El Monte Ombligo VI

El poder radica en el control, el control en el engaño y el miedo.

Aviso: Sexo explícito y violento.

Con estos ingredientes y apagando cualquier indicio de duda antes de que se genere puedes tener el control absoluto de la situación.

Y eso era lo que Kebechet tenía, el control sobre todos los humanos de Tau’ri. Le gustaba ir al planeta para regocijarse en ello, el hecho de que todos creyeran fielmente en sus palabras y hechos le inflaba el ego como ninguna otra cosa ya que había hecho lo que ningún otro Goa’uld antes… reconquistar la Tierra.

Todo iba viento en popa, era paciente, sabía que algunas cosas llevarían su tiempo pero eso no era algo que le molestara en exceso ya que tenía todo el del mundo. Además de que día a día sus cimientos se hacían mayores y también la confianza en si misma, lo cual no indicaba que fuera tonta. Sabía perfectamente las reglas del juego y tenía claro que jamás podía bajar la guardia, eso significaría la muerte.

Mas… de vez en cuando, se daba ciertos lujos más que merecidos según ella. Y eso era lo que estaba haciendo en ese momento, tener sexo con uno de sus múltiples consortes que hacían todo lo que ella dijera, y más les valía.

Kebechet era como un lobo hambriento en la cama, su deseo era una llama inapagable, todo lo contrario, cuanto más la alimentaba mayor era. Fue ese mismo motivo el que, que de pronto en pleno acto su consorte se pusiera a gritar como un cerdo desangrándose la enfureció en grado superlativo.

¿A qué venía aquello? ¿Por qué le cortaba el rollo de ese modo?

Lo tiró de la cama de un empujón que hizo que su espalda y cara se golpeasen contra el suelo, cosa que a él no pareció importarle lo más mínimo ya que se encogió con las manos en su miembro y hasta llorando del dolor.

A Kebechet eso sólo la cabreó más, ¿cómo podía ser tan débil?

-Pero ¡se puede saber qué te ha pasado! -tronó saliendo también de la cama, era imposible que le pudiera haber hecho daño en la postura en la que se encontraban. Pero el consorte no podía siquiera decir una palabra, continuaba encogido en el sitio donde había caído- Maldito inútil –rezongó la reina justo momentos antes de lanzarlo con su arma manual contra una pared causándole un quejido al ya maltrecho hombre.

-¡Guardias! -llamó dirigiéndose ya al baño esperando escuchar la puerta que rápidamente buscarían abrir pero se detuvo al ver que nadie respondió a su orden- Y ahora qué… -siseó dirigiéndose desnuda hacia la salida de la habitación para, al abrir la puerta ver a los dos guardias profundamente dormidos en el suelo. Eso la hizo rechinar los dientes y se volvió a por su Zat. La cual descansaba tranquilamente en la mesilla de noche. Cuando volvió a salir no dudó ni un momento y disparó tres veces a los guardias causándoles la desintegración instantánea.

Luego regresó a la alcoba y furiosa le siseó al consorte sin dirigirle ni siquiera la mirada:

-Cómo cuando al salir no te hayas ido te mataré. Y más te vale no volver por aquí jamás.

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Un comentario en “El Monte Ombligo VI

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