El Monte Ombligo XLVIII

Nuestra integridad vale tan poco… pero es todo lo que tenemos, es el último centímetro que nos queda de nosotros, si salvaguardamos ese centímetro, somos libres. ( de nuevo, V de Vendetta)

 

Kebechet comprendió al momento que es lo que Nebnefer le acababa de insinuar con su respuesta he hizo un gesto de asco que Nebnefer pudo sentir en sus sentimientos.

Jamás -siseó ella con contundencia y la respuesta de él no se quedó atrás:

-Entonces no te queda otra opción más allá que la muerte.

Para Kebechet fue como un jarro de agua fría aquella declaración. Los minutos pasaban y su escudo no se debilitaba, al igual de que, aún que había intentado ocultarlo, no era tonta, sabía que aquellos Tau’ris estaban invadiendo el palacio, por otro lado tampoco tenía forma de escapar así que, o moría a manos de los Tau’ris o moría a manos de los suyos, el final era el mismo.

-Muy bien – dijo de forma segura, si no había otra salida más allá que la muerte lo haría pero sin duda no sola. Se llevaría a su anfitriona con ella muy sabedora de lo mucho que la apreciaban. Cerró los ojos y comenzó con el proceso. Era sorprendente el que un ser hiciera eso pero si acorralas a un animal moribundo siempre irá a morder, eso es lo que estaba haciendo Kebechet.

-¡NO! -gritó Nebnefer  con todas sus fuerzas captando sus pensamientos y también viendo él lo que estaba haciendo, lanzando una toxina que destruía el cuerpo de su amiga.

Fue entonces cuando sucedió algo increíble, el efecto se paralizó y Kebechet perdió por completo el control del cuerpo quedando encerrada de la misma forma que ella había encerrado a su anfitriona.

El cuerpo cayó al suelo quedándose de rodillas y con los ojos opacos, como si no tuvieran vida, para segundo a segundo volverse brillantes de nuevo, aunque no se movió un ápice sentía el cuerpo entumecido y no sólo era por culpa de lo que Kebechet había estado a punto de hacer sino también porque tras tanto tiempo hasta se le hacía imposible poder tener el control.

-Ka…¿Kate? -logró musitar Nebnefer ya que podía saber que no era un engaño por todos los improperios que estaba lanzando contra él aquella bastarda y a los cuales no estaba haciendo caso dentro de su enorme sorpresa. ¿Él había hecho aquello? ¿La había encerrado del todo?

Ella levantó la vista lentamente para clavar sus ojos azules oscuro en él, como si su voz la arrastrara de vuelta a la realidad.

-Nebnefer… -murmuró con voz ronca pero cargada de emoción tras tantos años sin poder pronunciarla.

Él saltó como un resorte de la silla y se dirigió rápidamente hacia ella para, tras arrodillarse también sin importarle lo más mínimo, abrazarla con fuerza. Ella se quedó congelada por un momento mientras los recuerdos la asaltaban con fuerza con sólo su simple contacto.

Levantó de forma trémula los brazos y cuando vio que reaccionaban su primer instinto fue apretarlo contra ella volcando en ese gesto todo su ser. Dioses cómo lo había echado de menos… cuántas veces había soñado con volver a hacerlo…

Lo apretó contra si con cariño y deseó que se parase el tiempo, que todo permaneciera en aquella quietud sanadora y en la cual los dos se encontraban a salvo. Deseaba decirle tantas cosas… pero no era capaz de hilar palabra alguna en aquellos momentos.

Fue entonces cuando en el silencio que se había formado se empezaron a escuchar unos pasos rápidos y calculados, eso era extraño porque de ser la muchedumbre sería un sonido completamente diferente y lleno de gritos alterados. Nebnefer se preparó para dormir al seguidor que entrara por la puerta, ya que no podía ser nadie más, cuando escuchó los pensamientos de aquel que se aproximaba.

-¡Ángelo! -dijo en el mismo instante en el cual este entraba en la habitación, este se quedó muy sorprendido por verlo allí, ya que no tenía ni idea de su presencia pues en cuanto había sabido de los planes de Kebechet había intentado interceptarla y a la vez esquivando con maestría a los rebeldes furiosos que ahora plagaban el palacio.

-Nebnefer…. pero qué… -los miró de hito en hito porque le parecía imposible verlos abrazarse arrodillados en el suelo. Kate por su parte tenía la mirada fija en él sin lograr articular palabra.

-He… he encerrado a Kebechet… no puede hacer nada -le dijo el aludido con una pequeña sonrisa por su gran victoria.

Eso dejó anonadado a Ángelo el cual desvió la mirada hacia Kate.

-Eso es fantástico… -logró articular pero luego negó levemente con la cabeza, lo que Nebnefer acababa de hacer le parecía algo prodigioso y quería saber más sobre ello pero sabía que el tiempo corría en su contra, sobretodo cuando se empezaron a escuchar pasos apurados y el romper de algunas cosas- tenemos que irnos -miró la silla por un momento y luego tomó una decisión- y esa silla nos la llevamos.

-¿Para qué? -planteó por un momento confundido Nebnefer.

-Porque sin silla no hay arma y no hay peor cosa que dejar un arma poderosa en manos de gente furiosa.

Ahí el antiguo anfitrión asintió conforme siguiendo los pensamientos de Ángelo, lo último que se quería ahora era que aquel conflicto fuera a mayores a causa del rencor, si los humanos daban con la silla y alguno la usaba quién sabía que estragos podría causar tanto en la Tierra como en el resto de la galaxia. Era algo que era mejor no averiguar nunca.

Por ello Ángelo avanzó hasta ellos, que se encontraban al lado de la silla y llamó a los anillos sabiendo que entraban dentro de su rango. No tardaron nada en aparecer en un hangar privado y a oscuras que se encontraba al otro lado del hangar principal motivo por el cual se había salvado del primer asalto.

-¿Dónde estamos? -preguntó Nebnefer con curiosidad mientras tanto él como Kate se ponían de pie.

-En el hangar de Noa -le respondió Ángelo mientras encendía las luces para mostrar una única nave, la Mandyet descansaba tranquilamente allí como lo hace el felino agazapado en la maleza. Ángelo iba a decir algo cuando se escuchó un grito metros más arriba, desde una de las cristaleras de un piso superior se pudo ver a un grupo de personas que los estaban observando.

-¡¡¡Ahí está Kebechet!!! -se les escuchó rugir y al momento desaparecieron de su vista.

“Mierda” pensó para si el Goa’uld, no había contado con que llegaran tan rápido a aquella zona del palacio, eso sólo significaba que la gran parte de las defensas de Kebechet ya habían caído.

-Está bien, os abriré las puertas del hangar para que podáis salir.

-¿Cómo? -preguntó Nebnefer confundido, cosa lógica ya que la mayoría de las naves contaban con esa especie de “mando a distancia”.

-Noa no quiso que le tocaran nada a la nave, en parte seguramente porque no quería que la vigilaran de ningún modo -esto último lo dijo rodando los ojos porque ese era un gesto muy adolescente- por eso no se le implantó el software para que pudiera abrir automáticamente las puertas.

-Pero… -empezó a argumentar Nebnefer y este lo cortó de manera desenfadada:

-Os abriré las puertas y en cuanto salgáis me iré a mi propia nave que se encuentra escondida fuera del palacio ya, no tardaremos en juntarnos.

Se dio la vuelta para irse y notó como una mano cogía la suya con suavidad frenandolo en seco por la inmensa dulzura que contenía aquella caricia.

-No Ángelo… -le susurró Kate y él cerró por un momento los ojos , era la primera vez que SU madre lo llamaba por su nombre y ahora entendía por qué a los Tau’ris les hacía sentir tan bien.

Los abrió para luego volverse despacio hacia ella apoyando su mano libre sobre la suya.

-Gracias por darme la vida -le dijo con una sincera sonrisa que muy raramente se veía en él para, tras escuchar como los pasos y las voces cada vez se oían más cercanos recuperó su semblante serio y agregó- Ahora tenéis que iros -soltó su mano y se alejó con paso rápido en dirección a la sala donde se encontraba el mecanismo que abriría las puertas del hangar.

“En estos momentos hecho de menos el no haber sido reina” pensó para si Ángelo ya que la invisibilidad le habría sido de gran ayuda en esos momentos.

“Pues yo la verdad es que no ¿eh? ¿Te lo imaginas? Habría sido demasiado raro” comentó Samuel intentando amenizar un poco las cosas y lo logró ya que le arrancó una media sonrisa a su anfitrión.

Tuvo el primer encuentro con los humanos justo antes de alcanzar la puerta, salieron de otra situada a varios metros a su izquierda y rápidamente lo reconocieron.

-¡Ahí está! ¡Uno de los hijos de Kebechet!

-¡Seguro que está intentando ayudar a que su madre escape!

“No sabéis la razón que lleváis y a la vez lo equivocados que estáis” pensó para si mismo mientras levantaba rápidamente su escudo para protegerse de sus ataques.

-No soy vuestro enemigo, pero se que no atenderéis a razones -gruñó mientras sus ojos brillaban y sacaba rápidamente su Zat para darles un único disparo. Cuando logró neutralizarlos a todos arrugó la nariz con descontento. ¡Cómo detestaba la violencia! Mas sabía que tanto la que acaba de usar contra ellos como la que ellos mismos usaban para acabar con la opresión de Kebechet era… por decirlo de algún modo, necesaria.

Rápidamente ingresó en la habitación y pulsó el botón que abría las puertas del hangar. Estas soltaron un pequeño silbido de aire comprimido y luego comenzaron a abrirse mientras la nave se elevaba un poco quedándose como levitando.

“Eso es…” pensó con una sonrisa y dio un par de pasos hacia atrás para llamar a los anillos cuando salieran. Ese había sido el plan, en cuanto los viera salir iría a su propia nave y las dos saldrían juntas de la órbita del planeta.

La Mandyet comenzó a avanzar hacia las puertas y fue entonces cuando notó una fuerte punzada en su espalda a la vez que escuchaba como una mujer le susurraba al oído:

-Goa’uld traidor.

Sin poder hacer nada mientras caía de rodillas al suelo la vio avanzar hacia el pulsador de la puerta y darle un fuerte golpe.

-¡No! -gritó aunque lo único que salió de sus labios fue un susurro notando cómo iba perdiendo a Samuel.

No les daría tiempo a frenar, se empotrarían contra las puertas del hangar sin remedio al ser un espacio tan reducido y ya haber comenzado la maniobra. Ángelo no podía permitirlo… no dejaría que murieran allí mientras le quedara un hálito de vida.

Se puso con dificultad en pie y eso hizo que la mujer se volviera levemente hacia él sorprendida:

-¿Aún te puedes mover?

-¡Aléjate de ese panel! -le respondió él con más fuerza esta vez mientras sus ojos fulguraban y la lanzaba a volar a la otra parte de la habitación dejándola inconsciente.

Sin esperar un segundo se aproximó para pulsar nuevamente el botón, las puertas detuvieron su avance y comenzaron a retroceder en el momento preciso en el cual la nave pasó a duras penas entre ellas.

Ángelo suspiró con alivio al verlos salir sanos y salvos, luego se tambaleó mareado por la pérdida de sangre.

“¡Aguanta Samuel!” le dijo a su anfitrión intentando curarlo a la vez que llamaba a los anillos alejándose de aquel lugar para acabar en la oscuridad de su nave. Cayó al suelo notando como la herida era demasiado grabe para que pudiera hacer algo, el cuerpo ya no le respondía.

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Un comentario en “El Monte Ombligo XLVIII

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