El Monte Ombligo LXXXI

Laboratorio Goa’uld.

O te adaptas a los cambios o ellos te destruirán.

El laboratorio hacía mucho que no se había tocado. Concretamente, la última que había estado ahí había sido la Criminal para supervisar sus investigaciones que la llevaban a profundizar en sus atrocidades.

-Diría que casi la siento -gruñó Nirrti.

Egeria sonrió levemente. También ella tenía esa percepción. Sin embargo era una ilusión sensorial, como si por el estado de aquella estancia pudieran adivinar quién había estado allí y sus movimientos.

-Está bien encerrada -comentó Sejmet-. Eso aseguró Hekaneheh.

Selket tomó la palabra:

-En la Sala del Trono dijo.

Sí, al pié del estrado. Nadie podía verla pero ella podía verlos a todos. Impotente, asistía a todos los cambios que se iban produciendo e iban eliminando las huellas de su despótico crimen. El único contacto que tenía con el exterior era el de la alimentación, cuando alguien introducía comida en su reducido espacio.

-Pongámonos manos a la obra -resolvió Nirrti que portaba el cilindro en el que estaba encerrado el cadáver de Ra.

Egeria y Selket se ocuparon de hacer desaparecer de las pantallas los datos de la investigación de Kebechet en busca del anfitrión perfecto. Tras aquellas cifras habían seres humanos, algunos de los cuales habían salvado la vida con la decisiva intervención del antiguo anfitrión.

La Señora del Sistema posó cuidadosamente el cilindro en una mesa y lo abrió para extraer de él el cadáver. Necesitaban su ADN para trabajar y su aspecto exterior no invitaba a ser optimistas. Si tomaban muestras superficiales seguramente estas estarían contaminadas y fragmentadas. Tendría que profundizar.

Fue la propia Nirrti la que se encargó del procedimiento con la ayuda de una finísima aguja que atravesó los huesos. Fue de la médula de los mismos de donde consiguió la pequeña muestra que colocó sobre un platillo lleno con una sustancia amarillenta que ayudaría a la replicación del ADN. Luego lo cerró con una tapa que llevaba inscrito el nombre de Ra.

-Guardaremos el cadáver -dijo Egeria volviendo a introducirlo en el cilindro. Después lo encajó en una ranura que lo mantendría siempre en ese estado.

El platillo fue colocado a su vez dentro de lo que popularmente se llamaría horno para, en una temperatura constante la replicación del ADN fuera más rápida mientras una suave energía infundía vida que creaba las primeras células.

-Y ahora el SG-1 -anunció Sejmet.

Sus muestras de ADN fueron sometidas al mismo proceso. Iniciaron el proceso que origina la vida que aceleraron lo más posible.

Sin embargo, por muy avanzados que fueran en ciencia y tecnología lo que pretendían requería de su tiempo. Si algo sabían los dioses era que todo necesitaba de su tiempo. Pobre de aquel que no respetara aquella premisa.

En cuanto al SG-1, siendo ellos Tau’ris, necesitarían nueve meses y tantos días como edad tenía cada uno en el momento de su muerte. Los meses eran necesarios para que se formaran completamente y los días para que la nanotecnología implantada actuara acelerando el crecimiento. No podían esperar a que fueran adultos hechos y derechos, Tau’ri los necesitaba de inmediato.

En cuanto al antiguo Supremo Señor del Sistema, la historia variaba. Fueron 20 días en total, incluidos en los mismos el tiempo que tardó en convertirse en un simbionte adulto.

Durante todo el proceso estuvo dormido, sumido en las inconsciencia. Y sólo el mismo podría saber con qué podía estar soñando. ¿Con el pasado? ¿Con aquellos a los que amaba?

-¿Estamos listos? -preguntó Selket- ¿Aviso a Ángelo?

Egeria negó con la cabeza antes de contestar:

-Primero traeremos algo de comida preparada.

-Y mientras pensamos en lo que le vamos a contar -apuntó Nirrti-. Lo último que recuerda es su asesinato.

“Y el de Nebnefer” habría podido añadir. Seguramente habría muerto con la extracción y sólo habría sobrevivido porque fue introducido en un sarcófago. Únicamente para simbolizar el mal supremo que en realidad era Kebechet mientras su poder lo invadía todo condenándolo a la oscuridad.

-Por lo menos lo que le contaremos será bueno -indicó Sejmet.

Egeria, más realista, le corrigió:

-Querrá saberlo todo, incluso lo que no sea tan bueno.

Nadie replicó sus palabras. Todos conocían a Ra hasta el punto de saber que no le gustaba que se le ocultara nada por muy horrible que fuera. Le desagradaban las sorpresas desagradables. Toda información era vital para poder tener una imagen completa de la realidad que permitiera a alguien moverse en ella.

Trajeron la comida, la misma que se solía dar a Kebechet pero en más cantidad y la pusieron en la mesa, al lado del durmiente.

-Bien -dijo Nirrti mirando a Egeria- Voy a despertarle y tú le hablas.

Selket inquirió extrañada:

-¿Por qué?

Nirrti gruñó molesta por tener que dar una sencilla explicación:

-Porque aparte de haber sido su reina, eres más diplomática -hizo una pausa para decirle a la madre de la Tok’Ra-. De todos modos, te recomendaría que te protegieras las manos por lo menos.

Egeria alzó ambas cejas y  replicó:

-No voy a hacerlo.

-Allá tú -dijo Nirrti inyectando la solución que despertaría a Ra-. Yo estaré cerca, pero a distancia de él.

La reina asintió. Sabía que pasara lo que pasara, Nirrti y las demás la ayudarían. No temía a las complicaciones derivadas de un mal despertar del antiguo Supremo Señor del Sistema.

Si se enfrentó a él en la Asamblea para intentar que abriera los ojos, ahora no sería menos.

-Diez segundos -avisó Nirrti apartándose.

Egeria asintió y tomó aire previamente a agacharse ante la mesa del laboratorio que repentinamente se había quedado en silencio.

Egeria realizó la cuenta atrás en silencio. Cuando esta finalizó los ojos de Ra se iluminaron con su característico e intenso color rojo. Recordando sus últimos momentos gritó hasta casi romperle los tímpanos.

Y aún así ella habló suavemente, tal cual lo hizo en la Asamblea, al llamarlo por su nombre:

-Ra.

En aquella ocasión, él la escuchó más que oírla. Cesaron los dolorosos gritos que dieron paso al reconocimiento dentro de la confusión:

-Egeria.

-Sí Ra, soy yo -dijo ella alzando las manos en señal de paz-. Y aquí están Nirrti, Sejmet y Selket.

Las aludidas se acercaron y se agacharon simultáneamente el antiguo Supremo Señor del Sistema alzaba el cuello para mirarlas mejor.

-Te hemos traído de vuelta Ra -continuó explicando Egeria con calma.

Este habló por primera vez para preguntar:

-¿Dónde estoy?

-En tu laboratorio de Iunu -le dijo la reina amablemente.

Entonces, de sopetón, llegó la cuestión que más le costaría responder:

-Nebnefer, Kate… Kebechet…

La reina aspiró el aire y lo expulsó lentamente.

-Tengo mucho que contarte -reconoció ella francamente-. Pero te adelanto que Kate y tus hijos están deseando verte.

Ra tardó un poco en asimilar aquella breve noticia, luego gruñó intuyendo que había algo que le estaba ocultado:

-¿Le ha pasado algo a Nebnefer?

-Está recuperándose de una lesión cerebral -le informó Egeria previamente a decirle-. Después de salvarnos a todos de Kebechet.

El antiguo Supremo Señor del Sistema pensaba de manera acelerada de modo que una pregunta urgente enlazó con su deseo:

-¿Cómo salvaros? Quiero verles… a Nebnefer, Kate… tendré tiempo para mis hijos.

La reina repuso:

-Lo sé, come un poco mientras llamamos a Kate y a tus hijos… tus hijos con Kate.

La conmoción fue enorme. Ra no entendía de lo que estaba hablando. ¿Qué hijos con Kate? Sólo sabía de la niña y Kebechet la había matado… Egeria debía de estar equivocada, o lo que era peor… loca.

-Eso es un golpe bajo Egeria -le acusó molesto.

Oportunamente ella se apartó diciendo:

-Kate te lo explicará.

Laboratorio Goa’uld.

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Fuente:

Imágenes: http://stargate.wikia.com/wiki/Goa’uld_laboratory

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Un comentario en “El Monte Ombligo LXXXI

  1. Pingback: El Monte Ombligo LXXXII | Anuska Martínez

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