El Principio

Un inicio distinto de la Película  StarGate, la Puerta de las Estrellas (1994)

Viajero de las estrellas lejanas escapó de un mundo moribundo buscando una forma de alargar su vida. Su cuerpo, débil y deteriorado, anunciaba un inminente fallecimiento. [Parece que toda su especie estaba en vías de extinción]. Así que viajó o buscó en las galaxias un modo de engañar a la muerte. Y [a… esto…] llegó a un mundo rico y abundante en vida, donde encontró una raza primitiva, humanos, una especie a la que gracias a su poder y sus conocimientos podría mantener eternamente.

Cayó en la cuenta de que dentro de un cuerpo humano podría iniciar una nueva vida. [Bien, parece ser que encontró a un chico joven.] [Aquí pone que] cuando los asustados aldeanos huyeron, la noche se convirtió en día. Curioso y sin temor alguno, el humano caminó hacia la luz. Ra tomó al joven y poseyó su cuerpo como un parásito en busca de un huésped. Y habiendo habitado esa forma humana, se autoproclamó soberano.>> (StarGate, La Puerta de las Estrellas 1994)

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Ra se moría, sentía que la vida lo estaba abandonando y que el sarcófago no lo ayudaba. Su último anfitrión luchaba vehemente contra la implantación, pero ese no era el problema principal. Lo más grave, lo que estaba a punto de destruirlo era la incompatibilidad que demostraba el cuerpo de su anfitrión.

Así, el viaje por los diferentes sistemas solares fue una búsqueda de un modo de supervivencia, algo que le permitiera seguir viviendo. Cada vez más débil, los planetas sin anfitriones aceptables lo iban frustrando y desesperando… como cada criatura que se enfrentara a una muerte que ni quería ni esperaba.

Por ello, cuando encontraron aquel planeta con aquellos seres primitivos entendió que estaba ante su última oportunidad. No eran lo que esperaba, pero eran mucho mejor que la muerte.

Muchas de aquellas criaturas echaron a correr en plena noche en cuanto su Ha’tak inició el aterrizaje. Sin embargo, una de ellas, demasiado curiosa o imprudente se le ofreció en bandeja al acercarse para ver mejor la nave… Y Ra no se lo pensó dos veces al hacer que los anillos la llevaran al interior de la Ha’tak.

Lo demás fue trabajo de Atum, el cual consistió en inmovilizar a su futuro anfitrión. No fue una tarea del todo difícil, ya que este se había quedado paralizado hasta el punto que por un momento dudó de si hubiera muerto antes de serle de utilidad después de un único grito aterrorizado y quedarse pálido.

Lo que Ra tuvo que hacer era en apariencia fácil, pero su debilidad hizo que fuera muy duro para él salir del anfitrión con el que era incompatible y penetrar por la boca del otro. No le gustó nada ver su cara de puro terror que lo acompañaría en su memoria toda la vida, pero era el medio más sencillo…

Le costó mucho abrirse paso hasta la columna vertebral para conectarse con la médula espinal y tener el control del cuerpo. No murió de puro milagro… y porque el anfitrión, sorprendentemente, dejó de debatirse enseguida y se rindió a él.

Esa sorpresa lo llevó por un camino inexplorado, a buscar entender cómo había ocurrido esa entrega tan rápida y beneficiosa para saberlo de cara al futuro. Lo que sintió fue un tipo de dolor que fue amortiguando mientras otro iba en aumento acompañado de angustia y pesar.

Todo ello fue acompañado de una cacofonía de conocimientos y recuerdos que lo aturdieron. Había subestimado a aquellas criaturas, tenían mayor potencial que el de la fácil reparación.

Mas aunque poco a poco fuera curándose, gracias a buen seguro al sarcófago en el que Atum lo habría depositado, se encontró con algo que lo intrigó todavía más que iba junto a esa rendición… una pregunta mental que planteaba su nuevo anfitrión:

“¿Por qué?”

La escasez de resistencia que habría acallado sin esfuerzo y la inusual amalgama que había notado… Todo lo llevó a responder buscando llegar hasta el fondo del asunto, si no le gustaba haría como con todos los demás; lo sometería limpiamente.

“Necesito un cuerpo para vivir”

Él respondió cohibido pero decidido al mismo tiempo.

“Te ayudaré”

Sonaba sincero… sin enfrentamiento. Y había algo más, un sentir que también invadía a Ra que preguntó irreflexivamente.

“¿Me ayudarás?”

“Si puedo hacer que vivas lo haré” sonó algo más seguro “sé que hay gente que podría ayudarte”

Aquel anfitrión era una rareza en sí mismo. Más aun porque descubría que él también tenía una parte extraña… ¿era cosa de la implantación? Nunca le había pasado algo así con los otros anfitriones. Y esa novedad, esa forma de ser tan desprendida aunque supusiera un sometimiento eterno, lo encadenó de una manera que él la deseó sorprendiéndose a sí mismo.

Lentamente empezó sentir los efectos del sarcófago que lo ayudaban a recuperarse. Percibió que recuperaba una vitalidad compartida con el cuerpo de su anfitrión y también su mente.

“Tengo todo lo que necesito” repuso Ra entretanto las puertas del sarcófago se abrían. Y pronto lo vería, ese planeta salvaría a su raza moribunda y le dotaría a él de un poder y riqueza incuestionables. Y todo gracias a aquellas criaturas tan poco evolucionadas que no tendrían escapatoria o modo de enfrentarse…

“Estoy seguro de que no” se atrevió a rebatirle su anfitrión. ¿Cómo se atrevía? ¿Qué sabría él? Mucho menos que él, pese a que el Supremo Señor del Sistema estaba asistiendo a un descubrimiento para nada previsible.

Abrió los ojos que se iluminaron mientras una suave brisa acariciaba su rostro, era agradable. Irritado, se incorporó mientras exclamaba:

-¡¿Quién te crees que eres?!

Atum, que esperaba fuera, se inclinó respetuosamente pero llegó a ver un aire de perplejidad causado por su exabrupto.

“Me llamo Nebnefer y quiero ser tu amigo” contestó su anfitrión con cierto miedo.  Esa palabra era nueva para él y  se dio cuenta de que tenía un sentido completamente distinto y profundo. Lo cual la hacía excepcional.

Un gesto por su parte, y Atum se puso en pie simultáneamente cuestionaba:

“¿Mi  amigo?”

“Estaremos… siempre juntos, nos apoyaremos, cuidaremos el uno del otro…” le quiso explicar el llamado Nebnefer.

Así que eso era lo que pretendía, tal era su interés. Aspiraba a que él lo considerase y así se lo hizo ver:

“¡Quieres que me dedique a ti!”

“Yo haré lo mismo por ti…” dijo su anfitrión cada vez más desesperado e insistente. No se enfrentaba a él, pero emprendía un tipo de batalla en la que no estaba perdiendo para pasmo de Ra.

“¡Como si pudieras hacerlo!” le rebatió.

Nebnefer demostró unos arrestos increíbles a aquella altura al decirle “Yo haré… que mi gente te acepte y te reciban sin miedo”

Años antes, incluso instantes antes, se habría reído de saber que sopesaría semejante planteamiento cuando todo lo había conseguido a la fuerza que a muchos disuadió. Pero ahora se topaba con una idea atractiva… si lo que Nebnefer decía era cierto…  no se perdería a gente de esa raza y lo servirían con fidelidad. Había muchas cosas con las que convencerlos, todas ellas suponiendo unos grandes avances para aquella raza.

“¿Lo harás?” inquirió escéptico.

Poca duda hubo en su respuesta:

“Lo haré…”

“Ra, mi nombre es Ra” contestó con un gruñido “¿Y cómo lo harás?”

Nebnefer cerró así el más inusitado de los acuerdos que el Supremo Señor del Sistema suscribiera nunca:

“¡Lo haré Ra!” luego añadió humildemente “Si puedes… déjame hablarles por favor…”

Ra chaqueó la lengua y le dijo a Atum con seguridad disfrutando de su voz modulada con aquellas cuerdas bocales:

-Bajamos al planeta. Veas lo que veas, oigas lo que oigas… sólo actuarás cuando me dirija a ti.

El aludido asintió y se situó detrás de él. Abandonaron el puente de mando y atravesaron la Sala del Trono. En cuanto subieron a la plataforma de los anillos le hizo una señal a su compañero para que los activase mientras se recordaba que lo más pronto posible debía ajustar su Kara’kesh a su nueva mano que era más delicada y pequeña que la de su anfitrión anterior.

En cuanto los anillos le dejaron en lo que eran los restos de un arcaico poblacho Ra se topó con el momento más difícil de su existencia, pero que no tenía vuelta atrás… aunque se prometió que si su anfitrión lo traicionaba tomaría las riendas de la situación enseguida.

La zona estaba desierta, parecía que no había nadie allí. Sin embargo no debían de andar muy lejos, en aquel lugar donde el Sol daba con ganas pese a la cercanía del amplio río con tan pocos medios como aquellos con los que contaban frente a los suyos… si se le antojaba daría con ellos en un instante.

Cerró los ojos y cedió lentamente el control a su anfitrión después de darle una última oportunidad.

“Demuéstrame lo que me has dicho Nebnefer. Si me traicionas toda vuestra raza pagará por tu traición con sangre y sudor”

Él no le respondió, pero su mente estaba decidida cumplir con su promesa sin titubear. Pero lo más increíble de todo era el caso del Supremo Señor del Sistema, que deseaba que lo consiguiera ya que era la mejor opción. Y todo debido a una pregunta, a sólo dos palabras… donde jamás creyó hallarlas hasta aquel momento.

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9 comentarios en “El Principio

  1. Pingback: El Principio II | Anuska Martínez

  2. Tendría que estar sorprendido, pero me es imposible contigo, Anuska. Desde que leí aquél manuscrito hace años, de tu mano, hasta que “encontré” esta página… No, no me sorprendes; pero me alegra mucho la madurez con la que vas derramando tu ingenio. No te voy a decir más porque me quedaría sin espacio, incluso por lo mucho que te estimo; pero sí te diré que eres una escritora … ¡¡¡Chapeau!!!
    Eres un orgullo para quienes te vimos crecer “cibernéticamente” …
    Neme (Akhy)

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