El Principio VII

Continuamos con un inicio distinto de la Película  StarGate, la Puerta de las Estrellas (1994)

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Aviso: Contenido violento

Antes de que el sol despuntara en el horizonte Ra ya estaba listo para lo que iba a ocurrir inevitablemente. Esa inevitabilidad lo empujaba a convertirlo en una oportunidad aunque todavía no supiera cómo hacerlo. Lo sabría en el momento adecuado.

Sin embargo, el primer paso era el de sobrevivir. Una lucha a la que se había habituado y en la que tenía una extensa experiencia. Tal experiencia le sería de mucha ayuda a la hora de moverse durante las horas que transcurrirían pero que no tenía utilidad en su último descubrimiento: vivir, gozar de la vida y hacer que esta mejorara disfrutando de la recompensa.

Caminó con paso firme hacia la cabaña que ocupaban los padres de Nebnefer que ya estaban despiertos. En sus rostros leyó una aprensión debido a lo que iba a hacer y que sabían ya de antemano.

Él le tendió a Janus una de las lanzaderas que había traído de la Ha’tak y Atum repitió el mismo gesto con Melia.

-No las necesitamos -dijo el hombre cordialmente.

Ra alzó ambas cejas y planteó con extrañeza:

-¿Vais a usar vuestros dones?

Estos eran mucho más poderosos y efectivos que sus armas. Aquella batalla sería sencilla si contaban con esa ayuda.

-No, claro que no -contestó Melia. Su expresión recordaba a una madre que trataba de explicarle algo a su hijo con paciencia.

Empero Nebnefer entendía qué ocurría. Sus padres querían que los humanos avanzaran por sí mismos. Aunque los guiaran, ellos debían ser los que caminaran por la senda del desarrollo. Nadie debía hacerlo por ellos.

“Dejarán que luchen” pensó el joven inquieto “seguirán guiando”

Su padre asintió ante este pensamiento. Los ojos de Ra brillaron mientras gruñía:

-Formáis parte de la tribu, ellos confían en vosotros como vosotros lo hacéis en ellos -hizo una pausa-. Ya habéis hecho mucho más que guiar, si queréis que esto siga adelante tendréis que evitar la masacre.

Y él no estaba dispuesto a morir o dejar morir a aquella tribu que, a excepción de su jefe, lo había acogido con los brazos abiertos. Eran importante para su joven anfitrión, lo mismo que sus padres. En el fondo daba igual lo que determinaran hacer estos últimos, a él no se le pasaba por la cabeza que el joven pudiera perderlos.

¿Qué iba a pasar si las cosas no salían bien? La aldea sería conquistada, morirían aquellos que no aceptaran la situación y los demás se integrarían en la otra tribu. Los avances que habían comenzado se frenarían en el mejor de los casos, porque por su parte no probaría suerte con aquellos que masacrasen a los que se abrieron a sus proyectos. Tampoco iban a someterlo.

-No estaremos en igualdad de condiciones -objetó Janus.

Ra resopló:

-Nuestro número reducido lo compensará.

“Tampoco haría falta, tengo medios para acabar con todo esto en el acto” apostilló mentalmente. Janus y Melia, que habían escuchado su reflexión cogieron cada uno una lanzadera entretanto el primero decía:

-Te ayudaremos.

-Mejor -aceptó el Supremo Señor del Sistema seriamente-. Nunca me han derrotado y no voy a empezar ahora.

Los pocos minutos siguientes los dedicaron a hacer unos pocos preparativos. Primero los progenitores de Nebnefer aprendieron a usar las lanzaderas y luego pasaron de cabaña en cabaña a recoger a los niños que no fueran capaces de combatir.

Ante alguna reticencia comprensible viniendo de sus padres, les explicaron rápidamente su intención: ponerlos a salvo.  Si se los llevaban, ese punto vulnerable ya no existiría y los defensores no se distraerían de su objetivo sabiendo que estaban bien y fuera del peligro. Para los niños el lugar más seguro que existía era su Ha’tak, jamás los alcanzarían allí.

Fueron una docena los que reunieron junto a un par de madres que llevaban consigo alimentos para todos. Además, una de las cuales estaba encinta y no ayudaría mucho en la batalla que se avecinaba. Los dividieron en grupos más pequeños para que los anillos se los llevaran en varias veces.

-No desesperéis -les dijo Melia tranquilizadora-. Iremos a buscaros cuando todo acabe.

Su compañero la secundó:

-Tenéis comida más que suficiente.

Después de que los anillos se llevaran al último grupo, no tuvieron tiempo para relajarse. Alguien dio la alarma y estalló el caos que los puso en tensión. Ahora debían centrarse en enseñar a los atacante lo que les ocurría a los envidiosos y los avariciosos.

De las cabañas salieron todos, hombres y mujeres que gritando para disimular su miedo y provocar el de los atacantes mientras corrían a su encuentro. Los atacantes habían rodeado la aldea y penetraban en ella pos cuatro de sus lados.

“La próxima vez no será tan fácil” decidió mientras miraba veía las armas que portaban ambos bandos: cuchillos de sílex, lanzas, palos, piedras, hachas, garrotes y arcos. Estos eran los peores, se empleaba a distancia y no suponía un riesgo para quien lo empleaba al no exponerse tanto.

-¡Cada uno por un lado! -gritó el Supremo Señor del Sistema activando su lanzadera.

A la carrera fue junto a varios de los defensores. Antes de llegar empezó a disparar contra los que atacaban al mismo tiempo que veía que ya habían caído las primeras víctimas de ambos lados.

Dentro del estrés del combate nadie tenía tiempo para reparar en él, que se movía en agilidad. Llegó incluso a retar a algunos a ir a por él en combates cuerpo a cuerpo con el resultado de la muerte para quienes optaron por ser sus enemigos. Sus ganas y energías aumentaban con los gritos de dolor e ira que le llegaban.

En un momento dado llegó a ver al jefe que corría hecho una furia acompañado por cuatro hombres rugiendo:

-¡Ven a por mí si te atreves!

Lo perdió de vista instantes después. Pero recibió el mensaje, se lanzaba a por el enemigo. “Al fin veo tu valor” meditó Ra “deberías tenerlo para todo”. Ahora defendía lo que poseía y luchaba por mantenerlo. Además, era posible que alimentara el deseo de conquistar la tribu atacante para aumentar sus posesiones.

El calor no le afectaba y tampoco el cansancio. Su excepcional condición física le permitía aguantar y esquivar todos los intentos de envites. Sus contrincantes no podían decir lo mismo, algunos ya llegaban abrasados y fatigados. Seguro que no esperaban que aquello durara tiempo. Para ellos la clave estaba en la intensidad y la rapidez.

Al mediodía la situación cambió, mas no como él esperaba. Sin embargo, tampoco podía decir que se lo esperara o que no se alegrara. Súbitamente todo se detuvo y se hizo un silencio solo roto por algunos gemidos.

Dejó de disparar intrigado, pendiente de cualquier sorpresa que pudiera salir a su encuentro. Se mantuvo en alerta entretanto observaba a su alrededor.

Acto seguido se empezó a oír un sonido, que no reconoció. Pero sí lo hizo un triste Nebnefer que lamentó “Hemos perdido, es su grito de la victoria”. Las voces de la tribu enemiga se fueron elevando conformando un círculo que se fue estrechando a su alrededor. Pese a sus heridas y fatiga, saboreaban el triunfo y proclamaban su triunfo.

“No he decidido que estemos derrotados” le respondió al joven al mismo tiempo que ponía mucho cuidado en su marcha al centro de la aldea. Allí, ante el dispositivo de llamada del Sebaw ny esbau estaba el jefe de los atacantes. Herido y cubierto de sangre. Una imagen horrorosa a la que se añadían una fortaleza física y una altura inauditas.

-¡Ahora vuestro jefe soy yo! -exclamó enseñando su trofeo. Sus dedos asían el pelo del que colgaba la cabeza del jefe de la aldea.

Le faltaba parte del cráneo y un reguero de sesos y sangre marcaba el camino recorrido hasta allí. La mueca de la cara la deformaba con una fealdad que no debería ser concebible, proclamaba unos últimos minutos de vida agónico.

No sintió pena por él. Le enfureció que le perjudicara con su muerte. Empero, aquella vez no iba a permitir se pusiera en su camino, ni él ni nadie. Menos aún el miedo y la angustia de Nebnefer… todos causados por su nuevo enemigo.

La tribu se fue arrodillando ante aquel hombre, humillándose con los rostros pegados a la arena del suelo. Vio llegar a los padres Nebnefer quienes amagaron el gesto de los demás.

Mas quien llamó la atención de aquel autoproclamado vencedor fue Atum a quien le preguntó:

-¡¿Qué eres tú?!

Atum gruñó simultáneamente le dirigía una discreta mirada al Supremo Señor del Sistema. Este intervino con frialdad mientras se acercaba:

-Sólo me obedece a mí.

Su comentario tuvo el efecto esperado. Aquel hombre tronó:

-¡He acabado con vuestro débil jefe! ¡Ahora me pertenecéis a mí!

¡Había oído eso tantas veces! Y como en aquellas (donde los que hablaban así tenían más poder que aquel pequeño jefe) reaccionó al mismo tiempo que sus ojos se iluminaban:

-No, jamás.

El hombre tiró la cabeza del derrotado al suelo y dio un par de pasos en su dirección apretando el hacha cuyo filo estaba teñido de sangre:

-¡Entonces compartirás su destino!

-Respuesta equivocada -siseó Ra previamente a apuntarlo con su lanzadera y disparar.

Le bastó un solo disparo con el que le voló la cabeza. El segundo ayudó al cuerpo a caer al suelo a poca distancia de lo que quedaba de la cabeza del antiguo jefe. Su acción causó una gran conmoción entre los miembros de la tribu que había creído en su victoria segura, se callaron en el acto.

A ellos les retó:

-¿Queréis acompañarle?

La respuesta fue unánime y silenciosa. Todos ellos se arrodillaron ante él reverentemente. De esa forma le ofrecían su lealtad reconociéndole como jefe. “Ahora eres el jefe de todos” pensó Nebnefer epatado y sintiéndose más seguro. Lo segundo fue su primera victoria en aquel día.

Una consulta silenciosa a los progenitores del joven confirmó esa impresión. Alzó la voz para que todos los oyeran, primero habló directamente a las nuevas incorporaciones:

-A partir de ahora se hará lo que yo decrete. Lo que veis aquí no es nada comparado con lo que podemos conseguir si ponemos empeño. Sé que esta riqueza os ha atraído y si seguís mis indicaciones habrá mucho más; en cambio, si no lo hacéis ya conocéis vuestro destino -después le habló a la gente de Nebnefer-. Vosotros, que ya habéis probado la certeza de mis palabras, también trabajaréis e iréis recogiendo los beneficios. Seguramente otras tribus ambicionarán nuestros logros pero después de esto se lo pensarán mucho antes de atacar, haremos que ni se les pase por la cabeza y aprendan también el valor del esfuerzo.  Hoy empieza una nueva era, para vosotros y para todos los demás.

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2 comentarios en “El Principio VII

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