El Monte Ombligo

Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.

Si hay algo que no se puede ignorar es el hecho de que pocas cosas nuevas se descubren. En todo caso se redescubren y evolucionan. Y eso también se puede aplicar al Marketing, que estudia el entorno para desarrollar unas herramientas con las que convencer a su público objetivo de que necesita lo que se le va a ofrecer.

¿Acaso no es eso lo que se ha hecho desde que los seres humanos empezaron a desarrollarse en sociedades complejas? Unas sociedades cuyo liderazgo más eficiente se traducía en convencer a la gente de que necesitaban a un líder en concreto y que nadie lo haría mejor que él. De ese modo, la posible oposición desaparecía

La III Guerra Mundial, la más destructiva que la Humanidad experimentara nunca había llegado a su fin. Los diferentes países prácticamente se habían desgarrado mutuamente sembrando de cadáveres y radiación el planeta, alimentados en su espíritu bélico por un apoyo permanente para adquirir más material bélico y desarrollar una tecnología cada vez más avanzada con el fin de causar el mayor número de bajas posibles.

Y así, cuando el 60% del mundo quedó inhabitable y todos los contendientes acabaron exhaustos, una diosa hizo su aparición. Según ella, la guerra había sido causada por un demonio disfrazado de dios que los había arrastrado a aquella situación para su propio beneficio sin importarle que la Humanidad se extinguiese.

Kebechet, que era uno de los nombres a los que respondía la diosa, aseguró que ella era la única que podía hacer parar la guerra y curar las heridas producidas. Con todo, dio sobradas pruebas de sus intenciones para convencer a todos los líderes que todavía quedaban con capacidad para decidir sobre los pocos supervivientes… algunas de las cuales eran impresionantemente visuales.

Ella, proclamando que lo hacía de forma desinteresada, cubrió con amplias cúpulas la mayoría de las zonas más populosas descontaminando estas de la radiación para asombro general.

Además, se ofreció a curar a todos los heridos y a las enfermos para que pudieran reconstruir el mundo rápidamente. ¿Quién iba a pensar mal de quien respondía a lo que los desesperados consideraban una divinidad? El mensaje se repetía por doquier y la gente empezaba a prosperar experimentando unos avances científicos y tecnológicos como no se habían visto antes.

Las enfermedades desaparecían no bien aparecían y los conflictos se convirtieron en cosa del pasado. Así se reflejaba por todos los medios y canales… por lo que no había motivos para no creer en el milagro.

Este se reforzó con el juicio público al demonio que se autoproclamara dios con el nombre de Ra entre muchos otros. Con pruebas claras y contundentes, las acusaciones cayeron sobre él. El acusado intentó rebatirlas sin éxito, pues su voz carecía de credibilidad y respondía a la necesidad del planeta de tener un culpable de aquella pesadilla al que castigar.

Su sentencia fue la muerte, la cual se realizó a través de la extracción sin anestesia de un joven anfitrión que al contrario de lo que se podría esperar no despertó piedad alguna. La escena se repitió hasta la saciedad, tumbado  en una mesa, la diosa le abrió la nuca y de ella sacó el cadáver de una serpiente que quedó inerte en sus manos totalmente debilitada sin capacidad para defenderse.

-Esta es la verdadera imagen del demonio -dijo Kebechet rompiendo el cuello con sus manos manchadas de sangre-. Y así se debe actuar con él.

El chasquido resonó en medio de un silencio sepulcral. Un silencio aprobador que precedió a varios días de celebración durante los cuales ese sonido se convirtió en la banda sonora de la liberación mientras recipientes que imitaban su prisión se vendían a manos llenas.

Semanas después se celebró otro juicio, uno en que el acusaron era ni más ni menos que el joven anfitrión de aquel demonio. Ni siquiera se dijo su nombre, se le arrebató como le arrebataron la humanidad. Su mirada perdida y su silencio, se convirtieron en altanería y frialdad para la acusación que demandaba un castigo ejemplar para él.

-Porque si él no se hubiera acercado al demonio, este habría muerto -se argumentó en su contra-. Ha sido su cómplice durante milenios y es igual de responsable que su amo.

La propia Kebechet reforzó esa idea al declarar:

-Él ha sido el origen de todo el mal.

La sentencia fue idéntica a la de su amo. Sin embargo, la diosa cambió de parecer y fingió conmutar la pena:

-No morirá, vivirá para que sea consciente de lo que ha provocado.

Las consecuencias fueron unas protestas, pidiendo un castigo ejemplar que compensara todo el mal que había hecho. Pasado un tiempo prudencial durante el que no cambió ni un ápice su postura, Kebechet satisfizo la demanda popular:

-Lo enterraremos donde el mal comenzó y así el monstruo no volverá a salir.

Unos meses después la jaula del anfitrión levitaba por las antiguas tierras turcas. Concretamente en una zona que fue escenario de batalla a lo largo de la Historia, incluso de la última guerra. Hasta hacía bien poco había sido una zona pobre y poco poblada, pero la cúpula de la diosa había llevado a la gente a habitar aquel lugar… el antiguo Jardín del Edén.

Considerado tradicionalmente como el ombligo del mundo, allí se erigían los primeros santuarios erigidos por el hombre del Neolítico que posteriormente habían sido enterrados con mucho misterio creyendo que si la luz del día volvía a iluminarlos caería el Apocalipsis. Sólo habían empezado a investigarlos cuando la mente lógica y empírica se abrió paso dejando a un lado las supersticiones que todavía pervivían en aquella zona. La III Guerra Mundial había hecho que inevitablemente las fascinantes investigaciones se paralizaran.

 Allí, en Göbekli Tepe[1], habían comenzado la agricultura, la ganadería, la organización social y el culto a los dioses. Y también de allí había brotado el sentido de la propiedad, la riqueza y los conflictos de ellos derivados… el principio de todos los males.

La jaula estaba llena de desperdicios que le llegaban al joven hasta media pierna. Muchos de ellos eran serpientes de diversos tamaños, pero sobre todo era larvas de diversos tamaños y con señales de las diferentes maneras en que se les había dado muerte; muchas de ellas ya se estaban pudriendo.

El reo vestido con harapos permaneció inmutable con la vista en otra parte. Nada le afectó, ni el calor del día ni los insultos que recibía por parte de la gente. Le daba igual lo que le hicieran y eso solo enfurecía más al público que debía ser contenido por los fieros soldados.

Kebechet y unos pocos dirigentes esperaban en el perímetro de uno de los templos parcialmente sepultados de modo que desde el exterior se veía que su interior estaba en gran parte a oscuras.

La jaula se puso justo sobre la apertura en la que encajaba a la perfección bajo las aclamaciones generalizadas. Bastó un gesto de la diosa para que se callaran antes de hablar:

-De aquí manó el mal hace miles de años -proclamó rotunda-. Este lugar fue sellado demasiado tarde. Hoy enterramos al mal originario para siempre, aquí yacerá el monstruo que todo lo inició.

-¡Sí! -exclamó una voz entusiasta.

Otras la secundaron:

-¡Que desaparezca!

-¡No lo queremos aquí!

La diosa sonrió complacida y entonces el suelo de la jaula se abrió dejando caer su contenido al interior del santuario. No hubo gritos, como no los hubo después de la extracción, sólo el ruido seco del golpe.

-¡Así sea! ¡El monstruo no volverá a emerger!

Su anuncio recibió el aplauso de todos los presentes antes de que los anillos se la llevaran y los guardias asignados se dedicaran a dispersar a una gente que por fin podía dormir tranquila y sin temor. Ya nada amenazaba su existencia, todos los crímenes del pasado habían sido castigados… podían mirar a un futuro prometedor que se abría ante sí.

Aquel acto había sido definitivo ante una sociedad que sentía que la necesitaba y que dependía de ella en todos los sentidos. La diosa había trabajado muy bien su papel, alzándose como una salvadora de una raza a punto de extinguirse.

Sin embargo, el verdadero monstruo estaba ahí fuera. Ahora era libre para hacer lo que quisiera con un mundo que comía de su mano.  Y lo haría, pues sus planes no se podían detener y contaba con apoyos que de otro modo jamás tendría.

[1]              Göbekli Tepe: Monte ombligo

Idea inspirada por el programa de Iker Jimenez en Universo Iker

Fotografía procedente de: http://www.npr.org/sections/parallels/2014/10/24/358577089/in-southeast-turkey-a-long-history-of-bloodshed-and-worship

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Un comentario en “El Monte Ombligo

  1. Pingback: El Monte Ombligo II | Anuska Martínez

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