El Principio III

Continuamos con un inicio distinto de la Película  StarGate, la Puerta de las Estrellas (1994)

 

Ra no se paró a pensar en el cambio que había experimentado. Exteriormente no se notaba pero interiormente, estaba más claro que la luz del astro rey del que tomara el nombre. Todo lo que había sido y creído había sufrido tal cambio que si antes de aquel planeta se le hubiera presentado semejante transformación, la habría negado.

Trasformación, esa era la palabra. Había sido una cosa y ahora era otra. Antaño sólo le había preocupado alcanzar las mayores cotas de poder y riqueza para sobrevivir. Ahora se daba cuenta de que en realidad había estado caminando a ciegas, sin saber qué buscaba realmente… Y por fin lo había encontrado.

En aquel mundo atrasado en muchos aspectos pero avanzado en uno al que jamás le había prestado atención: la Vida. Se veía en aquellos seres, igual que había observado en los Antiguos que se lo habían explicado muy brevemente, que existían para sobrevivir pero sobre todo deseaban vivir.

Ese fue el motivo por el que mentalmente le dio un nombre a ese mundo que lo haría destacar entre otros muchos que dominaba su raza. Los padres de su anfitrión le indicaron el nombre que su gente le pusiera: Terra. Pero aquel nombre apenas era conocido por ellos y otros pocos de los suyos que siguieran viviendo.

No, aquel era un comienzo. Un nuevo camino que no sabía a dónde lo llevaría. ¿Sería difícil?, seguramente; ¿duro?, no cabía duda; ¿le darían ganas de volver a lo conocido pero no por ello bueno?, claramente. Pero  no se rendiría, seguiría adelante sin importar a qué  complicaciones tuviera que hacer frente… fueran obstáculos o gente que se resistiera a ello.

Si algo era el Supremo Señor del Sistema era persistente… esa cualidad le había acompañado siempre. Le había permitido enfrentarse a enemigos ante los que otros habían preferido rendirse, y él había movido los hilos para que hasta los que pensaron en rendirse no lo hicieran y trabajaran con él.

Ese nuevo camino que abría una nueva época requería un nombre que lo hiciera lo visible y patente. Ra tuvo pocas dudas al elegir la nueva denominación de un descubrimiento que englobaría al planeta en el que lo hiciera:

Tau’ri: El Primer Mundo.

-Te presentaremos al jefe de la aldea -le dijo el padre de Nebnefer-. Procura ser amable con él.

Sus palabras lo extrañaron y por ello le planteó:

-¿Qué quieres decir?

-Sabrá que eres poderoso, más poderoso que él -contestó esta vez la madre del joven-. No supongas una amenaza.

Ra frunció el ceño y replicó:

-Eso no tiene sentido. Si soy más fuerte que él debería ocupar su lugar.

Si uno era débil caía a manos de alguien más fuerte que él. Este último tendría que cuidarse de no acabar como su antecesor. Siempre había sido así.

El hombre negó con la cabeza:

-Ese no es el camino, te estás equivocando -a continuación le indicó-. Hazte imprescindible para el pueblo, que ellos sientan que te necesitan para vivir mejor, ese es el auténtico poder.

Su compañera se lo confirmó:

-No han avanzado mucho más por eso, porque ni siquiera ellos lo saben.

Su anfitrión ayudó un poco para esclarecerlo “cuando un jefe da muestras de debilidad se le mata y otro ocupa su lugar”. Un ciclo, todo se reducía a un ciclo que él conocía demasiado bien como para entender que ese no era el camino que iba a seguir.

-Lo pensaré -concedió el Supremo Señor del Sistema con un gruñido-. Volveré en unas horas para conocer a ese líder.

¡Hasta a él le sonaba raro eso viniendo de él!

Seguido por el silencioso Atum se alejó unos metros antes de llamar a los anillos para que los llevaran de regreso a la Ha’tak. Fue ya dentro de la nave cuando le dirigió la palabra a Atum:

-Tau’ri será nuestra salvación.

-¿Tau’ri? -le preguntó su acompañante extrañado.

Ra replicó con pocas ganas de que se discutiera su decisión:

-Ese es el nombre que le he puesto.

-Entiendo -repuso Atum que captó perfectamente su tono de voz- ¿Llamo a los demás?

El Supremo Señor del Sistema exclamó autoritario:

-¡No! ¡Yo te diré cuando lo haremos!

“Primero debo preparar a los habitantes de este planeta” pensaba “Y luego a los demás”. Por mucha prisa que tuviera sabía que eso requería de bastante tiempo si quería que las cosas salieran bien. Por otra parte, su raza podría esperar… y llegarían allí los más válidos y merecedores de la oportunidad que se le ofrecía. Eso era algo en lo que debía pensar detenidamente y en aquel momento no era prioritario.

Dio la conversación por terminada y se dirigió directamente en el sarcófago. Pese a haberse recuperado perfectamente antes todavía no estaba en plenas condiciones para afrontar la nueva etapa que requeriría de toda su energía tanto física como psicológica. Todavía no había acabado, ni mucho de menos, de estudiar a aquella raza primitiva.

Un rato en el sarcófago sería suficiente para empezar con aquello y tener unas ideas claras que en poco tiempo más concretaría añadiendo detalles, características o diferencias que ya comenzaba a atisbar.

Ese proceso fue tal y como había previsto hasta cierto punto. A través de su joven anfitrión que siempre se había mostrado sorprendentemente abierto y colaborador. La otra fue la sencilla (para él) revelación del funcionamiento de la psique de aquella raza a la que le daría mismo el nombre del planeta que jugaría a su favor a partir de aquel momento.

Mas antes de todo eso se dio cuenta de algo que lo pilló desprevenido. Por primera vez, muy por debajo de los efectos beneficiosos del sarcófago, percibió que les hacía daño tanto a Nebnefer como a él.  No era grave, pero a la larga podría serlo si continuaba usando el sarcófago habitualmente; entre sus planes no entraba desprenderse de él.

Cuando ya salió en perfectas condiciones, se quedó mirando el aparato y rezongó previamente a ponerse a trabajar:

-Hay muchas cosas que arreglar, Tau’ri tendrá que esperar un poco.

Encontraría el problema de funcionamiento, lo resolvería y continuaría con sus planes. Tenía todo el tiempo del mundo, sin embargo esta incidencia no osaría pararlo.

Parte I / Parte II

 

 

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6 comentarios en “El Principio III

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