El Reinado de Isefet

La elección es nuestra y esta nos abrirá las oportunidades que aparecerán en nuestro camino.

Una sola decisión había hecho que todo estallara por los aires. Rechazada la Divina Potencia Creadora, Isefet reinaba a sus anchas. Las peores pesadillas de muchos se hacían realidad mientras otros se regocijaban en el poder que aquella nueva situación les proporcionaba.

Conflictos soterrados ahora se vivían bajo la luz del día. Las guerras mal acabadas volvían a intensificarse cuando no surgían unas nuevas. La miseria, el odio y el sufrimiento se extendieron mientras imperaba la sensación de permanente peligro se estuviera donde estuviera.

El clima había enloquecido hasta puntos insospechados y los temporales extremos arrasaban sin freno. Provocaban así más muertes y destrucción que rompía con todo lo que recordaba al Orden. Y sus autores nada podían hacer por evitarlo porque obedecían obligados la voluntad férrea de aquel engendro que se solazaba tomando lo que siempre había ambicionado.

Apenas había qué hacer, hasta los dioses muy a su pesar habían abandonado el orden usual y se movían el caos bajo la voluntad de quien lo encarnaba.

-Aléjate, márchate -le había ordenado el dios-. Yo te libero de mi servicio para que no te usen contra tu voluntad.

 Y él no tenía otra que obedecer, su amada tierra era uno de los puntos calientes. Sin embargo, mantendría la esperanza de que en plena oscuridad podría haber un poco de luz ya que jamás acataría el reinado de Isefet y nunca se derrumbaría. Si había una forma de resistir a aquello y revertir la situación, la encontraría sabiendo que no estaría solo en el proceso.

“No importa que no cuente con ningún Divino Señor de las Dos Tierras” pensaba “Tendré que contar con lo que tengo”.

Las amistades que le quedasen vivas y su coche favorito.

Cerró su negocio que llevaba días sin funcionar y su casa después de hacer el equipaje que era más bien exiguo. Luego se dirigió al garaje y metió su única maleta en el maletero.

Nada llamó su atención en la aparente tranquilidad aquel lugar, pero eso no impidió que sintiera que hubiera algo fuera de lugar. “Tú eres el que estás fuera de lugar” se dijo achacando que esa impresión se debía al caos imperante.

Entró en el vehículo y se abrochó el cinturón. A punto estuvo de arrancar el motor cuando una mano tapó su boca empujándolo contra el respaldo mientras un rostro demasiado conocido se hacía visible en el retrovisor.

-Quitaré la mano si prometes no gritar -le amenazó en el Grande con brusquedad-. Si estás de acuerdo parpadea dos veces.

¿De dónde había salido? ¿Qué pretendía? Difícil saberlo para quien ya no contaba con el apoyo divino. Mucho menos cuando su inesperado pasajero era un Divino Señor de las Dos Tierras que siempre había disimulado sus sentimientos e intenciones… facilitando aquella situación que se suponía debía evitar.

-Todavía puedo cortarte el cuello -apostilló Su Majestad.

Elohim prefería conservar la cabeza sobre su cuello aunque para ello tuviera que aguantar aquella compañía. Por lo tanto hizo lo que indicaba y cumpliendo su promesa el retiró su mano.

El regente aprobó:

-Muy sensato.

Un adjetivo excepcional en su caso. Pero la situación bien lo valía.

-¿Abandonas? -le preguntó a bocajarro.

Él fue muy sincero en su respuesta:

-Marcho a donde tenga más fuerzas para luchar.

-Contra Isefet -ironizó Su Majestad antes de preguntar- ¿Qué opina el dios de tu deserción?

Elohim repuso con calma:

-Él me instó a marcharme para resistir a este desatino y no doblegarme.

El Grande gruñó y luego clavó su mirada en él al mismo tiempo que le decía autoritario:

-Entonces te tomaré yo a mi servicio.

El profesor de autoescuela no se esperaba semejante decisión. Como sacerdote estaba subordinado a quien era el primero de los sacerdotes pero ya no lo era. Sin embargo, seguía siendo un gran rey en su tierra y como tantos otros tendría que ofrecerle su vida si la requiriese… y no fuera contra una Regla ausente.

-El dios me ha liberado -adujo Elohim midiendo sus palabras.

Su Majestad repuso gravemente:

-Para el caso me es igual, tú y yo vamos a cumplir una misión suicida.

“Justo en el mejor momento” pensó él con socarronería. Ya no era inmortal, sin embargo aquello prometía una aventura peligrosa a la que le costaba sustraerse. Mas… no iría a ninguna parte que fuera en contra de la hija del dios. Estaría ausente, pero su fe estaba alineada con ella por lo que moriría antes que renunciar.

-Majestad, el dios me habrá liberado pero no dejaré de ser leal a su hija -le avisó cortésmente-. Disponed de mi como queráis, pero no la ultrajaré.

El soberano entrecerró los ojos y le enseñó su espada acariciando con ella su cuello. Acto seguido le instó:

-Tú me ayudarás a traer a su encarnación de vuelta.

El aludido alzó una ceja interrogante antes de replicar:

-Soy un simple humano Majestad.

-Puede que a un simple humano lo escuche -le dijo el rey de la Tierra Negra.

Elohim llegó rápidamente a sus conclusiones. De modo que el Grande había intentado traer de vuelta al Símbolo Viviente de la Divinidad, el único capaz de derrotar a su Némesis y había fracaso. Por un lado le sorprendía, pero otro resultaba lógico que Su Divinidad hubiera interpretado que la Humanidad ya había tomado su decisión.

Luego tal vez existía un modo, por muy remoto que fuera, de reclamar que la Divina Potencia Creadora ocupara su lugar. A fin de cuentas era muy propio de la Humanidad equivocarse primero y enmendar sus errores después.

Una idea se le pasó por la cabeza. Al principio la descartó, pero se dio cuenta de que esa era la oportunidad más cercana que podían tener una vez acabadas todas las opciones. No dejaba de tener sus peligros: desde que no fueran escuchados, a que fueran rechazados o incluso que los detuvieran. Esta última posibilidad era la que más le aterrorizaba, mas no lo bloqueaba.

-Yo no Majestad -dijo por fin el antiguo sacerdote-. Pero sé de alguien que sí.

El Grande exigió saber apartando el arma:

-¿Quién?

-Vos la conocisteis -le aseguró Elohim-. Os llevaré con ella, pero será un viaje largo.

El monarca resopló impaciente:

-¿Dónde está pues?

-En el lugar al que yo me dirigía -contestó el profesor de la autoescuela-. Uno de los puntos donde se concentran quienes todavía resisten en Maat.

“Algo así como más suicidas como yo” concluyó mentalmente un poco divertido “Gente que mantiene la fe, personas a las que otros llamarían ilusas”

-Eso no es una respuesta sacerdote -rezongó Su Majestad-. Si quieres salir de esta, tendrás que ser más claro.

Elohim no entró en detalles, pero lo satisfizo en un primer momento:

-En el Norte de España.

El Grande se apoyó contra su propio respaldo antes de dar una orden que no admitía contestación y que Elohim tampoco tenía deseo o necesidad de darla:

-Entonces arranca y pon rumbo al aeropuerto. Partimos ya.

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