El Principio IX – Epílogo

Continuamos y terminamos con un inicio distinto de la Película  StarGate, la Puerta de las Estrellas (1994)

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1336 a.C.

Era necesario ante todo que la entronización del rey niño pudiera servir para restablecer oficialmente la supremacía de Amón. Por eso, no se trataba de retrasladar la corte a Menfis, como se había hecho anteriormente. Por lo demás, antes de la ruptura y de la marcha para Ajet-Atón, Neferjeperura Uaenra[1] había sido consagrado, en tiempos de su padre, en Karnak, la Heliópolis del Sur, donde había “recibido las coronas”.

Después de haber sufrido un ayuno ritual y de haber recibido las purificaciones preliminares, el niño de ocho años, llegó al pilono del gran templo de Karnak, construido por su abuelo Nebmaatra[2]. La cabeza descubierta, el torso desnudo, los pies descalzos, llevaba solamente el faldellín, sin ningún adorno.

Fue escoltado por los más altos funcionarios de la corte y en la primera fila figuraban el General y escriba del ejercito, Horemheb y el Padre divino Ay, lugarteniente general de carros. Los días anteriores habían enviado al templo innumerables equipos de obreros, bajo las órdenes de los arquitectos y de los intendentes, encargados de hacer desaparecer la gran “miseria” del templo, que había sufrido un trato cruel y encarnizado desde las persecuciones orquestadas por al que ahora llamaban Kheru[3]. Naturalmente, no se había podido poner todo en buen estado y muchas puertas del templo, hechas de madera chapeada en oro y que el fuego había devastado, no habían podido ser reconstruidas todavía en su aspecto primitivo.

La procesión no había ido más allá de este primer pilono y solamente los altos dignatarios habían seguido al joven Tutanjatón más allá del primer patio, donde se alzaban los obeliscos de sus antepasados Aajeperkara[4] y Menjeperre[5].

Algunos sacerdotes portadores de máscaras que les daban la apariencia de dioses y cuyo papel iban a representar, salieron a su encuentro. Uno de ellos, identificado como Horus del Horizonte, y que disimulaba la cara detrás de una máscara de halcón, cogió una mano del rey y lo llevó hacia una capilla delante de la puerta del segundo pilono, edificado por Aajeperkara, y que constituía, desde la época de los Sesostris, la entrada principal del templo llamado Ipet-Sut.

Delante del dintel de la puerta donde Aajeperkara aparecía bajo el doble dosel de fiesta Sed, el príncipe pudo leer la inscripción que recordaba que la puerta grande media 20 codos (10,4 m) y que estaba tallada en piedra blanca caliza muy bella.

Ayudado por otro clérigo, que representaba al dios Atum y llevaba la otra mano del rey, Tutanjatón representaba el primer acto de la entronización que debía llevarlo a una sala del templo donde su cuerpo sufriría la primera transformación.

Los sacerdotes, sus guías, lo dejaron en manos nuevos clérigos para proceder a la “purificación”. El futuro faraón tomó entonces otro sitio en el centro de una especie de pilón rodeado de un banco no muy alto, sobre el cual subieron cuatro oficiantes. Éstos se colocaron en los cuatro puntos del horizonte para recordar el reparto de las cuatro partes del mundo, definidas por la antigua liturgia heliopolitana. Unas máscaras imitaban los cuerpos vivos de Thot con pico de ibis, del dios Set con hocico curvado y orejas derechas cuadradas, de Horus y Behedet con pico e halcón, y de otro halcón llamado Dunauy. Procedieron al “bautizo de Faraón” y a extender sobre su cuerpo una lustración de agua que brotaba de un aguamanil que cada uno llevaba en la mano. Tan pronto como el agua sagrada salía del vaso, transmitiendo la vida divina, materializada por el jeroglífico en forma de cruz ansada y el cetro con la cabeza del lebrero, transformaba la naturaleza del hijo real. En ese momento era ya digno de comparecer ante los dioses.

Luego fue guiado hacia el barrio del santuario destinado a los ritos de la coronación, llamado “casa del rey” (Per nesu). Sus elementos esenciales eran locales en forma de pabellones evocando los dos templos primitivos de Egipto. “La “casa del fuego” (o Per neser), capilla arcaica del Norte y la “Casa Grande” (o Per aa), templo primitivo del Sur. En el primer local estaban los sacerdotes que recordaban los personajes divinos más augustos: Nekabit, Buto, Neith, Isis, Nefthys, Horus y Set, y todos los que conformaban la Enéada. Su exaltación alcanzó el paroxismo cuando vieron al príncipe entrar en la capilla del Sur, donde lo esperaba la Hija de Amón, la Ueret Hekau (o la Gran Maga), diosa serpiente, levantando su capa inflada de cobra real: se precipitó sobre el niño para “abrazarlo” siguiendo la fórmula de ritual, se enrolló alrededor de su cráneo y levantó la cabeza por delante de la frente del príncipe. Éste, que desde hacía varios años había sido iniciado en el lenguaje de las serpientes, había sido reconocido como el heredero que debía subir al trono, y la mano invisible de Amón había dirigido a su hija hacia el rostro del soberano.

Entonces avanzó hacia él el sacerdote Inmutef (“Pilar de su madre”, recordando el papel que Horus había representado cerca de su madre Isis), llevando una piel de felino sobre el torso y cubierto con una peluca hecha de pelo trenzado cayendo sobre un lado y adornada con un gran bucle.

Con la ayuda de sus asistentes, fue posando, por turno, sobre la cabeza del elegido de Amón las numerosas coronas que le permitirían asumir las cargas, y cumplir con los papeles de Faraón. La mitra blanca y el bonete rojo, cuya reunión componía un tercer tocado llamado “las dos poderosas” o Pa Sejemty -del que los griegos hicieron el pschent-, la corona Atej del dios Ra, la diadema de la cabeza Seshed, la corona de piel azul o Jepresh, la corona Ibes, el penacho de plumas, y los diferentes tocados de tela de lino para ocultar las pelucas. Estos objetos sagrados, insignias de la monarquía de todos los tiempos, se conservaban en el templo y un día deberían volver allí. Sólo la diadema podría adornar, en el día de la muerte, el cráneo del hijo del dios, cuando fuera llamado a reunirse con su padre. Se hizo una excepción con la corona de función, que simbolizaba el dominio de ese hijo de dios sobre el reino terrestre: el casco de piel azul, o corona azul, llamada en egipcio Jepresh. Tocado con este última, el rey salió de las capillas. Por detrás del cinturón llevaba colgada la cola de toro de los jefes de clan primitivos, e iba calzado con sandalias cuyas suelas llevaban las imágenes de los nueve pueblos enemigos de Egipto, vencidos, que en adelante el rey dominaría para siempre.

Ahora iba a proceder a la “subida real”, franqueando el tercer pilono. El rey, antes de llegar al pilono erigido por Menjeperre, iba a bifurcar hacia la derecha e iba a ser conducido a una capilla lateral, al Sur de la gran antecámara preparada delante del pilono. Lo llevaron delante de un gran naos monolítico de granito rosa, colocado sobre un pedestal, de gres y rodeado, al este y al oeste, de “colosos osirianos”. En la penumbra impresionante del naos, dedicado por el ilustre antepasado Menjeperre y llamado “Menjeperre que pone las coronas”, Amón iba a colocar definitivamente sobre la cabeza de Nebjeperura la Jepresh, gracias a la cual reinaría sobre el dominio del Sol. El rey, arrodillado y dando la espalda al señor de Tebas, sintió la mano del dios sobre su nuca.

Durante una larga ceremonia mágico-religiosa lo investierondel “gran nombre”, formado por sus cinco títulos que habían compuesto los escribas de la Casa de la Vida bajo la orden divina. Los epítetos que acompañaban el enunciado de los cinco títulos variaban según los reyes, pero los elementos a los que se referían los epítetos eran inmutables.

Había en primer lugar el aspecto de Horus, encarnación del dios rey sobre la tierra que definiría al nuevo soberano, y después su doble naturaleza, recordada por la imagen de las dos diosas tutelares de Egipto: el buitre y la cobra, cuyas manifestaciones repetidas sin cesar evocaban la eternidad. El tercer nombre era el de Horus de oro, imagen del principio del bien y de la vida eterna que domina el mal y el aniquilamiento. Después venia el nombre propio precedido siempre de los términos. Rey del Sur y del Norte (nesut-byt) o nombre de coronación. Dios encarnado sobre la tierra, destinado a resplandecer en el mundo de los vivos, en el meridiano del cielo, ante todo, Faraón debía afirmarse resplandeciente de vida y de dinamismo; era “El del Sur” y a continuación “El del Norte”, y esta superioridad no era probablemente una consecuencia de las luchas políticas durante las cuales los jefes de clan del Alto Egipto hubieran fundado la monarquía: los nombres del faraón tenían una significación cósmica y religiosa. El príncipe Tutanjatón, en el día de su coronación, se convirtió en el rey del Sur y del Norte, Nebjeperu-Ra: “Ra es el señor de las transformaciones”. El quinto nombre del rey era su nombre solar, el de su nacimiento, que en el conjunto de sus títulos iba precedido del término Hijo del Sol; su madre Kiya lo había llamado Tutanjatón.

Se pedía a Amón, que lo había reconocido como su hijo, que le garantizase para la Eternidad jubileos de Ra, y que sobre la tierra cumpliese, como Horus, con su oficio de rey.

El rey salió el primero del santuario. Se adivinaba en segundo plano el inmenso aura de Amón, el Viento Oculto, que ahora le serviría de atmósfera. Sobre su cabeza llevaba colocado el casco Jepresh, el tocado de la monarquía llevado en casi todas las ocasiones. Amón se lo había puesto y el rey haría consagrar una estatua de esta imagen en el santuario.

El príncipe investido podía aparecer ahora como un rey y, delante de los representantes de todas las clases de Egipto, los sacerdotes enmascarados iban a representar la escena pública de la coronación.

Sentado entre las dos diosas del Sur y del Norte, en un sitial arcaico, llevarían de nuevo al soberano las coronas gemelas del Sur y del Norte y le colocarían ese Pschent sobre la cabeza. Delante de él, sacerdotes con las máscaras de los dioses de los puntos cardinales, o también evocando el aspecto del genio del Nilo, enrollarían alrededor de un pilar simbólico el lirio y el papiro, plantas del Doble País. Era la ceremonia del Sema-Tawy. Después le hicieron hacer el simulacro de un rito arcaico: La carrera alrededor del Muro del Santuario de Menfis, evocación de todo el dominio del dios.

En las manos del rey se vieron ahora los dos cetros tradicionales del gran Osiris: el cayado Heka, siempre asociado a la monarquía del Sur, y el mosqueador Neheh, atributo de la soberanía del Norte.

Cubierto con la Jepresh con que se había manifestado y había hecho su “aparición”, y después de haber llegado al centro del templo y de haber penetrado en el santuario de la barca, delante del cual brotaban como flores los dos pilares heráldicos de Menjeperre, Nebjeperura había pasado a las salas de la ofrendas y había llegado al santo de los santos. Para poder “contemplar la cara del dios”, por último había atravesado la gran sala de las fiestas, para llegar delante de las “puertas del cielo” o las “puertas del horizonte de Amón”. Allí, por primera vez, fue iniciado a las ceremonias secretas del culto.[6]

Y en ese punto llegó el momento transcendental. Aquel del que jamás se le había hablado pero que había formado parte del ritual de coronación desde que los primeros reyes sucedieran a los dioses en el trono.

Cuando lo dejaron solo ante la capilla de Amón y él se arrodilló ante la estatua de oro, un sonido precedió a la llegada de unos anillos familiares. Los había visto actuar en algunas ocasiones a lo largo de su corta de vida, rodeando  siempre a su padre o su sucesora. Nunca se le habría pasado por la cabeza que le iba a pasar a él.

Los anillos lo rodearon y la capilla desapareció ante sus ojos para ofrecer otro escenario bien distinto pero de un estilo familiar. Los anillos se retiraron y él parpadeó todavía arrodillado sin saber qué esperar o pensar.

A lo lejos se oían unos leves susurros. Un poco más cerca sonó un maullido, lo cual lo ayudó a tranquilizarse un poco. Entonces le llegó el sonido de unos pasos que se le acercaban. Un ritmo que hacía mucho tiempo que no oía pero que nunca llegaría a escuchar.

“No puede ser” pensó el niño abriendo y cerrando los ojos en un deseo de que todo aquello fuera una alucinación. Estaba cansado, podría deberse a eso . Porque la posibilidad era imposible.

Una mano apareció delante de sus ojos entretanto aquella voz desaparecida le instaba suavemente:

-Te están esperando  hijo mío.

Nebjeperura alzó la mirada lentamente hacia el origen de aquella voz. Y la imagen que tuvo ante sí lo paralizó como cuando vio su cuerpo  antes de ser llevado a la Per Nefer (Casa de Embellecimiento). Pero su aspecto  distaba mucho de aquel momento que todavía aparecía en sus pesadillas, degollado por unos traidores que lejos de ser castigados contaban con mayores privilegios… por haber salvado el Doble País según decían. Y que sólo ellos creían.

Ante él, su padre llevaba ropajes divinos en un esplendor enviado con seguridad por todos sus rivales. Eso era lo que ambicionaban para ellos, el poder y la riqueza… sin importar  los sacrificios que ambos suponían. El niño empezaba a saberlo, él no estaba allí porque quisiera… sino porque debía.

-Pa… Padre…

Él le regaló una cálida sonrisa que le incitó a aceptar la mano que le ayudó a levantarse. Después, con una tranquilidad pasmosa,  se aseguró de que tenía bien puesta la corona.

-No… no entiendo nada -consiguió decir- Vos estáis… ¿eso quiere decir que yo…?

Debía haber andado con  más cuidado. No tenía que haber confiado en los sacerdotes, ellos se las habían arreglado para mandarlo a la Duat durante la ceremonia. Realmente había sido muy ingenuo al creer que siendo el último con sangre real no lo matarían. Tenían a su hermana… ella podría legitimarlos.

“La Ueret Hekau” pensó “qué tondo he sido”. Se empezó a preocupar seriamente por su hermana.

Su padre se rió con ternura y le respondió:

-No estás muerto hijo mío, y yo estoy aquí porque Atón me escogió.

Había oído hablar de ello. De la elección que algunos dioses hacían de sus compañeros. A veces, mantenían un compañero para toda la eternidad; otras, cambiaban cada cierto tiempo para dejar descansar a sus amigos para siempre. Ser el compañero de un dios era un gran regalo.

-Estás aquí para conocer en persona a los dioses -le explicó su progenitor señalando el otro lado de  la amplia estancia en la que se encontraban.

Unas altas y estrechas ventanas permitían que la luz solar entrara en una habitación con dos filas paralelas de columnas. Los  tonos oscuros y dorados combinaban a la perfección dotando al lugar de una gran majestuosidad. El sol arrancaba destellos al oro y se reflejaba en el material oscuro.

Al otro lado de la estancia un pasillo de sitiales precedía a un estrado con dos tronos, uno de los cuales estaba vacío. Dos estatuas de halcón a ambos lados protegían los tronos principales y unos pebeteros perfumaban el ambiente. Los dioses, aquellos a los que servía y a los que todo les debía. Ellos les habían dado la vida y enseñado a vivirla. Cumpliendo  las leyes que eran su voluntad conseguirían encontrar su lugar y mejorarlo para los que estuvieran por venir.

Se dejó llevar por su padre ante las divinidades como un sonámbulo. No sabía cómo dirigirse a ellos ni qué decirles. ¿Era aquello una prueba? ¿Y si no les gustaba? Todavía estaba aprendiendo y dudaba mucho que tuviera tiempo para terminar aquel aprendizaje.

Las divinidades lo observaban con amable interés. Algunos rostros se le hacían conocidos, como si los hubiera visto. Los saludó uno a uno con sendas reverencias hasta que se detuvieron frente al estrado. A los pies de este estaba sentada la diosa Maat reconocible por la pluma que llevaba en su cabeza que intercambió un gesto cómplice con Bastet quien, sentada a su lado, acariciaba a un pequeño mau.

-Habrá tiempo para eso -le dijo su padre. Tutanjatón no sabía a qué se refería y no tuvo oportunidad de enterarse de mucho más.

Unas puertas se abrieron en lo alto de una escalinata que quedaba detrás del estrado. Todos los dioses se levantaron y se volvieron en aquella dirección.

Una figura lujosamente ataviada y cubierta por una máscara inició el descenso por las escaleras. Lo seguían unos niños  y adolescentes, algunos de los cuales portaban parte de su largo atuendo para no arrastrarlo por el suelo. Detrás de ellos, caminaba un guerrero cuya cabeza estaba cubierta con una máscara de halcón armado con una lanzadera.

Era Ra, Señor de Iunu, rey de los dioses y padre de todos. Era sabio, justo y con un sentido del humor bastante delicado.

Los demás dioses se levantaron y esperaron a que llegara antes de hacerle una reverencia. El niño se echó al suelo soltándose de la mano de su padre y  realizó una pronunciada reverencia pegando la frente contra el suelo.

El dios se sentó en el trono del estrado que quedaba libre . Su joven séquito lo  ayudó a colocar parte de su ropaje por encima del respaldo sin problemas.

-Nebjeperura Tutanjatón -lo llamó entonces-. Puedes levantarte.

Él lo hizo lentamente y se quedó ahí de pié, a la espera. Lo más prudente era dejar que el dios dirigiera aquella suerte de audiencia divina.

-¿Sabes por qué estás aquí? -le preguntó la divinidad.

Él negó con la cabeza. No iba a mentir.

-Los reyes siempre han hablado con nosotros antes y después de sentarse en el trono -le reveló el dios- para encontrar el camino de Maat y mantenerse en él.

El niño asintió pensando que no iban a dejarle hacerlo. Otros ya habían decidido por él.

-Tú eres el Divino Señor de las Dos Tierras -le recordó dándole a entender que escuchaba sus pensamientos-. Tú eres el que decide qué es lo mejor.

“No sé cuál es ese camino” pensó doblemente avergonzado.

-Eso no es cierto -le rebatió el dios.

Tutanjatón se sonrojó vivamente. La diosa sentada al lado de Ra le reprendió suavemente:

-Lo estás avasallando.

El dios resopló antes de plantearlo al niño con paciencia:

-¿Cuál crees que es el camino? Da voz a tu ib sin temor.

-El de Maat -dijo Tutanjatón obedeciendo-. Aquel que reserva un lugar y una vida digna para todos.

La deidad replicó:

-Ese es el único aceptable.

Debía empezar desde ahora. Pero…  no sería fácil, mucha gente se opondría a ello como lo hicieron  durante el reinado de su padre y de la sucesora de este. Y él no era mayor como ellos, no tenía sus fuerzas. Sólo estaban su Gran Esposa Real y las riendas las tenían aquellos que harían de todo para no renunciar a ellas y tener más.

-Tienes una vida por delante y nuestro favor -le indicó el rey de los dioses-. No necesitas nada más para presentarte ante  tu pueblo.

Tutanjatón fue humildemente honrado suplicando en su mente que aquello no provocara su ira:

-Ellos dicen que tienen vuestro favor.

-Pues se equivocan -gruñó Ra-. Ellos administran en nuestro nombre lo necesario para que la gente tenga a dónde acudir a nosotros cuando lo necesita, pero nuestro hijo elegido es quien se sienta en el Trono.

-Siempre estamos igual -comentó alguien-. Usan nuestro nombre para tener más poder y riqueza.

Otra voz, esta vez femenina, se unió a la conversación:

-Y acaban arruinando a toda la sociedad.

-Con la consiguiente decadencia de la que todos se olvidan al final -comentó otro dios.

Entonces el dios Atón dio un paso a su lado para colocarse a su altura y se expresó de forma contundente:

-Debemos seguir adelante. No permitiremos una nueva era de desdicha.

Ra alzó una mano exigiendo silencio antes de comentar:

-Ya no es sólo Khemet el tema que debemos tratar, esto se extiende más allá -hizo una pausa-. Haremos justicia y creo que ha llegado el momento de recompensar a algunos por su dedicación.

Entonces se dirigió al niño que confuso seguía de pié . No estaba muy seguro de saber qué había pasado o si lo había hecho bien. Estaba realmente agotado y todavía quedaba mucha ceremonia por delante… sin olvidar los deberes que aguardaban a la vuelta de la esquina.

-En cuanto a ti… ¿qué es lo que  quieres?

Esa pregunta no se la esperaba. Improvisó la respuesta lo mejor posible:

-Serviros a vos y a la Tierra Negra… lo mejor posible.

-Déjate de oficialismos -le rebatió con rudeza-. Quiero que me digas qué es lo que quieres para ti -notó su incomprensión y apostilló- ¿Si pudieras elegir qué decidirías hacer?

Nebjeperura apretó los labios un momento pensando qué podía contestar. Se encontró con la sonrisa de su padre  al que Atón le había vuelto a ceder el control. Lo animaba a confiar y a sincerarse. Eso fue lo que hizo pues… ¿cuándo podría tener una oportunidad para aunque fuera hablar desde el ib?

-Iría… por el mundo aprendiendo de otras tierras, descubriendo nuevas culturas… tal vez creando relaciones entre el Doble País y ellas…

Ra y la diosa que tenía al lado volvieron las cabezas para mirarse. Se tomaron de las manos un momento, un gesto íntimo que hizo sentir al niño un intruso. Luego, la divinidad volvió la mirada hacia él y sentenció:

-Bien. También tendrás oportunidades para eso -acto seguido anunció-. En unos días te enviaré a alguien en mi nombre, lo reconocerás por el colgante que llevará con mi ojo.

Tutanjatón, que había creído que nada superaría al privilegio de poder hablar con los dioses, vio que se había equivocado. Los dioses eran todopoderosos a niveles espectaculares.

-Gra… gracias -atinó a contestar. Las piernas le temblaban de una emoción imposible de disimular.

La divinidad se limitó a gruñir aprobadora antes de pedirle a Atón:

-Llévalo de vuelta.

Este asintió y ofreció su mano al niño que volvió a dejarse llevar de regreso a la plataforma de los anillos. Al mismo tiempo que los veían alejarse, Egeria captó su atención apretando levemente su mano. Una vez segura de que la tenía, le preguntó comprensiva:

-¿Te recuerda a alguien verdad?

El Supremo Señor del Sistema inclinó un poco la cabeza afirmativamente antes de responder:

-Como él salvará a su gente y como él merece disfrutar de la vida. Es lo justo.

-Y más ahora que sabe que su padre no fue condenado -le dijo ella perspicaz.

Él guardó silencio un minuto esperando a que Atón le entregara una bola de comunicación al rey. Después replicó muy seguro:

-Y todos  sabrán que su familia está bajo mi protección directa.

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[1]              Neferjeperura Uaenra: Nombre de coronación de Ajenatón / Amenofis IV

[2]              Nebmaatra: Nombre de coronación de Amenofis III

[3]              Kheru: El caido. Insulto dedicado a Ajenatón.

[4]              Aajeperkara: Nombre de coronación de Tutmosis I.

[5]              Menjeperre: Nombre de coronación de Tutmosis III.

[6]             Ceremonia de coronación descrita por Christiane Desroches Noblecourt en su obra Tutankhamen: vida y muerte de un faraón. http://egiptomaniacos.top-forum.net/t1668-la-coronacion-de-nebjeperura-tutankhamen

Parte I / Parte II / Parte III / Parte IV / Parte V / Parte VI / Parte VII / Parte VIII

 

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