El Principio IV

Continuamos con un inicio distinto de la Película  StarGate, la Puerta de las Estrellas (1994)

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Ra se preparó a conciencia antes de comparecer ante el jefe de aquella aldea. Se tomó el acontecimiento con la transcendencia que le correspondía. Por muy poca cosa que fuera, sabía que la mejor manera de conseguir su objetivo era para por aquella fase. Debía provocar su curiosidad y asombro de modo que fuera más abierto a él… antes de que se Tau’ri se diera cuenta lo tendría comiendo de la palma de su mano y feliz de ello.

Primero se dio un buen baño en una agua tibia tan trasparente que a su anfitrión le costaba creer que fuera posible algo así. Se lavó a fondo con unos jabones que eliminaron todo resquicio de pintura tribal y polvo. Después se secó con una suave toalla cuyo tacto notaba mejor con aquel cuerpo.

A continuación se contempló en el espejo descartando inmediatamente volver a ponerse la poca ropa de Nebnefer, si a eso se le podía llamar ropa. Directamente la incineró, aquel era un nuevo comienzo para todos.

El joven apenas se había recuperado de la impresión de verse reflejado en la cristalina superficie del espejo cuando Ra accedió al vestidor que guardaba su vestimenta habitual. Tal cantidad de colores encantaron a Nebnefer y el Supremo Señor del Sistema le concedió unos pocos minutos para los mirara con mayor detenimiento.

“Son enormes” fue una de sus reflexiones que le provocaron una mueca. De algún modo casi increíble él se topaba de pronto con el hecho de que le gustara sorprender de esa manera a su anfitrión.

-Se pueden ajustar a nuestra talla -le dijo con voz segura-. No me llevará mucho tiempo.

La atención de Nebnefer se quedó prendida de un atuendo bastante colorista que para él destacaba entre otros. No era el que hubiera elegido él, pero era mejor seguir sus inclinaciones pues ellas le eran de gran ayuda en Tau’ri.

-¿Esto? -le preguntó mientras acariciaba una parte de su tela.

La respuesta mental lo pilló desprevenido.

“No, cuantos más colores llevas más alto estás en la sociedad”. A través de sus conocimientos descubrió el motivo, los colores requerían cierto esfuerzo extra que sólo se podía permitir un líder para el que se hacían esas cosas. Él era el Supremo Señor del Sistema, pero allí eso no valía nada. No era un jefe, todavía no.

No olvidaría ese dato, como tampoco el que al joven le había gustado esa vestimenta más que las demás.

-¿Y este otro? -cuestionó mostrándole otra alternativa. Combinaba un color dorado con el blanco. Le recordaba a la claridad del sol.

Nebnefer pareció pensárselo un poco. Sin embargo, pronto aprobó esa elección. Ello tuvo un nuevo efecto sobre él, apareció otra mueca en su rostro pero distinta a la anterior… aunque ambas estuvieran estrechamente relacionadas: el placer era el origen de las mismas. Un placer compartido con aquel joven de buen conformar que gozaba en unos momentos que para otros hubiera significado un martirio.

-Bien -repuso Ra teniendo claro cuál iba a ser la base de su vestuario a partir de ahora. No era un mal cambio.

Le llevó muy poco tiempo prepararlo para fascinación del joven. Decididamente aquella tan nueva como misteriosa vía prometía mucho para quien veía las oportunidades que se le presentaban. No habría nada que no se pudiera superar si se consumaba esa unión entre Goa’ulds y humanos.

Ra se atusó el cabello dejándolo liso y sujeto ligeramente por la parte de atrás. Después cogió su Kara’kesh cuyo tamaño redujo para ajustarlo a su mano. No había graves amenazas en Tau’ri, pero era mejor estar siempre preparado. Él podía suponer el mayor peligro en aquel planeta si se lo plantease, mas no debía descartar el que otros decidieran cometer el error de pretender algo contra él.

Sus ojos brillaron mientras ambas gemas resplandecían a su contacto. Ahora se sentía completo. Invulnerable, más fuerte que antes… ni siquiera con su último anfitrión Unas se había sentido así.

Atum lo esperaba en el puente de mando. No dijo nada aunque Ra captara enseguida su perplejidad.

-Así venceré todas sus reticencias.

-Te estás tomando demasiadas molestias -repuso Atum.

El Supremo Señor del Sistema le rebatió firmemente mientras sus ojos brillaban:

-Pronto entenderás que no son molestias.

-¿Y qué son? -le planteó mansamente.

No osaría cuestionar nada de lo que hiciera, pero se esforzaba por comprender algo que le resultaba a todas luces ilógico. A fin de cuentas, los Goa’ulds siempre tomaban lo que querían sin reparar en nada más.

-Inversiones para nuestro futuro -respondió Ra antes de ordenar-. Quiero que coloques el Sebaw ny esbau y el dispositivo de llamada en el centro de esa población.

Su interlocutor se limitó a asentir antes de preguntar mientras interactuaba con una de las consolas:

-¿Algo más?

-Quiero saberlo todo sobre este planeta: flora, fauna, materias primas, clima, actividad sísmica y volcánica, si existen otras poblaciones como la que hemos encontrado y todo los datos que puedas encontrar -indicó el Supremo Señor del Sistema.

Atum respondió:

-Lo tendrás cuanto antes.

-Avísame cuando lo tengas -le dijo el Supremo Señor del Sistema- y pon la Ha’tak en órbita.

No le gustaba la situación en que se encontraba su nave, tampoco en la que se quedaría. Ya solucionaría este asunto más adelante, tenía tiempo de sobra para detalles como aquel.

-Estaremos en contacto -sentenció previamente a abandonar el puente de mando.

Un poco más tarde, pasados unos minutos, Ra se reunió con los padres de Nebnefer. Estos lo miraron de arriba a abajo antes de mirarlo con aprobación. Fue el hombre el que le dio su opinión:

-Muy adecuado. Llama la atención porque es diferente pero discreto.

-Se mostrará receptivo ante tu apariencia -corroboró la madre de Nebnefer.

Su compañero señaló una cabaña que era un poco más grande que las demás y que tenía una posición prominente frente a las demás. Lo malo de ese tipo de construcciones era que se destruían fácilmente, en cambio se construían con la misma facilidad. Prueba de ello era que no quedaba ya ningún resto que probara su llegada horas antes.

-Nosotros esperaremos fuera -le dijo Janus-. Esta primera reunión debe de ser sólo entre vosotros.

Ra gruñó. Eso sonaba a una encerrona. Empero no creía que fuera culpa de aquella pareja, sino de un jefe que no debía estar muy seguro de su posición al frente de la tribu. Ese era uno de sus problemas, el dejar de creer que en sí mismo, el camino a la debilidad estaba expedito y lo explotaría con habilidad. Mas no lo haría del modo habitual.

Esa primera impresión se vio confirmada cuando entró en la cabaña. El jefe, un hombre corpulento y en forma vestido de pieles coloristas, lo miraba con cierta suficiencia desde un sitial en compañía de dos mujeres arrodilladas a ambos lados a las que despidió con un ademán.

Sin inmutarse aceptó el examen visual al que fue sometido por las mujeres antes de marcharse primero y por el propio jefe después. Permaneció quieto ante el punto donde se solía encender el hogar de la cabaña, esperando a que hablara mientras escrutaba su expresión que le revelaba pensamientos que el hombre nunca diría en voz alta. Como por ejemplo, el jefe le tenía envidia ya sólo con el aspecto que presentaba, pero no se sentía insultado.

-Así que tú eres Ra -habló el hombre revelando cierta incredulidad-. ¿De dónde vienes?

Una pregunta muy atinada. Seguro que se lo habían explicado ya, así que no entró en detalles al contestar:

-De entre las estrellas.

-¿Y qué te ha traído aquí? -le preguntó pretendiendo incomodarlo.

Ahí no había necesidad de ocultar nada ni de mentir. Fue tan sincero como lo fue con Nebnefer:

-La necesidad de vivir.

-Yo diría que te las apañas bastante bien -apuntó aquel hombre señalando directamente su ropa-, no encontrarás eso por aquí.

Era el momento de redirigir la conversación, lo cual el hizo con habilidad:

-Puedo ayudaros a encontrarlo.

La avaricia no quedó eclipsada por el interés que mostró su interlocutor con su siguiente pregunta:

-¿Y eso por qué?

-Porque me salvasteis la vida por medio de Nebnefer -respondió el Supremo Señor del Sistema-. Y quiero compensaros por ello.

Al jefe no le entusiasmó que hablara de Nebnefer, a Ra tampoco le agradó que eso le hiciera sentir incómodo al joven. Ese hombre no era una persona digna de él, por su bien más le valía aceptar lo que ofrecía.

-Has elegido bien, somos los mejores de todo el valle -declaró el jefe envalentonado. Iba por muy mal camino. Seguro que cualquier otro valdría más que él, sobre todo si pensaba en los padres de Nebnefer.

Ra aprovechó eso para insistir omitiendo el que las cosas no eran como el jefe presumía:

-Os ayudaré a mejorar vuestra calidad de vida, muchos os envidiarán.

-¿Y qué quieres a cambio de eso? -inquirió el hombre dejando claras tanto la distancia  que marcaba su posición como líder como su desconfianza naturas a las novedades drásticas.

“Pues evolucionas o estás perdido” meditó el Supremo Señor del Sistema. Él lo había tenido que hacer desde su nacimiento, aprendiendo según iba avanzando para evitar que lo mataran. Pero ahora empezaba a asimilar su verdadero significado previamente a contestar:

-Nada más que vivir entre vosotros junto a Nebnefer.

Súbitamente se escuchó un clamor procedente del exterior cuyo motivo él ya conocía. El jefe se puso en tensión y lo miró con los ojos entrecerrados, temía que se la hubiera jugado de algún modo.

-Y este es mi primer regalo -le anunció sin perder el aplomo.

También mantuvo sus formas cuando el hombre le faltó al respeto levantándose y pasando por su lado sin decir nada. Se limitó a resoplar simultáneamente sus ojos brillaban y salió tras él.

Hombres y mujeres de diferentes edades formaban un círculo en torno al Sebaw ny esbau que presidía el centro de la aldea. El dispositivo de llamada estaba a unos metros de él y nadie, salvo los progenitores de Nebnefer que sonreían abiertamente, se atrevía a acercarse tampoco al dispositivo de llamada que descansaba a unos pocos metros.

Astria Porta -escuchó que susurraba Janus. Era el nombre original.

El hombre que tenía el mando de la tribu disimuló su nerviosismo ante su gente. Pero no hizo lo mismo con su irritabilidad cuando exigió saber:

-¡¿Qué es eso?!

-Es un Sebaw ny esbau -le explicó Ra tajante conteniendo su impulso de castigar su insolencia-. Una puerta a las estrellas que no tiene nadie más que tu pueblo.

El saber que tenía algo único aplacó al jefe momentáneamente. Sus ojos se pasearon entre los viejos símbolos y sin dejarlos de mirar le preguntó:

-¿Eso nos llevará a tu lugar de origen?

Ra intercambió sendas miradas con los descendientes de los creadores de aquel artilugio. No merecía la pena entrar en correcciones con un hombre que sólo consideraba las cosas en función de su utilidad para su vanidad y ambición. Cuanto menos supiera mejor.

-Y muchos lugares más -contestó el Supremo Señor del Sistema resulto-. Pero antes de eso tengo más cosas que daros.

‘Tener’ y ‘dar’ eran palabras muy golosas para aquel jefe que no iba a ser un gran obstáculo para sus planes de futuro.

Parte I / Parte II / Parte III

 

 

 

 

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5 comentarios en “El Principio IV

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