qué te trae por aquí Heka? -quiso saber Kate.

Él sonrió mientras anunciaba:

-Las nave ya están preparadas.

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2 comentarios en “El Monte Ombligo CXXXV

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