Símbolo Viviente de la Divinidad

La Creación en manos de la encarnación de la Regla que la conforma. Para preservarla hay  que hacer más que lo que se presupone.

Las puertas cerraron detrás del joven y los soldados saludaron marcialmente al Grande que se dispuso a regresar a sus aposentos. La conversación había sido muy relevadora al mismo tiempo que abría el acceso a unos enigmas que poco a poco iría descubriendo, como esa necesidad de cercanía pese a la aparente distancia protocolaria.

Sin embargo de pronto sintió una presencia, una mirada en la nuca que lo incomodó. Avezado guerrero, reconocía el momento en el que podía ser víctima de un ataque a traición. También cuando lo espiaban de cara a eso mismo.

-¿Me estás espiando? -hizo saber que se daba por enterado a quien lo observaba mientras se volvía.

Sorprendentemente su interlocutor no respondió a esa pregunta ni le molestó ser descubierto. En realidad, debía de estar esperándolo.

-Por fin empiezas a comprenderlo Ramsés -le dijo con suavidad el Gran Vidente.

El aludido alzó ambas cejas y se volvió del todo mientras le replicaba ásperamente:

-Esto deberías hacerlo tú.

Solo un parpadeó indicó que sus palabras lo habían molestado de algún modo. Una ofensa que para él carecía de sentido, si le suponía cierta nobleza tendría que darle la razón.

Pero la contestación que le dio no casaba con el reproche que acababa de hacerle:

-Algún día acudirá a mí Ramsés, pero ahora te necesita a ti.

El Hijo de Atón se giró y se alejó de él con paso tranquilo. Su lenguaje corporal revelaba y también la inteligencia del Grande lo interpretó así, que la conversación no había acabado y que era mejor continuarla en otra parte… un lugar donde el excursionista nocturno no podría escuchar la charla. Por no hablar de la intriga con la que le hablaba, indicándole algo que se le escapaba.

Enseguida lo alcanzó y se pudo a su altura. Sin mirarle o darle tiempo a formular la pregunta que le rondaba, Ajenatón le respondió:

-El Protector de Maat no sólo protege al Símbolo Viviente de la Divinidad de las amenazas externas.

-¿De qué más se le tiene que proteger? -inquirió Ramsés con cierto escepticismo. No veía más peligros que el que suponían los sacerdotes.

Fue en ese momento cuando el Hijo de Atón, aquel al que llamara Kheru y matara durante muchas de sus reencarnación, lo miró a los ojos y contestó:

-De sí mismo.

-No será tan grave -ironizó. No veía en él nada preocupante exceptuando algunas rarezas y carencias. De estas últimas se sentía hasta cierto punto responsable.

Pero Ajenatón, lejos de restarle importancia, insistió:

-Si se encierra en su deber, si pierde su esencia… Maat se perderá y surgirá algo peor.

Tras pensarlos durante un largo minuto, el Grande resopló antes de decir:

-Lo que viene a significar a que…

Tenía que confirmar lo que estaba suponiendo. Al igual que el caos suponía la destrucción, el otro extremo también lo sería. De ahí que debía hallarse el punto justo, el del equilibrio para que todo funcionase.

Lo que se les presentaba, aparte de lógico, era más complejo de lo que había presupuesto. Sin embargo eso no lo arredraba, aquella era su misión y no fallaría. Sabría estar a la altura.

-Que esa perfección absoluta es perjudicial -repuso su interlocutor-. La aparente imperfección es la perfección de Maat.

Para un profano eso no tendría ningún sentido, mas ese no era su caso. Siendo el primero de los sacerdotes en su tierra y el Amado Hijo de Amón, entendía muy bien lo que quería decir. La esencia era muy clara: las apariencias engañaban e Isefet podría valerse de ello para pugnar por la preponderancia.

-¿Y qué es lo que hay que hacer? -planteó interesado.

Ajenatón fue directo al grano:

-Cuidar de él en todos los sentidos y dejar que nos cuide, no permitir que se encierre.

El Grande tenía ciertas reservas respecto a lo de dejar que Nebjeperure cuidara de él. Sin embargo se dijo que eso era un honor con el que le correspondería. ¿Quién no podría desear que el mismo Símbolo Viviente de la Divinidad que lo salvara de la vía errada lo siguiera haciendo?

Aspiró aire y luego lo liberó lentamente previamente a sentenciar tendiendo su brazo derecho:

-Puedes contar conmigo.

-No lo abandones -le advirtió el aludido asintiendo con la cabeza-. Entonces ni él te librará de mi ira.

Luego repitió el gesto y los dos se agarraron el brazo como lo hacían los guerreros y de igual a igual. Algo un poco curioso teniendo en cuenta que ambos eran zurdos.

-No volveré a fallar Ajenatón -aseveró el Grande.

El Gran Vidente replicó:

-Por el bien de todos, eso espero.

“Especialmente por tu propio bien” parecían decir sus ojos almendrados. Le ofrecía su confianza, pero no en su totalidad. Ramsés lo entendía y lo aceptaba con todo lo que había pasado desde Khadesh, pero conseguiría tarde o temprano tener su confianza plena.

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2 comentarios en “Símbolo Viviente de la Divinidad

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