El Monte Ombligo XLVII

La vida es un eco: lo que envías, regresa. Lo que siembras, cosechas.

Aquel vehículo estaba mejor equipado de lo que uno podía esperar, cosa que no era de extrañar si se tenía en cuenta a qué clase de persona pertenecía: ese tipo de persona que traficaba con todo, sobre todo con lo que no era legal, por lo que movía grandes sumas de dinero.

Por ello no se detuvo hasta llegar a su destino, para alivio del joven que lo conducía y que temía no llegar a tiempo para cambiar el desenlace. Mas cuando llegó sus temores al respecto desaparecieron ya que vio que la gente, armada hasta los dientes, se aproximaba furiosa al oscuro palacio que se presentaba a él tal y como lo había visto.

Algunos Jaffás salieron a su encuentro y algunos planeadores despegaron únicamente para disparar contra los asaltantes. Pero nada de eso detendría a la multitud cuya ira colectiva la impulsaba borrando de un plumazo cualquier miedo individual.

Él percibía su sentir, sabía que nadie podría detenerlos así como tenía presente que sobre ellos se cernía una amenaza mayor. Por ello redirigió aquel sentir a su propio valor, de modo que no se cegó ante lo que parecía un fin seguro.

Tuvo que ser rápido e inteligente. El palacio estaba muy bien defendido y pretender entrar en él era un suicidio seguro.

“Salvo que sepas por dónde entrar” pensó recurriendo a los conocimientos de su mejor amigo. Toda fortaleza tenía un punto débil, la cuestión era encontrarlo.

Apenas contaba con unos minutos antes de que el círculo de la multitud se cerrase en torno al edificio. Examinando atentamente su perfil, el joven recurrió a su escudo para protegerse de los disparos durmiendo a todo aquel Jaffá que se le acercara; este no se lo esperaba y apenas caía dormido antes de recibir algún disparo de alguna Zat. No le gustaba matar y lo evitaría siempre que pudiera.

Entonces, bajo un abuso que lo disimulaba, dio con el acceso que buscaba. Era un acceso subterráneo, seguramente para escapar. Todo palacio perteneciente a la raza divina que se preciara tenía al menos uno.

-Vamos allá -murmuró abriendo la puerta.

Era tal el caos a su alrededor que nadie reparó en su desaparición, mas contaba con que alguien tarde o temprano diera con ese acceso.

Durante un tiempo tuvo el camino expedito bien iluminado por el que corrió con una prisa cada vez más acuciante. Deseó ser más rápido suplicando que no llegara demasiado tarde.

Cuando por fin llegó al fin del pasadizo, no tuvo mucho tiempo para pensar. Se encontró con dos Jaffás. Uno de ellos gritó disparando con su lanzadera:

-¡Muere traidor!

-¡Están dentro! -anunció el otro.

“Todavía no” pensó Nebnefer mientras de nuevo recurría al escudo para protegerse. Luego los durmió entretanto su mente permanecía enfocada en su destino. Iba por el buen camino, allá donde se encontraran los Jaffás estaría lo que buscaba.

No encontró muchos más, la mayoría debían estar concentrados en la defensa. Carne de cañón para darle tiempo a la criminal para ultimar sus planes.

Finalmente llegó a donde quería. La estancia tenía la puerta abierta desde la que se veía la silla pero estaba vigilada por dos Jaffás que ni siquiera dijeron nada. Sencillamente buscaron reducirlo con disparos que no llegaron a lanzar porque él hizo que volaran las armas antes de que cayeran dormidos.

-Ya viene -se dijo escuchando aquellos tranquilos pasos que lamentablemente recordaba tan bien.

Enseguida fue a la silla que lo reconoció reclinándose hacia atrás. Percibió su poder, uno que mientras viviera no dejaría que lo usara aquel monstruo que apareció medio minuto después.

Su presencia la sorprendió, pero se cuidó mucho de demostrarlo. Únicamente entrecerró los ojos viendo a los Jaffás dormidos antes de fijar la mirada en él quien dijo con seriedad pero con calma:

-Se acabó.

-Vaya, hoy el día no hace más que mejorar -replicó ella socarrona-. A parte de acabar con esta estúpida rebelión también apareces tú.

Estaba tan segura que se equivocaba. A diferencia de Ra, ella no conocía tan bien a los Tau’ris. Pero él sí y así lo demostró:

-La rebelión sólo acaba de estallar.

-En cuanto los pocos miles que hay en el palacio mueran como moscas nadie más se atreverá -replicó el engendro sin inmutarse.

El antiguo anfitrión repuso contundente:

-Sólo morirán los que te han servido, porque los Tau’ris no toleran ni a los traidores ni a los que engañan.

Y él había vivido esa demostración. Primero de modo pasivo y luego dolorosamente simultáneamente ella esparcía sus mentiras y ponía a Ra como lo que ella era en realidad.

-Claro Nebnefer -ironizó ella para luego poner los brazos en jarra, un justo que causó daño al recordarle a Kate-. Tengo prisa así que ve al grano o sal de la silla y vuelve a tu cueva. Te prometo que cuando solucione este problemillas te voy a buscar.

“Volveré a mi cueva cuando la galaxia esté libre de ti”. Ciertamente su prisión de Göbekli Tepe había sido lo último que él había tenido como hogar. A la tienda no le había dado tiempo.

Él replicó decidido:

-No voy a moverme de aquí.

Kebechet gruñó irritada:

-Eso ya lo veremos.

La vio preparando su arma manual a la vez que sacaba una daga muy dispuesta a matarlo. No tendría reparos, ningún tipo de escrúpulos.

Como él no tenía intenciones de morirse, no se dejó impresionar y así lo dejó claro:

-No tengo miedo a la muerte -hizo una pausa- Pero hoy no es el día de mi muerte.

Súbitamente ella fue a por él al intentar usar su daga. Consecuentemente, él hizo volar la daga a la otra punta de la sala.

En su mente leyó sus planes. Eran sencillos: esperar a que sus dones lo debilitaran para quedar a su merced. Lo infravaloraba y no entendía que era a ella a quien se le estaba acabando el tiempo.

La criminal se volvió invisible. Sabiendo lo que pretendía, recuperarla, deslizó la daga hasta su propia mano. Tendría que quitársela.

Kebecher reaccionó riéndose burlona:

-¿Otra vez con eso? Si ya sabemos que no puedes usarla.

Él contestó fieramente:

-Crees saberlo.

-¿Ah sí? ¿la vas a usar acaso? -inquirió socarrona moviéndose por la estancia y activando su Zat.

“Pierdes facultades” meditó. Sabía dónde estaba por su voz.

-Si me conocieras de verdad… no harías esa pregunta -dijo activando el escudo a su alrededor.

La criminal replicó parándose:

-Tampoco es que tenga mayor interés.

Quería esperar a que se cansara de usar el escudo. Persistía en su error.

-Nunca lo tuviste -declaró el joven.

Kebechet contestó con desfachatez:

-No, ni nunca lo tendré.

Su desprecio ya había hablado por ella mucho antes. No era nada nuevo.

Así que se limitó a avisarle, pese a no merecerlo:

-Para cuando lo tengas será demasiado tarde.

Ella cuestionó jocosa:

-¿Así que ahora viene la monserga de los débiles?

La respuesta del antiguo anfitrión fue contundente:

-Tú eres la débil.

-Ah claro, cómo no -respondió con sorna el monstruo rodando los ojos- ¿y qué, piensas estar así todo el día?

Él repuso con perspicacia:

-Iba a preguntarte lo mismo. Porque cuando lleguen no tendrán piedad de ti.

Porque los veía, algunos ya entraban en el palacio. Lejos, una alarma resonaba.

-Caerás tú antes de que ellos leguen -le amenazó.

Sólo tenía eso, amenazarlo. Fingir que tenía las de ganar, cuando ni de lejos era así.

El joven  contestó convencido:

-No estés tan segura.

-Además, tengo recursos antes de que esos me lleguen a tocar -se justificó ella.

El antiguo anfitrión casi sonrió. No era eso lo que se mostraba en la pantalla holográfica que él hizo aparecer ante sí. Veía lo que había fuera del planeta. Muchas naves sí y algunas cayendo mientras otras rodeaban la órbita. Además podía ver a quién pertenecía cada nave.

-Miente a otro -le instó.

Kebechet le rebatió:

-Tan fácil como llamar los anillos Nebnefer.

-La rebelión se ha extendido fuera de Tau’ri y el Consejo ha tomado las riendas del asunto -le anunció el joven como si nada-. No te espera ninguna nave.

Sus palabras la molestaron hasta el punto de que ella siseó:

-Eso te crees tú -en un siseo de que eso la habría molestado.

Él siguió diciendo:

-Todas las naves han sido tomadas por el Consejo.

Ella le dijo incrédula:

-Así que, según tú, sólo me queda morir aquí a manos de unos Tau’ris.

-Esa es una de tus opciones -le informó con gravedad.

Kebechet alzó una ceja antes de inquirir con rudeza:

-¿Cuál es la otra?

-Adivina -le retó al antiguo anfitrión firmemente.

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Fuente:

Cita superior: http://crecimiento-personal.innatia.com/c-frases-para-reflexionar/a-60-frases-de-karma-para-entender-mejor-la-ley-de-causa-y-efecto-8828.html

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Un comentario en “El Monte Ombligo XLVII

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