Ante la balanza

El corazón no ha engendrado el odio; las palabras son las que lo han creado.

Nebjeperure Tutanjamón según las hipótesis de National Geographic.

Nebjeperure Tutanjamón según las hipótesis de National Geographic.

La cocina era el centro neurálgico de aquella casa. Sin duda había recibido pocos cambios a lo largo de su historia conservando la esencia de antaño como si el tiempo apenas hubiera pasado por allí. Era la zona más cálida del edificio gracias al fuego sobre el que todavía se cocinaban como si allí no hubieran oído hablar nunca de una vitrocerámica.

El Divino Señor de las Dos Tierras constató enseguida de que no estaban ellos solos. Alrededor de la mesa central había un variado grupo de personas, cada una con su forma de hablar delatando así que su procedencia geográfica estaba bastante lejos. Algunos debían de haber recorrido cientos de kilómetros.

-¿Cuánta gente hay aquí? -preguntó con interés el antiguo sacerdote.

La joven se encogió de hombros antes de responder:

-Aquí están mis amigos, bastante locos en su mayoría.

Era una descripción muy acercada a decir del Grande. No eran muchos los que en la situación actual se atrevieran a desplazarse tan lejos con todo lo que eso conllevaba. Posiblemente ellos percibieran que sólo allí estarían seguros… hasta sus últimos momentos.

-En otras casas hay más gente -añadió ella.

La gente los miraba con curiosidad sin importarles mucho que ellos estuvieran allí, les importaba más el temporal que se acrecentaba alrededor de aquellos fuertes muros. Cuanta más intensidad, menos segura sería aquella casa.

-¿Vas a ayudarnos o no? -exigió Ramsés con un gruñido.

Sin inmutarse, la joven se dirigió a un pequeño armario que contenía pequeños recipientes catalogados y sacó varios de ellos. Después cogió una cazuela limpia, la llenó de agua y le contestó:

-El tiempo que tarde en hacerlo es el que dispondrás para desarrollar tus argumentos.

El rey de la Tierra Negra. ¿Quién era ella para hablar así? Por un lado aducía ignorancia, pero por otro claramente sabía más de lo que daba a entender. Sabía qué decir en el momento oportuno y Elohim parecía comprenderla hasta el punto de mantenerse callado y sentarse.

El Grande tomó asiento en un una antigua butaca dejando escapar un resoplido. Desde allí estudió a Susana que derramaba con soltura en la cazuela los diferentes ingredientes.

“El tiempo que tarde en hacerlo es el que dispondrás para desarrollar tus argumentos”. Sus palabras se repitieron en su mente.

Sí, él tenía que convencer al Símbolo Viviente de la Divinidad para que retornara y expulsara a Isefet. ¿Qué podría decirle? ¿Relatarle lo que aquel engendro estaba haciendo con el mundo? ¿Hacerle ver que aquel criminal se regocijaba en el sufrimiento de todos los demás?

No sería tan sencillo. Y sólo tenía esa oportunidad. Al ser consciente de ello reparó en que todos los presentes lo miraban. Ya no por curiosidad, sino en un ruego que era una exigencia clavada en su ib.

Porque él había dejado que todo aquello pasara. Confundida su noción de Maat, moldeada por los sacerdotes del Oculto, había desterrado en nombre de la Humanidad a su encarnación.

Supuestamente habría que esperar a que la siguiente generación acudiera al Símbolo Viviente de la Divinidad. Mas ni él ni los seres humanos que todavía vivían, estaban dispuestos a esperar. Además… no estaba la situación para esperar que una pareja engendrara una nueva vida.

De pronto, la voz de la joven lo trajo de vuelta a la realidad. Estaba frente a él tendiéndole un vaso humeante:

-De un trago y sin respirar.

-¿No vas a explicarme lo que va a pasar? -inquirió él ceñudo. Por muchos conocimientos que ella atesorase de herboristería, no lo superaría a él.

No le extrañaría nada que en realidad aquello tuviera aspectos negativos. Era magia poderosa, un poder que no estaba en manos de cualquiera.

Ella entornó los ojos y le replicó:

-La única forma de acceder a él es a través de la muerte.

-Soy inmortal niña -le espetó sin que le importase que otros lo oyeran.

En absoluto afectada por sus palabras, Susana le indicó:

-Es una muerte pasajera, tendrás sólo unos minutos -hizo una pausa-. Después volverás.

Unos minutos, eso era muy poco tiempo. Tendría que valerle.

Sin embargo, antes de emprender aquel camino tan incierto, quedaba otra cuestión por aclarar.

-¿Y los efectos secundarios? -exigió saber.

La joven planteó a su vez:

-¿Importa eso?

-¿Quién hace el gallego ahora? -bromeó otra joven socarrona que estaba cerca del fuego.

Susana le sacó la lengua jocosa. ¡Bendita la gente que conservaba el sentido del humor hasta en los momentos más adversos! Por mucho que a él eso pudiera irritarle, eso era prueba de inteligencia emocional y salud mental de la gente.

Ya sólo por eso no podía echarse atrás o vacilar.

Por ello arrancó el vaso de las manos de la mujer. Apuró su contenido si pararse a coger aire. Apenas dos segundos después, lo atacó la somnolencia cerrando sus párpados sin que él ejerciera el control sobre ellos. La oscuridad se adueñó de todo por unos instantes.

Cuando abrió los ojos ya no estaba en la cocina, tampoco sentado. Se encontró de pié, en medio de una desierta Sala del Trono que reconoció enseguida. No en vano él mismo había ordenado desmontarla hacía milenios para borrar una memoria que al final había sido imposible de extirpar y evitar que la destrucción señoreara por el mundo; un gesto que de poco había servido.

No vio a nadie y sin embargo allí era donde debía estar. Frunció el ceño, no pensaba quedarse quieto.

En ese momento descubrió una de las puertas de acceso abiertas y salió por ellas al pasillo. Caminó por este ignorando a las hermosas representaciones naturalistas que adornaban las paredes y los suelo. Pasó por al lado de lujosos muebles y esculturas; sobre su cabeza el cielo estrellado era reparado por tiras en las que las Dos Damas protegían los nombres de aquel a quien él llamara Kheru mientras sus pies pisaron a los representantes del caos representados como los tradicionales enemigos de la Tierra Negra.

¡Y pensar que los peores se hallaban en su interior!

En su camino se encontró con más puertas cerradas, mientras que las abiertas le indicaban el camino a seguir. Cruzó bellas estancias iluminadas con lámparas y una hermosa luz que penetraba por las altas y pequeñas ventanas.

Finalmente ya no quedaron más puertas pues salió a los exóticos, relajantes y vitales jardines. Con un diseño exquisito, bajo una luz vespertina, el Grande debía reconocer que su diseñador tenía un buen gusto logrando que fueran acogedores y de fácil tránsito. Unos bosquecillos y unas plantas llevaban a sendos estanques en los que nadaban peces y ánades a cada cual más hermoso. Cerca del agua habían  dispuestos algunos bancos y coquetos templetes para refugiarse de los horas más ardientes del día.

La brisa le trajo una seductora mezcla de aromas que lo invitaba a relajarse. No cayó en esa trampa, ya se relajaría cuando llegara al final, fuera cual fuera.

“No puede andar muy lejos” pensó mientras gruñía. Sus pasos cruzaron a grandes zancadas en dirección al muro que separaba aquellos jardines de los privados del rey de la Tierra Negra: allí debía estar.

Su deducción no andaba equivocada. Encontró al joven en la orilla de un estanque, sentado en un banco. Las aguas no contenían fauna, sólo contaba con unas pocas plantas acuáticas como las flores de loto y los nenúfares.

Mas algo las diferenciaba de todas las demás. Estas no reflejaban el cielo y lo que estuviera cerca del estanque. Mostraba lo que ocurría en el mundo, muchas escenas, ocurriendo al mismo tiempo mostrando los horribles efectos del reinado del engendro que pronto fueron sustituidas, por una sola: la de la casona azotada por el impresionante temporal al que no tardaría mucho en sucumbir.

La encarnación de la Divina Potencia Creadora observaba la imagen sin revelar los sentimientos que pudieran inspirarle. Vestía un largo faldón que tapaba sus pies sujeto por un rico cinturón.

Una camisa cubría su pecho y sobre este lucía un pectoral con el ojo de Re a juego con un ancho collar dejando hueco para un pequeño colgante de oro. Sus brazos lucían pulseras y brazaletes que destellaban por la luz del sol y sus dedos exhibían varios anillos.

Su cabeza llevaba el blanco tocado Khat haciendo que destacaran los pendientes cuyas puntas rozaban sus hombros.

Abrió la boca para hacerse notar pero él se adelantó clavando sus ojos oscuros en él. Lo que vio que en ellos lo dejó helado, se adivinaba en ellos una madurez impropia de alguien que aparentaba la edad de los 18 años. Mucho había vivido y mucho estaba padeciendo.

-Esta es tu última oportunidad Ramsés -le dijo Nebjeperure con una seriedad solemne-. Dime la verdad, quiero que me digas por qué debería acceder.

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Un comentario en “Ante la balanza

  1. Pingback: El regreso de Maat | Anuska Martínez

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