El Principio VI

Continuamos con un inicio distinto de la Película  StarGate, la Puerta de las Estrellas (1994)

Ra definiría más adelante aquellas jornadas como la calma previa a la tempestad. No por ser esperada esta dejaba de ser indeseada. Para él fue como una interrupción de su rutina, molesta, pero asumible. Ese no sería un obstáculo que le impidiera continuar la puesta en práctica de sus planes, como mucho sería un facilitador.

Fueron dos días en los que Nebnefer apenas sí pasó tiempo en la pequeña aldea. Gran parte del tiempo lo dedicó a caminar por el familiar entorno buscando las semillas y el grano que Ra quería en los puntos del plan mental que había trazado. Disfrutaba con la exploración, el descubrimiento de los pequeños cambios en una naturaleza que apenas variaba.

Consigo llevaba lo habitual para aquellas salidas, algo de comida para el día y una bolsa que iría llenando. Ahora podía llevar más peso durante más tiempo, lo que implicaba que la cantidad de carga también aumentaba. Además no era necesario volver con todo el peso, los anillos se llevaban las bolsas que se quedaban en la Ha’tak hasta que el almacén estuviera preparado.

Él se esforzaba por escoger lo mejor antes de guardarlo consciente de que eso era vital. Si el producto estaba quemado, húmedo o roído debía darlo por perdido. Lo dejaba donde lo encontraba, para que sirviera de alimento a los animales y las plantas de la zona.

Paraban poco, lo justo para comer y descansar. Sentado a la sombra de árbol, Nebnefer le enseñaba a Ra la realidad que reflejaban los datos que recibiera de Atum. Sobre todo le hablaba de  propiedades que tenían algunas plantas o frutos desconocidos. De vez en cuando aparecía algún animal, pequeño o mediano, del que también le contaba lo que sabía.

Ra y Atum solían guardar silencio, limitándose a escuchar con atención. El joven se sentía muy bien así, le gustaba explicar y mostrar lo poco que sabía. Igual que él era feliz aprendiendo.

Sólo en dos ocasiones dijeron algo, interrumpiendo su explicación. La primera vez fue cuando, en una de sus zonas de recolección, molestaron sin querer a una peligrosa criatura que pese a su comportamiento nocturno gustaba de tumbarse al calor del sol.

-¡Detente! -gruñó Atum con esa voz capaz de provocar escalofríos durante bastante rato.

Él preguntó quedándose quieto:

-¿Por…?

Obtuvo la respuesta por otra vía. Vio a la cobra[1] marrón alzarse y extender  intimidadora su capucha mientras siseaba.

“Oh no, debimos meternos en su territorio” lamentó Nebnefer. Lógico, aquel sitio era ideal para su menú: otras serpientes, mamíferos pequeños, sapos, aves y huevos.  Era normal que lo defendiese. Y su veneno actuaba tan rápidamente que la víctima apenas alcanzaba a lamentarse.

Su nerviosismo se topó con la serenidad de Ra que le recomendó mientras estudiaba a la criatura “Vamos a ir caminando hacia atrás lentamente, que vea que nos marchamos”.

-Nos vamos -le dijo a Atum que asintió antes de empezar la retirada.

Esa estrategia tranquilizó a la cobra que recogió su capucha y se tumbó otra vez al sol. Una vez a una distancia segura, Nebnefer les agradeció a ambos:

-Muchas gracias, no sé qué habría pasado.

Atum se limitó a gruñir pero su mejor amigo le comentó “habría podido ser doloroso, pero no mortal”. Esa revelación lo pasmó tanto que Ra tuvo que aclarar “desde la implantación tienes una mayor resistencia e inmunidad”.

-Gracias por eso -replicó el joven.

El Supremo Señor del Sistema aceptó ese agradecimiento con esa mezcla de sentimientos a la que se estaba acostumbrando que lo hacía sentirse mejor que nunca. Que alguien lo valorase así, más que lo que podría hacer un esclavo, era invaluable. “Aún y así mira por dónde vas” le instó.

Nebnefer se comprometió a hacerlo. Pero eso no significó que dejase de pensar en aquella magnífica criatura durante las siguientes horas. Imponía respeto, pero si no se le hacía sentir amenazada, te dejaba marchar. Notó que a Ra también le gustaba ese animal y con una sonrisa prosiguió su camino.

Ya se hacía la hora de regresar cuando llegaron a un lugar donde crecía el trigo cuyo grano debían recoger. Vieron que entre las espigas había una serie de roedores que se estaban dando un buen festín. Suspiró, aquí tendría que tener mucho cuidado con su elección.

Los pequeños animales no se asustaron su presencia, seguían comiendo con buen apetito. Ello condujo a una inusitada reflexión molesta por parte de Ra “eso va a ser un problema”.

-Podemos ir a otro sitio -propuso Nebnefer que no quería fallar. Más adelante no habría semejante plaga que le disgustaba a Ra.

Atum gruñó:

-No tenemos tiempo, cogeremos de aquí.

El joven apretó los labios aceptando sus palabras, pronto anochecería. Se dispuso a trabajar cuando de repente un elegante animal[2]   hizo su aparición. Excelente depredador saltó para atrapar a uno de los ratones con sus garras. Después lo agarró con la mandíbula y se marchó ignorando la estampada que había provocado entre otras posibles presas.

El pelo de la criatura recordaba a las arenas del desierto. Esa capa tenía unas suaves machas oscuras que se esparcían por todo el cuerpo siendo más extensas y negras en las patas. Sus ojos verdes le permitían ver en la oscuridad y, junto a su oído y su olfato,  era el peor depredador que uno podía tener, pocas vez fallaba.

Se alimentaba principalmente de ratones y ratas, pero también sabía que comía pájaros, reptiles e insectos. Al contrario que la cobra, para este animal no suponía un problema el internarse en su territorio salvo que se fuera directamente a buscar problemas. El peor de los problemas era acercarse a sus crías mientras estuvieran al cuidado de su madre.

“Y ahí está la solución” decretó Ra sacándolo de su ensoñación. Nebnefer parpadeó sorprendido y aliviado al mismo tiempo. Sin embargo, había estado tan ensimismado en su contemplación que ahora había perdido completamente el hilo de los pensamientos de Ra.

“¿El mau?” inquirió intrigado.

Enseguida recibió la confirmación con otra pregunta “¿Por qué lo llamas así?”

Nebnefer se encogió de hombros “Es el sonido que hace” y lo imitó. Atum lo miró inquisitivo al mismo tiempo que Ra decidía que ese animal le gustaba, sería mucho mejor que la cobra para solucionar el problema que se le había presentado.

“Necesitamos uno, mejor dos para empezar” determinó el Supremo Señor del Sistema.

Su anfitrión le contestó con cierto desasosiego porque no era agradable poner pegas a las ideas que tenía y que él era el primero en apoyar, “Son difíciles de atrapar”. Eso pedía más que una pausa en lo que estuvieran haciendo. Eran animales muy inteligentes, independientes y desconfiados.

“Tendremos tiempo para todo” le dijo Ra tranquilizador “Además primero tenemos que estudiarlos”. Tenía razón, no disponían de mucha información. Eso se debía en gran parte a que la tribu nunca se había interesado realmente por ellos, pues no creían que de los mau pudieran conseguir algo provechoso que hiciera que la caza valiera la pena.

Atum resopló impaciente, el tiempo corría en su contra. Consciente de ello, Ra le indicó a su anfitrión “coged lo que podáis, mañana seguiremos”.

Nebnefer inclinó la cabeza afirmativamente antes de ponerse manos a la obra. Lo hizo entusiasmado y para cuando llegó la hora ya tenía la bolsa a rebosar de grano. Entonces llamó a los anillos tal y como había aprendido de Ra para después ir a dejar la bolsa en un almacén temporal de la Ha’tak junto a las que habían llenado antes.

Luego volvieron a bajar a la aldea, a tiempo para reunirse con los demás miembros de la tribu. Muchos de ellos les dieron la bienvenida y le preguntaron dónde había estado. El contestó con esa ilusión que lo invadía cuando conocía cosas nuevas:

-He estado explorando.

-¿Y no has traído nada? -intervino el jefe. Estaba enfadado con él porque según lo que veía no había recolectado-. Ya no tienes edad para esas cosas, la próxima vez irás con los cazadores.

Ese hombre lo subyugaba con su prepotencia. Podría decidir castigarlo y esgrimir razones bastante válidas o que aparentaban serlo. Esa sola idea lo acongojó, eso no ayudaría a nadie más que al propio jefe y perjudicaría a Ra, lo cual era lo último que deseaba.

Sin embargo el Supremo Señor del Sistema le pidió que le dejara a él y el joven cedió disculpándose. “No te disculpes, no tienes por qué” le ordenó rotundo entretanto sus ojos brillaban y Atum, captando el tinte amenazante de las palabras de aquel hombre, se puso en guardia.

-Ha traído un conocimiento que beneficiará a la tribu más que un día de caza -le rebatió Ra al jefe con rudeza-. Ese beneficio será tuyo, pero dejarás que haga lo que quiera.

-Pues espero verlo pronto -sentenció el aludido antes de iniciar la retirada.

Reculaba porque no le convenía quedar en mal lugar ante él y el resto de la aldea. Empero era tarde para eso a ojos del Supremo Señor del Sistema que repuso duramente:

-Antes de lo que crees.

“Y nada de lo que digas o hagas me detendrá” añadió muy seguro. El jefe tuvo que marcharse si no quería empeorar las cosas.

African wild cat, as seen in the Etosha Park, Namibia

[1]              Hablamos de la Naha haje. Más información en: https://es.wikipedia.org/wiki/Naja_haje

[2]              Hablamos del Felis silestris lybica. Más información en: https://es.wikipedia.org/wiki/Felis_silvestris_lybica

Parte I / Parte II / Parte III / Parte IV / Parte V

 

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3 comentarios en “El Principio VI

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