Maat e Isefet

Una lucha librada durante milenios. Caos y Orden, eternamente enfrentados…

Ha llegado el momento de que la batalla definitiva decida cuál imperará… aquella opción  que seguirá creando o la que todo lo destruirá

Advertencia: Violencia y sexo explícitos.

Lo primero que percibió al volver en sí fue el dolor de cabeza procedente de la parte de atrás. Cuando intentó llevarse la mano a esa zona descubrió que no podía moverla, de hecho ambas manos estaban inmovilizadas. Además algo tapaba su boca impidiéndole hacer cualquier sonido… e invocación.

Abrió los ojos y no reconoció el lugar en el que se encontraba. Era una sala oscura pese a estar iluminada por unas pocas lámparas. Firmes columnas sostenían el techo de piedra, lo cual podía indicar que se encontraba en cualquier morada divina de su amada tierra.

Pero no era así, en ningún lugar como una divina morada estaría golpeado y encadenado. Porque esa era su situación, lo comprendió en cuanto sus ojos se hicieron a la penumbra.

Aquello era chocante, no recordaba cómo había acabado allí. Lo último había sido su viaje en solitario para rescatar a su hermana, algo que había creído fácil al principio… Ahora maldecía aquel acto, uno por el que iba a ganarse una soberana reprimenda por parte de tres Divino Señores de las Dos Tierras que no estarían nada contentos.

Sin embargo sabía que de poder volver atrás. lo habría hecho otra vez. No era ajeno al hecho de que sólo él había podido conocer aquel camino… uno peligroso pero directo… uno por el que no se le esperaría venir.

Se había equivocado.  Se daba cuenta demasiado tarde.

“Lo que está hecho está hecho” se dijo a sí mismo “Ahora hay que salir de aquí”.

Daba igual que el camino lo hubiera llevado allí. Lo importante era seguir avanzando, pues era lo correcto… la vía de la Regla. Sus caminos eran misteriosos, incluso para él que lo entendía una vez pasado el trance.

Nunca eso había sido tan cierto como entonces, cuando vio que llegaban unos servidores cargados de lámparas que colocaron para que luego unos sacerdotes las prendieran e iluminaron de ese modo la estancia.

El rey de la Tierra Negra bizqueó hasta que se habituó a la iluminación. Constató el lujo de aquel lugar aunque el estilo de las estatuas, las representaciones y hasta el mobiliario le avisaba de que el futuro no se presentaba muy halagüeño. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

Los religiosos sabían que estaba allí, pero lo ignoraban. Eso no era positivo, casi era mejor esperar que fueran ellos los que lo intentaran asesinar. Ello era el anuncio de que estaba siendo reservado… y ya sabía quién le tenía semejante odio.

“La bronca que me esperará no será nada en comparación” concluyó.

De pronto por la entrada llegó un hombre que portaba un pequeño cuerpo. Supo enseguida quién era, su hermana, que parecía dormir plácidamente. La niña, totalmente desnuda, fue puesta encima de un amplio altar lleno de inscripción. Sus pies y manos fueron atados a las cortas cadenas con que contaba el ara.

Senet[1]” pensó preocupado “Senet, no”. ¿Por qué tenía que tomarla con ella? ¿Acaso no lo quería a él? Ya lo tenía… Sin embargo la crueldad de su captor, ni más ni menos su hermano, iba aparejada a su odio… le daría allí donde más le dolía. Que era ni más ni menos que hacer sufrir a su familia.

Aún tendría que darle las gracias por que el resto de sus seres queridos no estuvieran allí.

El religioso se hizo a un lado cuando llegó lo peor que podía ocurrirle a la Creación. Desde luego era como recordaba que era la última vez que había podido crecer. Aparentaba dos años más que él, su figura era más alta y ancha que la suya… se notaba su poder y su fuera. Igual que su ira, la cual acentuó su cruel sonrisa cuando despidió a los demás.

-Dejadnos e id a atender las visitas -les dijo. A Nebjeperure no le gustó cómo sonaba aquella palabra recalcada y menos la mirada que le lanzó antes de hablarle-. Por fin solos.

Quiso replicar, maldecirle por lo que estaba haciendo e impedir que le hiciera daño a la niña que seguía durmiendo plácidamente, pero la mordaza se lo impidió.

-¿No soy tan tonto como esperabas verdad? -le preguntó acercándose al altar-. Ahora no podrás esconderte bajo el shenti de nadie o recurrir al poder que me usurpas con tu existencia.

“¡Yo no usurpé nada!” habría querido replicarle enfadado “¡Tú lo estropeaste todo!”. Apenas un murmullo ahogado salió de él.

-No se puede esperar otra cosa de un cobarde como tú -siguió diciendo su enemigo-. Ya desde el principio lo estropeaste todo matando a Madre.

Esa afirmación lo sublevó. Era una mentira que no podía tolerar, él había facilitado su muerte privándole a él de algo que él tuvo el privilegio. Intentó soltarse las cadenas, pero se dio cuenta de que estaba atado de pies además de manos. Usó todas su fuerzas, pero lo único que consiguió fue dañase las muñecas y tobillos y la carcajada estentórea de aquel indeseable.

-Pero yo pondré remedio a todo esto, bastardo -le anunció con satisfacción mientras se aproximaba altar-. Tú mismo verás cómo la familia que me arrebataste elige por primera vez la mejor opción.

Esa era una amenaza en toda regla, sólo había una forma de conseguir aquello… y no estaba dispuesto a permitirlo. No sabía cómo… pero no dejaría que lo consiguiera. Su familia ya había pasado bastante.

Se agitó desesperado para insana diversión de su enemigo que continuaba hablando:

-Todavía me pregunto cómo pudieron quedarse con alguien tan débil y cobarde que siempre tienen que proteger -chasqueó la lengua-, qué patético. Pero por fin tengo la respuesta: tú los embaucaste… a mí no me engañas.

Todas esas mentiras, una detrás de otra, no hacían más que enfurecerlo. Se debatía airado contra sus ataduras viendo cómo estaba a pocos centímetros de su hermana. Tan cerca y sin embargo…

“¡No te acerques a mi senet!” exigió colérico sin dejar de luchar “¡Apártate!”

-No te hagas el sorprendido -se burló como si nada aquel engendro-. Sabes que no tengo más que esperar un poco… para tomarla tantas veces como quiera y que mis hijos me sirvan en MI reinado.

Mas sus gestos delataron que no pretendía aguardar. Dejó caer la túnica al suelo descubriendo su cuerpo desnudo y la enorme erección de su miembro.

-Creo que no esperaré -sentenció pasándose la lengua por los labios. Alargó su mano para tocar su vientre-, es mejor que aprenda ¿no  lo crees sen?

Apenas oyó el insultó. La cólera lo invadió de un modo tal que apenas prestó atención a los demás. Tiró una vez más de sus cadenas, con toda la fuerza que salió de su ser.

De pronto las cadenas se rompieron en pedazos mientras percibía el poder que lo envolvía. La consecuencia más visible fue el tono dorado su piel adquiría rápidamente, el color de la divinidad.

En su mano apareció una larga espada en cuyo mango dorado aparecía su nombre. Con ella en alto corrió hacia su enemigo mientras rugía:

-¡NO TOQUES A MI SENET!

El aludido pareció sorprendido durante un segundo, el suficiente para girarse y hacer que su hoja frenase su ataque.

-Es un poco tarde -le dijo con calma antes de lanzarse al contraataque- ¡También para ti!

Muy bien enseñado y entrenado, el joven sólo tenía una cosa en mente. Debilitar a su contrincante y hacerlo caer; a él y a todo aquel que lo apoyaba en su ambición.

Repelió a su enemigo, cuyo cuerpo tenía su mismo color. Su arma era idéntica. Así se mostraban los dos extremos, hermanos que sólo tenían en común una esencia que se mostraba en cada uno como la Destrucción o la Creación.

-No puedes hacer nada contra mí -bufó el criminal-. Por muy valeroso que seas, caerás.

Él replicó esquivándolo una vez más mientras lo alojaba de la niña. Tenía que distraerlo pero dándole la sensación de que tenía las de ganar. Era la única manera de que mostrara alguna vulnerabilidad que usaría sin dudarlo.

-No te saldrás con la tuya -lo incitó a una danza de espadas que se entrechocaban acompañadas de no pocos golpes. No le dolían, tampoco le importaba.

Smenjkare[2], al que solo lo impulsaban el odio y la ambición sin medida lo estampó contra una columna simultáneamente su espada se rozaba contra su cuello; sólo tenía que apretar para matarlo.

-¿Y quién me lo va a impedir? ¿Tú? -se burló de él previamente a echarse a reír- ¡No se puede negar que tienes sentido del humor!

Tenía mucho más que eso. Para empezar poseía el don de la oportunidad, de saber qué debía hacer, dónde, cuándo y cómo. Entrecerró los ojos y le propinó un fuerte golpe en la entrepierna que hizo gritar a su enemigo antes de maldecirlo mientras se apartaba agachándose entretanto se protegía sus preciadas partes.

-Lo lamentarás -le amenazó en un siseo. Súbitamente desde todas partes aparecieron unos alambres oxidados que, cual lianas, fueron a por él.

Nebjeperure fue mucho más rápido. Su espada se clavó en el cuello de su enemigo profundamente arrancándole la vida de cuajo. Para cuando cayó el suelo estaba muerto y los alambres habían desaparecido.

El Divino Señor de las Dos Tierras se lo quedó mirando. Había cometido delitos desde que llegara la vida y ahora pagaría por todos. Así pues recitó con voz firme:

-La llamas de la Duat[3] darán cuenta de tu ser, que nunca vuelva a formarse y jamás regrese a la existencia. La existencia te vuelve la espada pues en el Reino de Maat[4] no tienes cabida.

Los restos de su hermano prendieron fuego. Las llamas empezaron a devorarlo y él de buena gana se habría quedado hasta el final, para cerciorarse de que por fin la pesadilla había llegado a su fin.

Empero una voz lo distrajo de ello. Una voz de niña que jamás ignoraría:

-¿Neb?

-Ya voy senet -respondió en el acto.

Se apartó de la columna y rodeó pequeña hoguera. Fue directo al altar en donde aguardaba su hermana. Todavía atada, lo observaba con sus ojos verdes perplejos:

-¿Dónde… dónde estoy? -luego llegó la pregunta que lo puso contra las cuerdas-. ¿Por qué estás raro?

Obviamente se refería a su aspecto. Trató de quitarle importancia:

-Tranquila, esto no es nada.

Pero las ataduras no ayudaban. Estaban tan bien presentes que la niña se puso a gimotear al mismo tiempo que inútilmente intentaba soltarse:

-¡Estoy atada!

-Eso tiene fácil solución -le aseguró antes de pedirle-. Pero tienes que estarte quieta.

Un asentimiento fue todo lo que necesitó para saber que haría lo que le había solicitado. Empleó su espada cuatro veces, una por cada cadena a romper. Al acabar anunció:

-Ya está.

-Quiero ir a casa -le dijo ella poniendo su cara más irresistible.

Nebjeperure le sonrió previamente a responder tomándola entre sus brazos:

-Nos vamos enseguida.

Lo siguiente fue caminar por unos pasillos con apenas iluminación. Aún y así la estructura de aquel lugar le era tan familiar que supo ir a la salida evitando que su hermana contemplara  los cuerpos masacrados de los sacerdotes que se encontraban a su paso.

Paso a paso, finalmente alcanzó la salida, cuyas puertas abiertas lo invitaban a salir sin saber exactamente a dónde salía. Allá fuera se encontró con los restos de su ira que había arrasado aquella población bajo el sol abrasador. Solo unos pocos estanques invitaban a pensar que allí había habido algo parecido a la vida en lo que ahora tornaba a ser un campo de batalla.

Mas la salida ante Re trajo consigo algo más. Todo el dolor y cansancio que hasta entonces no había sentido se hizo notar. Cada paso suponía un tormento que le hacía plantearse si acaso no sería el último.

Pero también su hermana volvió a su edad y tamaño habitual. Por lo que pudo comprobar no recordaba nada, tampoco era necesario que lo hiciera.

-¿Neb? ¿A dónde me llevas?

-A casa -le respondió simplemente.

Hasta su voz le fallaba y ella lo notó ya que le dijo:

-No estás para llevarme, déjame en el suelo. Te llevaré yo.

Senet… -no tenía fuerzas ni para discutir.

Su hermana lo interrumpió tajante:

-Déjame en el suelo.

Y menos mal que lo hizo, pues ya no podía más. Su cuerpo clamaba descanso y cura y no lo dejaba avanzar. Sintió que se iba y que el suelo se acercaba peligrosamente a su cara.

-Ven aquí -escuchó que decía con cariño una voz familiar que había creído muy lejos de allí mientras lo sujetaba en el acto-. Ya has hecho bastante.

Nebjeperure murmuró dejándose vencer sin oponer resistencia al clamor de su cuerpo:

-Padre…

-Todo irá bien sheri re[5] -le respondió su progenitor cuya voz se alejaba conforme la inconsciencia se iba apoderando de él-. Ahora deja que te cuidemos.


 

[1]              Senet: Hermana en egipcio.

[2]              Smenjkare (Anjjeprure): Muchas cosas se dicen de esta figura: Desde que era hermano de Neferjeperure Uaenre Ajenatón, hasta que era su hijo o su Gran Esposa Real como faraón a la muerte de su esposo. Aquí lo tenemos como un hijo masculino de Ajenatón, el Némesis de Nebjeperure. Si este era la encarnación de Maat, Smenjkare era la encarnación de Isefet.

[3]              Duat: Inframundo de la mitología egipcia.

[4]              Maat: Orden, Equilibrio, Verdad, Justicia, Rectitud, Armonía.

[5]              Sheri re: Pequeño sol en egipcio.

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Un comentario en “Maat e Isefet

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