El Monte Ombligo XIV

Una puerta se cierra y otra se abre… pero nadie habló cuán largo y oscuro es el camino entre ambas.

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Calicotero

Aquel gesto lo emocionó como casi nada podía hacerlo en los tiempos que corrían. Era una señal de generosidad desinteresada rara desde hacía muchos años que lo hizo agarrar con fuerza su regalo en un deseo inconsciente de retenerlo mientras murmuraba:

-Está… está muy bien.

Era perfecta, suave  y cálida para un cuello que por su posición era difícil de cubrir. El joven también habría podido pensar que con una letra valía, podía simbolizar tanto su nombre como el de ella. Si el suyo apareciera completo sería como convertirse en una diana frente a quienes lo perseguirían para acallarlo y someterlo a las intenciones de aquel engendro.

Sin embargo, la lógica brilló por su ausencia en aquel momento. El pasado llegó hasta él inundándolo de algunos de los momentos más felices de su vida, aquellos que hacían que todos los sufrimientos pasados y futuros valieran la pena.

El primer recuerdo fue el primer regalo que le hizo Ra después de que sus vidas pasaran por un trance que las cambió a ambas, una de las primera pruebas de que él lo valoraba y que lo veía como algo más que su anfitrión.

Lo recordaba como si lo hubiera vivido ayer mismo. El Supremo Señor del Sistema, aún con todo el trabajo de remodelación que tenía por delante, había aterrizado con su Ha’tak en uno de los planetas de sus dominios para hacer una inspección. Antes de quedarse en su habitación había despedido a su séquito de niños y adolescentes junto a los guardias.

Ahí, estando a solas, lo había invitado a tomar el control. Temeroso de ofenderle o hacer algo que le disgustase, no lo hizo, así que se quedaron sentados en la cama un buen rato hasta que él volvió insistir. Tuvo que insistir mucho para que él se atreviera a preguntar mentalmente:

<<¿Qué puedo hacer?>>

<<Lo que quieras>> había respondido él con inusitada paciencia.

Ahí tomó el control y se levantó para asomarse a uno de los ventanales que le ofrecieron una fabulosa visión del planeta que se extendía a sus pies. La rústica ciudad estaba llena de vida, sus habitantes eran como hormigas que se movían en el hormiguero.

Sintió unas ganas enormes de salir fuera a explorar, algo que sin duda alguna sorprendió e intrigó al mismo tiempo al Supremo Señor del Sistema que le invitó a hacer realidad sus deseos:

<<Adelante>>

Nervios, excitación y miedo a defraudarlo fueron los ingredientes de su estado anímico que lo llevaron fuera de la habitación hacia la Sala del Trono. Los guardias  que la velaban lo saludaron solemnemente, lo cual sonrojó ya que sabía que el saludo era para Ra.

Subió a la plataforma de los anillos y se quedó en esta un tanto vacilante hasta que el Supremo Señor del Sistema, muy tranquilo, le indicó que llamara a los anillos a través del arma manual.

Poco después caminaba por las callejuelas de la capital de incógnito, sin que nadie reconociera al dios que los había visitado. Disfrutaba viendo a la gente intercambiar mercancías, a los artesanos trabajando en sus obras o simplemente a los niños jugar alegremente pasando por alto las órdenes paternas de no llamar la atención de un dios que se los llevaba.

Mas lo que le llamó la atención al joven anfitrión fue un sonido que lo reconoció enseguida. Un mugido. Buscando su origen descubrió a varios metros un hombre que se acercaba con unos animales: calicoteros. Hermosas y bonachonas criaturas de las que se aprovechaba todo: leche, carne, piel, huesos… también eran unos animales de tiro magníficos.

Ni siquiera estaban atados, mansamente seguían a su dueño en una fila de dos que pasó por su lado. Pero al final de la fila solo iba un animal que lo observó con aquella mirada benévola: una mirada curiosa y pacífica. Irresistiblemente atraído se acercó al calicotero que se detuvo ladeando la cabeza.

Fue instante mágico. Primero lo olió para después regalarle un lametón que le regó toda la cara. Fue tan sorprendente que rompió a reír dejando en Ra una impronta de sorpresa y fascinación.

Esa había sido la primera vez que lo había oído reír. Y quería oírlo más a menudo.

<<¡Oh vamos!>> escuchó de pronto una voz frustrada <<¿Qué te he dicho sobre los desconocidos?>>.

El dueño del animal llegó y se puso a su lado ordenándole al calicotero:

<<Vamos, vete con los demás>> luego se disculpó ante él <<Lo siento, suele hacerlo con gente que le cae bien>>

<<Eso… es bueno>> le respondió el asombrado porque aquello le hubiera avergonzado <<No me ha molestado…>> y entonces preguntó <<¿Le… le caigo bien…? ¿Podría… acariciarlo?”

El hombre se encogió de hombros:

<<¿Por qué no?>>

Y antes de que le dijera nada al animal, este en una demostración inteligencia inclinó su cuello ante él para que acariciara su cabeza y su cuello. Su piel era suave  y un sonido suave revelaba que le gustaban las caricias.

Aquel calicotero era el primer ser que lo veía aparte del Supremo Señor del Sistema en muchos milenios. Existía, era él mismo… gracias a Ra. Podría quedarse allí eternamente acariciando aquel animal, mas su dueño le rompió el sueño buscando ser amable:

<<Tenemos que irnos>>

El joven parpadeó sin saber qué decir:

<<Yo… gracias>>

La manada se puso en marcha y él se quedó allí parado viéndolos marcharse.

<<Es tuyo si lo quieres>> le dijo entonces Ra <<Pero habrá que buscarle un sitio para vivir>>.

No supo que contestarle porque no entendía qué podía hacer él ahí. Sólo sabía que ya estaba echando de menos al calicotero que se alejaba.

<<Ya me encargaré yo>>

Y así fue cómo recibió una nueva prueba de que el cambio del Supremo Señor del Sistema era genuino y que él era un ingrediente importante del mismo. Lo valoraba como nunca antes hubiera apreciado Goa’uld alguno a un anfitrión.

Aquel primer regalo tuvo tanta importancia como el segundo. Todavía recordaba que lo había llevado a una ala del palacio que estaba todavía en fase de remodelación. Le había hecho abrir una puerta para pasar a unas habitaciones amplias y cálida con nos cómodo muebles.

<<Este lugar es sólo para ti>> le había dicho mentalmente <<Cuando quieras estar solo puedes venir cuando quieras y traerte lo que desees>>.

Aquellos simbolizaba la alta estima que le tenía. Hasta el punto de reconocer el alto lugar que ocupaba para él. Se adelantaba a sus deseos y necesidades, buscaba su felicidad como máxima prioridad con el único objetivo de saberlo feliz.

Los recuerdos no le concedieron tregua pues en última instancia le llegó el más reciente de todos y no por ello menos importante. En él su mejor amiga le regalaba lo que ella consideraba su mayor tesoro: una guitarra con la que tocaba las mejores melodías que él nunca hubiera oído antes. Representó su compromiso con la amistad que ambos compartían. También supuso la constatación de que lo veía como una persona, más allá de que fuera el anfitrión de Ra.

La echaba mucho de menos.

El joven sintió que las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Parpadeó enseguida al mismo tiempo que se las secaba muy turbado por la culpabilidad. Se había ensimismado ante Noa, una desconocida ante la que habría quedado muy mal con semejante falta de respeto. Al mirarla se la encontró pálida y con los ojos muy abiertos mirando a un punto inconcreto de la plaza.

-¿Noa? -la llamó con cuidado- Lo siento… yo no quería…

-Yo…tú… -tartamudeó ella para luego mirarlo- conoces…. ¿a mi madre?

El pestañeó confundido por sus palabras hasta que la certeza del entendimiento lo fulminó. Había visto sus recuerdos de algún modo… y en ellos sólo aparecía Kate… El hecho de que fuera testigo de ellos lo dejó pasmado, sin embargo que mencionara a su madre hizo que se quedara patidifuso.

-¿Tu… tu madre? -inquirió.

Ella respondió conmocionada:

-Esa… chica… que te dio la guitarra.

Imposible. No podía ser. Y sin embargo… no podía ser casualidad. Eso estaba estrechamente ligado a que ella era capaz de acceder a sus pensamientos.

-¿Cómo… cómo has podido ver… a Kate? -logró preguntar.

-¿Kate? -planteó ella también confundida para acto seguido bajar la mirada- yo… no se si… me podría meter en problemas…

El joven la tomó de la mano con cuidado y replicó:

-Entonces… no te metas en problemas… tienes que poder seguir… ayudando a la gente.

Sus palabras la sorprendieron mucho. Ella bajó la mirada hacia sus manos y confesó como si soltara una bomba:

-No he… sido del todo sincera contigo…

-¿Qué quieres decir? -quiso saber él. No había captado en ningún momento doblez o engaño por su parte.

Noa intentó explicarse:

-Yo… puedo saber más cosas…

-Como los… pensamientos de los demás -interpretó él confirmando así parte de sus sospechas, dado que ella estaba revelando un secreto importante él también hizo lo propio-. Yo… sé lo que es.

Ella abriría mucho los ojos sorprendida y le preguntaría:

-¿Tú…. también puedes?

-Y… algunas cosas más -se lo confirmó acompañándose de un asentimiento.

-Oh…. ¿en serio? -planteó la joven con una sonrisa previamente a exclamar ilusionada- ¡Eres la primera persona que conozco que puede hacer lo mismo que yo!

-Son… son dones muy raros -dijo él omitiendo intencionadamente el que eran muy buscados, le devolvió la sonrisa-. Yo sólo… recurro a ellos cuando lo necesito.

Noa le comentó:

-Yo… nunca los muestro… mi… nodriza me ha insistido siempre en que no es bueno mostrarlos… es más… no debería hablar de ello con nadie pero… si tú también los tienes…

El joven se sintió sobrecargado de información que le costó mucho digerir. Habían varias cosas que debía comprender: tenía una nodriza por lo que de clase baja no sería, esa nodriza entendía de la importancia de sus dones… unos dones que la criminal perseguía… Junto a la reacción por el recuerdo de Kate… ¿cómo que su madre?

-¿Tu… nodriza? -soltó casi sin darse cuenta acariciando una utopía- Me… gustaría conocerla.

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