El Monte Ombligo IX

Ríndete en una batalla para poder ganar la guerra.

Su ib fue atravesado por miles de flechas invisibles ante aquella cruel sonrisa. Prácticamente se quedó sin aire mientras ante sus ojos se producía una escena que plasmaba los planes de aquella criminal.

Una mujer y él se encontraban solos en una habitación casi sin muebles. Ambos estaban desnudos y él aplastaba a la mujer contra una pared. Las lágrimas en los ojos de ella hacía tiempo que habían desaparecido y de él apenas quedaba nada que consideraba característico suyo.

Se movían como animales, con una violencia pasmosa. Eran autómatas, la dignidad y la humanidad estaban lejos de aquellos cuerpos entrelazados que no dejaban de sufrir.

Para desgracia para el joven, sintió que su miembro reaccionaba por sí solo, recreándose en la escena. Entonces esta cambió y reflejó aquellos recuerdos, tan vívidos como si los hubieran sido gravados a fuego el día anterior.

Ella se solazaba dominándolos y humillándoles al mismo tiempo, recordándole su desprecio y el poco valor que tenía para ellos. Aquel dolor lo trajo de nuevo al presente junto a una ira devastadora que se llevó nuevas víctimas por delante.

Los Jaffás, creyendo que lo encontrarían con la guardia al no percibir reacción alguna por su parte, se aproximaron lentamente desde distintos ángulos. Mas ese fue precisamente su error, ya que una cortina de fuego surgida del suelo en dirección al techo los partió literalmente por la mitad ahogando sus gritos en pocos segundos mientras se les hacía imposible la huida.

Kebechet sonrió más ampliamente fingiendo que lo admiraba dando lentas palmadas mientras decía:

-Bravo, bravo -luego dijo intencionadamente refiriéndose a su pene-. Veo que ya estás preparado.

Entonces el joven sacó el cuchillo al mismo tiempo que sus ojos eran reflejo de una rabia que no le impidió tener aquel gesto. Su  intención era la de que ella lo viera y comprendiera perfectamente su postura; jamás se plegaría ante ella.

El monstruo se burló de él:

-¿Qué pretendes hacer con eso?

Ahí fue cuando el arma apuntó a su entrepierna previamente a que él anunciara con contundencia:

-Jamás tendré hijos.

Eso a otras persona le podría escandalizar. Sin embargo, el joven entendía que los hijos tenían que ser un acto de amor entre dos personas. Y él nunca tendría eso en aquella galaxia, del mismo modo en que sus hijos nacerían en una realidad horrible en la que se convertirían en abyectos instrumentos.

De pronto ella cambió su actitud buscando hacer creer que se preocupaba por él. Sin embargo no lo engañaba, en realidad buscaba evitar el trabajo fácil a través de una detestable táctica que usaba con la idea de hacer bajar sus defensas en una nube de falsa amabilidad y sensualidad:

-Vamos, vamos -le dijo seductora mientras se acercaba a él-. Nos vas a hacer un sacrificio inútil.

En eso no le faltaba razón. Una cosa había aprendido de su mejor amigo y también de ella. Solo apostaría por aquello en lo que habría una ganancia segura. Si cumplía su amenaza no cumpliría el objetivo de revelar el verdadero rostro del monstruo.

Para empezar era esencial salir de allí. Adelantándose a las intenciones de la criminal fraguó un plan entretanto replicaba rudamente rozando su entrepierna con la punta del arma:

-No te acerques.

Ella se pasó la lengua por los labios con sensualidad dando un par de pasos más al mismo tiempo que susurraba:

-Vamos, sabes que lo estás deseando.

No podía estar más equivocada. Una vez  estuvo a la distancia suficiente la punta de su cuchillo acarició el cuello de Kebechet. Esta cogió su muñeca y apartó el arma de su piel previamente a decirle burlona mientras sus ojos brillaban:

-En realidad no puedes -hizo una pausa simulando que caía en la cuenta de algo-. No, la verdad es que no quieres.

El joven apretó los labios conteniendo su impotencia. Si quería hacer las cosas bien no debía dejarse llevar por sus impulsos que lo llevarían a perder a su mejor amiga prisionera de aquel ser que no la liberaría por las buenas.

Cuando ella entre abrió los labios para hacer salir el Nish’ta, él habló alzando la otra mano:

-¿Sabes qué es lo que quiero en realidad?

-Por supuesto -sentenció ella en un ronroneo provocador acercando su rostro al de él- darme placer.

“Ahora o nunca” se instó a sí mismo. Antes de que el compuesto se liberara él se esforzó por esbozar una sonrisa mientras su mano se posaba en la mejilla concentrado en lo que iba a hacer. Acto seguido la corrigió:

-Que te duermas profundamente.

Y dicho y hecho así ocurrió sin que ella contara con margen de tiempo alguno para reacción. Kebechet cerró los ojos y él superó el asco que le inspiraba para agarrarla con la mano libre evitando su caída y tras guardar el cuchillo dejarla suavemente en el suelo.

Antes de incorporarse cogió su horrible Kara’kesh y se la puso en la mano. Sólo los dioses podían portarla y la criminal no era una de ellos. Por su parte, su mejor amigo le había legado más que su saber: también la capacidad para usar artefactos como aquel que requería Naqquadah en la sangre.

Se la puso en la mano sin importarle del todo que no le quedara bien. Lo vital era el hecho de que fueran compatibles según pudo constatar.

Después apartó al engendro del diámetro de los anillos para quedar él en el centro solo.

-Esto no ha acabado -le dijo a la durmiente-. Volveremos a vernos.

Acto seguido él llamó a los anillos que lo llevaron a una nave con una decoración incluso peor que la de aquel palacio. Lo peor del cambio fue que allí también habían varios Jaffás que enseguida le dieron el alto:

-¡Quieto ahí!

“Mala suerte” meditó el joven aguardando a que se acercaran lo necesario para hacerlos dormir unas horas.

-Mucho mejor -valoró previamente a configurar los anillos a partir de los botones cercanos.

No tenía ninguna preferencia sobre su destino, así que dio las coordenadas más alejadas posibles del palacio dentro de la cúpula que protegía de la radiación. Kebechet tenía que tenerlo complicado a la hora de ponerse a buscarlo, ya que si de algo estaba seguro era que ella lo perseguiría para usarlo en sus detestables experimentos.

Eso también le proporcionaría un tiempo para organizarse. Sobre todo para dar con quien estuviera dispuesto a filtrar la información que había conseguido a la sociedad que ignoraba la misma.

-Vamos allá -murmuró. Ya había hecho lo más complicado, lo que restaba por hacer sería más fácil.

Llamó a los anillos y estos enseguida lo recogieron y lo dejaron en tierra, a las puertas de una barriada cochambrosa. Los primeros habitantes que lo vieron lo apuntaron con sus viejas armas de fuego que imponían junto a los harapos que vestían.

-¿Qué haces aquí? -le preguntó un viejo desdentado.

El improvisó una respuesta:

-Busco refugio, huyo de la justicia.

No era mentira. Los delitos se acumulaban sobre sus espaldas, había robado y mentido.

-Aquí no lo encontrarás -contestó a la defensiva una mujer robusta que se mondaba los dientes con la punta de un cuchillo-. Lárgate.

El joven no se desanimó. Aquel era el mejor lugar al que podía optar. Por lo que veía más allá y lo que le permitían las primeras horas del alba, entre aquellas desordenadas callejuelas se movían los parias de la sociedad: los que por una u otra razón habían sido rechazados y que no le guardaban simpatías al sistema. Podre del incauto que acabara allí por error. Sin embargo allí se podía conseguir cualquier cosa que se desease… siempre que uno estuviera dispuesto a pagar el precio.

-Puedo pagar -insistió tranquilamente- y también puedo trabajar.

La mujer y el hombre se miraron entre ellos. Segundos después sus ojos se clavaban en él sospesando si era de fiar o no. Soportó su escrutinio con calma sabiendo de antemano la respuesta que recibiría que sería una aceptación tácita:

-Apáñatelas como puedas.

Fuente:

De la imagen superior: http://stargaterenaissance.wikia.com/wiki/Kara’Kesh

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