El Monte Ombligo XXXVI

Los elementos internos son la clave en la caída de los Imperios.

Los días que siguieron fueron un tanto extraño. No porque sucediera algo en aquel tiempo, sino porque él se sentía cambiado. Ya no estaba solo, ni tampoco aquellas víctimas de la criminal.

Se sintió en la necesidad de hacer algo distinto a todo lo que había realizado hasta entonces sin saber muy bien qué. Continuó con los trabajos con los que se ganaba todo lo que necesitaba en su vida que ocupaban su día a día. El tiempo restante, sin contar el que necesitaba para dormir acurrucándose contra una pared, solía pasarlo mirando las estrellas.

Allí, en algún lugar entre las estrellas, había gente que lo creía de verdad. Era una razón contundente para seguir adelante.

“¿Pero qué puedo hacer?” se preguntaba nervioso mientras su mirada miraba el firmamento antes de posarse en el cristal.

La dificultad todavía estaba presente. Hacer que la gente aceptara la verdad sin ninguna otra opción. Y que esa verdad no llevara al engendro a saber dónde estaba para acallarlo al mismo tiempo que intentaría buscar el modo de alargar el engaño.

“No es tan fácil” pensaba con tristeza “Esto es más propio de un dios”

Y desgraciadamente él no lo era. Era sólo una persona que se enfrentaba a quien tenía los poderes divinos.

Pero no se desanimaba, consideraba que no tenía ningún derecho a ello. Él que lo había tenido todo y luego lo había perdido, valoraba en todo su valor las cosas que daban dignidad a las personas y que les daban razones para vivir.

Así pues, consiguió terminar el montaje de un nuevo y rudimentario ordenador compatible con el cristal de memoria. Incluso se privó de horas de sueño para conseguir un tercer cristal en el que poner una copia de la información recolectada. Incluso se permitió actualizarla para tener los datos más recientes.

Y cuando terminó todo aquello, siguió trabajando mientras sus ojos de vez en cuando buscaban el escarabajo del tamaño de la palma de su mano. En esos minutos su mente regresaba sobre el símbolo de Atón, preocupada por lo que hubiera pasado después de lo ocurrido durante su visión.

Para cuando quiso darse cuenta, ya era de nuevo fin de semana. Tampoco fue una sorpresa, para alguien como él los días se parecían entre sí y muchas veces el calendario sobraba.

O más bien era que le gustaban las sorpresas, incluso aquellas pequeñas de ver de pronto una nave de carga llegar.

Los habitantes de la barriada se apresuraron a ir en busca de la comida y la ropa que traían los voluntarios. El joven ya sabía que parte de lo que traían entraría a forma parte de la economía sumergida de aquel lugar, incluso a él le habían pagado con comida que había sido entregada por los voluntarios.

Pero esas pérdidas eran compensadas por la gente sincera que cubría sus necesidades básica con lo que percibía cada fin de semana.

El antiguo anfitrión sonrió al ver a Noa y a su nodriza entre los voluntarios atendiendo a los que acudían a pedir. Él no se movió de su sitio y esperó a que ellas se le acercaran.

Mientras estas lo hacían percibió cierta culpabilidad en la joven. Sin embargo, ella mantuvo la sonrisa cuando le saludó demostrando cómo se sobreponía a los sinsabores:

-Hola Neb.

-Hola Noa -contestó él levantándose mientras preguntaba- ¿Va todo bien?

Ella ensanchó su sonrisa:

-Sí claro…

“¿Y de qué te sientes culpable?” se preguntó mentalmente.

-¿Seguro? -insistió con delicadeza.

Su nodriza contestó notando su turbación:

-La semana pasada corrió peligro.

-Pero no pasó nada -replicó Noa en su defensa.

El joven no estaba seguro de ello pues lo asaltó el recuerdo de Atón, el cual le llevó a preguntar:

-¿Y… y Atón? ¿Los salvasteis?

Los ojos de ella se iluminaron de excitación al mismo tiempo que exclamaba:

-¡Oh, es que no lo sabes!

-¿El qué no sé? -planteó un poco menos inquieto por el entusiasmo de Noa.

Esta contestó:

-¡¡Tengo otro hermano!!

Aquello lo confundió mucho. No sabía que pensar y muchos interrogantes invadieron su cabeza. Lo primero que pensó fue que hubiera otro niño más, que Kebechet se hubiera quedado embarazada otra vez.

Como un destello, le llegó la imagen de la penúltima escena, en el Consejo General de Naciones Unidas. El auténtico pánico volvió sobre él que apenas consiguió murmurar:

-No… no te entiendo.

-No es lo que estás pensando Neb… tranquilo -le  comentó Noa entonces, incluso llegó a sentir curiosidad sobre el significado de aquel recuerdo-. Es… otra cosa.

Él suspiró:

-¿Qué… qué es entonces?

-Es hijo de Kate -le dijo ella ampliando más su sonrisa-. Ella logró influenciarle para inculcarle las cosas… buenas de la vida.

El joven sintió un nudo en la garganta, pero logró replicar una sola palabra:

-No.

Noa insistió:

-Sí, ella programó su memoria…

“¿Es un Goa’uld?” se preguntó empezando a notar arcadas. Ante el asentimiento de ella, la sensación se agudizó todavía más. El proceso de la creación de larvas los asqueaba y no podía evitar notar un poco de infidelidad… ya que ahí había una labor consciente y activa durante el mismo acto de procreación.

Tuvo que hacerse a un lado e inclinarse para dejar salir todo lo que contenía su estómago, su última comida. Su vómito se concentró en un charco con salpicaduras que de inmediato lo avergonzó pese a que su estómago mejorara en el acto:

-Lo… lo siento.

Sonia le tendió un pañuelo con el que se limpió mientras ella le preguntaba con mucho cuidado:

-¿Te encuentras bien?

-Sí… estoy mejor -repuso él cuando pudo volver a hilvanar las palabras, después le preguntó a Noa- ¿Es… bueno?

Ella replicó:

-¡Sí! ¡Él rescató a Atón y les llevó a un sitio seguro desde el que pudieron irse sin problemas!

-Da… dale las gracias de mi parte -le pidió el antiguo anfitrión.

Noa le contestó frunciendo el ceño un poco desdeñosa:

-Lo haré… si se deja.

-¿Cómo que si se deja? -preguntó el antiguo anfitrión.

Ella repuso:

-Prefiere que nos mantengamos alejados, como hasta ahora.

-Es por seguridad -aclaró su nodriza-. Para protegerte y para evitar que él se delate.

El joven ladeó la cabeza antes de valorar pensativo:

-Parece bastante… sensato.

-Pero nos ayudará -dijo Noa muy convencida-. El gestiona toda la información de los dominios de Kebechet, así que nos encubrirá en lo que hagamos y nos avisará de sus futuros movimientos.

Él volvió a sonreír previamente a admitir:

-Eso nos será… de gran ayuda.

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Un comentario en “El Monte Ombligo XXXVI

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